“Este girasol es tu abuela” ( Carrión de los Condes-Calzadilla de la Cueza. 16 de agosto de 2011).

???????????????????????????????      Retorno al camino sobre las 5.00 horas de la mañana en dirección a tierras leonesas. Dejo atrás el monasterio benedictino de San Zoilo, que conserva la biblioteca jacobea más importante de la ruta, y tomo preocupado la carretera de Villotilla porque no sé cómo van a responder los tendones de mis pies. Entro por fin en la calzada romana que unía Burdeos con Astorga, conocida como la Vía Aquitana, y el camino se vuelve una vez más áspero e infinito, flanqueado a veces por árboles que miran agonizantes al cielo. Más allá, se enfila la Cañada Real leonesa, que fue el camino de los pastores trashumantes que conducían los rebaños desde los valles de León hasta las dehesas de Extremadura y viceversa.

     Se oye a poca distancia el rugido de las escopetas de los cazadores. Un escopetazo  suena casi al borde del camino y por delante la voz de una mujer protesta:

    –  ¡Nos van a dar como a conejos! ¡Cojones!

    Pasado aquel improvisado campo de tiro, vuelve la calma, aunque vuelvo a sentir que el pie duele y que los tendones se hinchan como globos. Pero me olvido de esta circunstancia cuando saludo a una muchacha que está sentada en un mojón de piedra, exhibe una sonrisa enorme y los pelos de la cabeza en punta:

      – ¡Hola! Espero a mi amiga. Me llamo Irene.

      – Jose. Me duelen los tendones.

      -Pues, no sé. ¿Te has dado cuenta de que tu zapatilla derecha cae hacia adentro? No es la adecuada. Si hubieses ido al Decathlon allí hacen gratis un estudio de la pisada y no tendrías a lo mejor ese problema.

     -Puede, pero qué más da. La próxima vez.

     Llega Natalia, su amiga, y seguimos juntos. Son profesoras y ya es la tercera vez que recorren el Camino de Santiago con solo 35 años a cuestas. Quedo sorprendido de su precocidad andariega, pero aún más de la espontaneidad con que saludan y hablan a los peregrinos extranjeros en su propia lengua. Hacen gracias en inglés, cuentan chistes en italiano o toman el pelo en alemán al más despistado y tengo la convicción de que la lengua que no conocen se la inventan. ¡Qué generación políglota!

     La llanura resulta interminable y no se ve el fin de las rectas trazadas con tiralíneas. A  lo sumo hay que imaginárselo. Sin embargo, ellas conocen bien los espacios que vamos atravesando y calculan el tiempo que nos queda para llegar a Calzadilla de la Cueza, donde pienso arrojarme en la primera cama libre. Poco antes de llegar al pueblo, abundan a ambos lados de la ruta vastos campos de girasoles que, como los anuncios publicitarios en que la chica guapa te mira desde cualquier posición que la veas, te observan siguiendo el ritmo de tus pasos. Allí, justo entre ellos, Irene recibió el año pasado la triste noticia de que su abuela había fallecido. Yo le dije que desde aquel día los girasoles reflejan la cara de su abuela y que ella tiene el tiempo infinito en el otro mundo para comerse todas las pipas que le dé la gana. Sonríe y le gusta la idea.

    Llegamos a Calzadilla para alivio de mis pies. El sol tuesta la tierra y la quema. Irene y Natalia siguen camino hasta Terradillos de los Templarios. Y me dicen que todos los peregrinos viajan con un nudo en la mochila.

    – ¿Y el tuyo, Jose?

     Por la tarde descanso hasta el aburrimiento. ¡Pero es que estoy tan a gusto así! Hace años que no puedo aburrirme y lo disfruto como un niño disfruta el viejo tren que le trajeron los Reyes en Navidad cuando aún creíamos en ellos.