“Retorno a la infancia” ( Carrión de los Condes. 15 de agosto de 2011).

OLYMPUS DIGITAL CAMERA      Desoigo los consejos del médico porque sin duda sabe mucho de los cuidados del cuerpo, pero ignora mis ilusiones. Eso sí, decido descansar un día en Carrión con la esperanza de que la tendinitis remita. Y para ello se me ocurre una idea:

      ¡Por la tarde bajaré al río a bañarme y sumergiré los pies en el agua para que se deshinchen! En realidad, lo que quiero es volver a los días de mi infancia.

     Despierto muy temprano, pero me envuelvo deleitosamente en las sábanas y escucho somnoliento los sonidos agradables de las primeras horas del día: el revoloteo de los gorriones sobre el tejado que se cuelga bajo la ventana de mi celda del convento de las clarisas, donde me alojo, luego el tintineo de todas las campanas de las iglesias de Carrión que componen una extraña melodía, por fin, el anuncio de las campanas del convento de que va a comenzar la misa de las 9.30 horas, cantada por el coro de las monjas. Doy un salto y huelo el aire limpio que penetra e inunda la habitación.

        La entrada a la iglesia se hace desde la calle. Hace ya muchos años que no voy a misa exprofeso. Me llama la atención que en el vestíbulo se ofrecen algunos chales para que las mujeres que llegan con los hombros descubiertos se los pongan con recato. Me sitúo en el trascoro para estar más cerca de las monjas, un grupito pequeño que no se deja ver demasiado porque quedan a la espalda de los feligreses. Por fin cantan y lo cierto es que su canto blanco se eleva entre las piedras e invita a las meditaciones más personales. La liturgia avanza, y caigo en la cuenta de que lo que allí se hace solo tiene sentido desde la fe. Si no es así, las oraciones resbalan sobre el pensamiento como las gotas de agua por el cristal. Lo de la paz me gusta, estrecho la mano a diestro y siniestro. Por cierto, ¿por qué sólo doy mi mano a personas mayores? Faltan jóvenes en la iglesia. Ni uno. Aprovecho  la oportunidad de estar en el convento de las clarisas para pensar en nuestra sobrinita Clara, rosa hermosa e inteligente que fue derribada por el cruel azote del cáncer. Por si acaso, miro a la cúpula del crucero y musito algo entre los labios. No me acuerdo, pero ella lo merece. Salimos a la calle y sigo, como antes, como siempre, llamando a Dios…… en vano.

      Tenía muchas ganas de que llegara este momento. A  hora mediana atravieso las calles centrales de Carrión, saludo al friso de la iglesia de Santiago, tomo la calle Piña Blasco y cruzo el puente de piedra sobre el río. Desde arriba se ve un hermoso conjunto: agua, ribera y alameda. ¡Es que las palabras explican solas las cosas, sin más! Me siento a su orilla, dejándome acariciar por la brisa que mueve las ramas de los árboles. Rompe ese momento el griterío de los niños que chapotean en el agua y, más allá, en el centro de una poza, nadan los mayores para refrescarse la piel. Desde abajo, percibo mejor  los recios tajamares del puente y sigo el discurrir lento del río hasta que lo pierdo de vista. Decido zambullirme y abro el frasco de los recuerdos.

    Veo a un niño muy delgado que bota sobre sí mismo junto a la orilla, toma carrera a muchos metros y, cuando llega para dar el gran salto al agua, se detiene y casi se cae. Detrás una voz repite varias veces:

     – Esti guaje ye un cagau (este crío es un miedica).

    Vuelve a intentarlo, pero como si nada. Entonces, el niño se acuclilla, observa a unos mocetones lanzarse al agua mientras unas jovencitas los animan y decide que algún día hará lo mismo cuando crezca, con chicas y todo.

    Veo también a las xanas, fantásticas mujeres que brotan del hondón del río y se sientan en su orilla. Son alegres, risueñas, creativas. Oyen mis pasos y se esconden en el fondo de la alameda. Probablemente no las veré nunca más porque ya he crecido y ellas solo alimentan los sueños de los niños. A veces, se transforman en gatos negros que enseñan las afiladas uñas a la luna, en el tránsito de la medianoche. No por eso pierden su natural belleza.

    La tarde declina y trae un aire fresco que pellizca la piel recién mojada. Duermo casi feliz, al menos hoy.