Zubiri-Pamplona. Las campanas de S. Estebán (04 de julio de 2016)

 

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                                                                                                                Puente de la Rabia de Zubiri

           Desde el Camino se entra en Zubiri a través del Puente sobre el río Arga. Las aguas, que bajan menguadas, son aprovechadas por algunos vecinos para bañarse, mientras que sus riberas invitan al descanso sobre la hierba aún fresca. Se le encuentra por sorpresa en cuanto el descenso de Erro llega a su fin, lo que provoca una inesperada alegría no solo porque el peregrino busca el reposo después de una larga caminata, sino por la contenida belleza de la construcción: puente medieval de mampostería de piedra, que se fija al suelo por un estribo central a modo de tajamar, y se resuelve en dos ligeras pendientes que se apoyan  sobre dos arcos idénticos.

        Al parecer las gentes de la zona acostumbraban a dar tres vueltas con los animales alrededor del pilar, aprovechando el estiaje, para evitar la enfermedad de la rabia o para curarla, si ya la hubiesen contraído. El misterio de este suceso está en que, según cuenta la  leyenda, fueron halladas las reliquias de Sta. Quiteria en el pilar del puente-joven martirizada por paganos-que tuvo el poder mágico de espantar o impedir la aparición de este mal. Tal suceso determinó que las gentes lo llamaran Puente de la Rabia.  Pero no es la cuestión así de pacífica porque los vecinos portugueses de un pueblo próximo a Coimbra , compiten con Zubiri sobre la paternidad de tan importantes reliquias, estableciendo que es en su pueblo donde los restos óseos de la santa fueron encontrados y no en Zubiri. No es la primera vez que las villas riñen por hechos de esta clase.

         La parte más antigua forma un caserío diminuto construido en los márgenes del río: una plaza cuadrada rodeada de algunas casas, tres o cuatro travesías y una recia casona desde donde sale un largo andador plantado de árboles en la orilla derecha. Lo demás, que se extiende siguiendo la línea que traza la carretera principal, es construcción moderna sin ningún interés monumental. A dos o tres km., en dirección Pamplona, se levanta una factoría de chimeneas y hierros productora de magnesitas que arroja penachos blancos de humo que tizna la atmósfera del valle, y, junto a la empresa, se depositan los residuos grisáceos de la explotación formando grandes piscinas sólidas, que vuelven a rasgar la verdura de los montes y sierras. Es el “progreso” frente a la tradición.

        Al atardecer paseo por sus calles y alrededores. Justo en la zona alta, como observador mudo y somnoliento, está el cementerio. Dentro, flores, parterres y tumbas con lacónicas frases de recuerdo de los antepasados. Y al lado, silenciosos, pastan unos caballos y algunas ovejas sin levantar la cabeza. Me llaman la atención dos detalles que nada tienen en común: la primera es que al Colegio Público le han dado un acertado nombre, Xavier Zubiri, que fue pensador y activista donostiarra, prócer de algunas generaciones y defensor de la teología de la liberación, entre otras cosas. Recuerdo que uno de sus discípulos, Ignacio Ellacuría, murió asesinado en el Salvador defendiendo las mismas ideas que el maestro; y la segunda es la presencia en un barecillo de dos anuncios llamativos pegados a la pared. Uno de ellos recoge la exhibición de un levantador de piedras navarro muy conocido, Inaxio Perurena, hijo de Iñaki, al que se considera el mejor de todos los tiempos, que va a levantar 303 Kg.; y el otro informa sobre un concurso ornitológico que se celebrará en Pamplona con la pintoresca fotografía de un hermoso jilguero. Ambas actividades constituyen tradiciones seculares en Navarra.

             Antes de descansar dos cachorros de gato juguetean entre las sombras de la noche. Por el ventanuco de piedra de la habitación observo y escucho el latir del río que sigue su curso.

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                                                                                                                                                Casa en Ilarratz

             Ya con los primeros claros del día se toma el sendero, que transcurre en algunos tramos junto al Arga en un terreno llano, bajo la fronda de las ramas de los árboles. La vegetación sigue siendo exuberante y la temperatura muy suave. Tras un exigente repecho viene el caserío de Ilarratz, que muestra en primer plano la reciedumbre y solidez de las casas navarras. Ezquirotz es una loma con pocas casas y desde allí se llega pronto a Larrasoaña. No desmerece el pueblo una visita. Tras traspasar un magnífico puente medieval de piedra de tres ojos, llamado el de los Bandidos, las casas flanquean la alargada calle central como es costumbre en el Camino de Santiago. Se dice que también existen dos cofradías fundadas en el siglo XVIII que se dedican a la atención y cuidado de los peregrinos.

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                                                                                                                       Bosque en Aquerreta

        Debe salirse nuevamente por el puente para que el camino se interne en las umbrías de los bosques de Aquerreta, antes de llegar a Zuriáin. Es un marco de densa vegetación, junto al río, que despierta la fantasía e imaginación del común de las gentes. No es difícil escuchar ruidos extraños en estos pagos bosquosos, ni creer ver entre las umbrías siluetas de viejas narigudas que susurran cosas indescifrables con una voz quebrada. A veces pueden oírse lamentos, ecos dolorosos, sonidos guturales, que saliendo de la profundidad de las nieblas que cubren el monte llegan diluidos a los caminantes cada vez más asustados. Lo cierto es que brujas y aquelarres, machos cabríos y nigromantes, los ha habido en Navarra desde el principio de los tiempos. Y si no, los procesos inquisitoriales de los siglos XVI y XVII desatados en este parte de la Península, y otras, se han encargado por sí mismos de crearlos. Visto con la perspectiva de los siglos, las brujas eran peculiares mujeres de aldea, que sanaban mediante ritos y usos medicinales naturales, las enfermedades que la medicina tradicional desconocía. La leyenda las eleva a figuras horripilantes de gorro cónico que surcan los cielos en escobas y secuestran a los niños malos.

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                                                                                                             Campana de bronce de S. Estebán

             Antes de llegar a Zuriáin una manada de ponis de raza autóctona pace en una pradería vallada con alambres. El pueblo queda a la derecha de la carretera general. Se sigue por la misma y se deja pronto para coger el margen izquierdo del Arga en dirección a Zabaldica. Una cuesta empinadísima nos saca a la iglesia románica del siglo XIII de S. Estebán. Sudorosos los peregrinos, nos sentimos aliviados con la sombra que proyecta la iglesia, donde espera sentada en una silla articulada de playa una de las monjas que habitan el monasterio contiguo.  Después de rendirle cuentas de dónde viene cada uno, nos invita a visitar el interior de la iglesia y el campanario, que se abre en lo alto de una torre rectangular que parte del coro. Se asciende por una estrecha escalera de caracol para salir a la planta en que cuelgan airosas dos enormes campanas de bronce. Una de ellas está fechada en 1377, y de ella se dice que es la más antigua de Navarra. Es una tradición hacerla sonar, y así repetimos la operación los cuatro caminantes que decidimos subir a lo alto. Nadie se arrepiente de estar allí porque además puede admirarse el paisaje que se prolonga más allá del pueblo, sierras y cuetos arbolados en suave contraste con una llanura de secano que anuncia el fin de la Navarra húmeda.

        Poco a poco, bajo un sol tórrido y un ambiente cada vez más sofocante, se pasa por Arleta, que es un pequeñísimo caserío, y se entra en el poblado de Villaba a través del puente medieval de la Trinidad de seis arcos, sobre el río Ulzama. La alargada calle mayor aboca a Burlada y se entra en Pamplona a través del Puente de la Magdalena del siglo XII, reformado en el siglo XIX. El cansancio a esta alturas empieza a hacerse notar, y el último tramo, que bordea las vetustas murallas de la ciudad sin ninguna protección del sol, se hace más penoso. Se empina la cuesta y, por fin, se pasa bajo el arco de la Puerta de Zumalacárregui, por la que él salía, en dirección opuesta a la mía, a combatir contra las tropas gubernamentales de Isabel II, hace siglo y medio.

           Me dejo llevar por las conchas ancladas al suelo hasta dar con el reposo del peregrino, molido como el grano por una etapa muy calurosa y larga.

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                                                                                                                      Murallas de Pamplona.

Roncesvalles-Zubiri. Paisaje navarro (03 de julio de 2016)

 

 

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                                                                                                              Colegiata de Roncesvalles

         La tarde del 2 de julio está desapacible en Roncesvalles, un cielo encapotado de nubes grises amenaza lluvia inminente. La entrada es una lengua que se estira en las laderas de los Pirineos navarros, rodeada de extensas praderías que se descuelgan por los lados y en que pacen mansos los ganados. Al fondo, las sierras de los montes levantan airadas sus crestas, ocultas por dedales de niebla que incluso se extienden por las vertientes para quedarse quedas al pie de los prados. Roncesvalles no es núcleo urbano como pudiera pensarse, pero es un lugar muy importante en la historia española y europea. Apenas dos o tres restaurantes y hosterías, una colegiata, un enorme hospital de peregrinos, una ermita románica, la de Santiago, y un osario conocido como el Silo de Carlomagno, conforman el acervo patrimonial de este lugar, reducido, pero suficientemente rico como para convertir este sitio en uno de los lugares más reconocidos del mundo. Ahora por fin me encuentro en el principio del Camino de Santiago en España.

          Tercia una lluvia fina, el orbayu o calabobos, y corremos para llegar a la misa de seis en la Real Colegiata de Sta. María, en que se despide y bendice a los peregrinos que van a iniciar la aventura, rito algo parecido al de los primeros tiempos jacobeos. Se accede por la parte trasera del albergue, después de atravesar el paseo flanqueado de farolas y el pasadizo de entrada al antiguo Hospital. La iglesia está rebosante de turistas, peregrinos y curiosos que se acercan precisamente ese día para seguir la actuación del coro polifónico al final de la liturgia. Antes de escuchar el concierto, el prelado, que por casualidad es el Obispo de Valencia, llama a los peregrinos y nos desea toda clase de venturas para llegar al destino salvos. A su lado otro ayudante poliglota reparte la bendición en muchas lenguas, incluida el coreano. A la salida sigue el mal tiempo, más propio del otoño o del invierno que de esta época del año, si bien es de agradecer la frescura de este momento.

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                                                                                                                              Burguete

            Nos despedimos y nos alojamos en Burguete en un Hostal a 2 km. de Roncesvalles, al que solía acudir en sus correrías por estas tierras el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Me gusta este viejo caserón navarro que sahuma olores de rancia antigüedad y  en cuyo comedor las paredes rebosan fotografías de personajes militares, paisajes terruños y en el centro, esa fotografía manida del escritor con jersey de doble cuello, justo encima de un piano caduco. Quienes atienden el negocio tienen también ese aire adusto y nostálgico de otros tiempos.

         – Gracias, por traerme, y por vuestra compañía.

         – Nos vemos enseguida, Charo, Manolo.

       La mañana se despierta despejada y el sol va poco a poco ganando el cielo  pues las últimas nubes van retirándose del horizonte. No obstante, quedan aún del día anterior cortados cendales de niebla que acarician las faldas de los montes más cercanos. Burguete, como otros muchos pueblos jacobeos, es una hilera de casas dispuestas alrededor de la calle principal, por donde deben trasegar todos los peregrinos que llegan de Roncesvalles. Las casas son cuadradas, amplias, generalmente de dos pisos, con ventanales cerrados por postigos y provistas de anchos zaguanes que ayudan a mantener una temperatura regular en el corazón de los hogares. Los tejados, bien inclinados para favorecer el deslizamiento de las nieves, lucen vigorosas chimeneas, y es llamativa la exposición de flores en los alfeizares o en los balcones, que ponen notas vegetales a la piedra de las fachadas.

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                                                                                                                   Valle de Burguete

         Las piernas echan a andar, primero despacio, posteriormente más deprisa, como aquellas ruedas de hierro de las viejas locomotoras que, perezosas, iban aumentando el ritmo entre silbidos y vapores. El camino resulta placentero y, sobre todo, bello. La mayoría del recorrido transcurre a la sombra de las plantas y árboles de esta zona, enebros, bojes, robles, arces y muchos hayedos, que forman una espesura abigarrada. Hay espacios casi ocultos por el ramaje, que alternan con otros más abiertos. En cualquier caso, el paisaje de las poblaciones de la alta Navarra es gratificante al peregrino.

          El alargado valle que se forma desde Burguete viene a cerrarse en el Espinal, caserío que se articula alrededor de una vía principal, como sucede con el resto de los núcleos navarros situados en el Camino de Santiago. Los lugareños llevan aquí una vida tranquila ligada a costumbres ancestrales y con una dedicación exclusiva a la actividad agropecuaria. Se abandona el pueblo y  a través de un camino empinado se sale a una llanura desde donde se otea un paisaje bucólico. A los lados quedan los prados por donde se esparce la  hierba recién segada, que debe secarse convenientemente antes de ser transportada a los heniles para su almacenamiento. Supone el forraje que los animales necesitan durante el invierno para su alimentación.

       En este paraje, el libro conocido como Pseudo-Turpín, uno de los que forma el famoso Códice Calixtino, compilación del clérigo francés Aymeric Picaud, ubica la batalla de Roncesvalles en la que la retaguardia del ejército de Carlomagno, comandada por el fiel Roldán, fue exterminada por el ejército sarraceno en el año 778.  Esta descripción tan inexacta como legendaria, es la versión exagerada de la Chanson de Roland, poema épico francés, que sitúa aquella batalla en el alto del Puerto de Ibañeta, antes del descenso a Roncesvalles. Se trata en ambos casos de dos libros en que lo fantástico y literario están muy por encima del rigor histórico, que tampoco se ha pretendido. Sea como fuere, este espacio de gran belleza inspiró a poetas y juglares para cantar las excelencias del emperador francés, que fue tomado como símbolo de la causa cristiana contra la religión musulmana.

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                                                                                                                              Espinal

          Siguiendo el sendero se desciende bruscamente para entrar en el caserío de Viscarret y más adelante en el de Linzoaín, donde dos construcciones muy diferentes concitan la atención: la iglesia románica del siglo XIII, con espadaña de doble campanario, rematada por un esbelto chapitel; y el frontón ubicado en la salida del pueblo. Escucho de un vecino decir que es “un orgullo jugar a la pelota en Navarra”, y resto del País Vasco, y que “el muchacho, desde la infancia, viene a practicar este deporte como algo nacido con él”. Señala que “los buenos jugadores son héroes para todos los vecinos”.

       Ya en el alto del puerto de Erro el peregrino vuelve a solazarse en medio de un paisaje arcádico. Allí se encuentran tres losas que la tradición denomina los Pasos de Roldán pues cada losa representa un paso gigantesco del héroe, aunque otra tradición más antigua asevera que el héroe es doméstico y el nombre es Errolán, no Roldán, un gigante lanzador de piedras muy pesadas. Con los ecos de ambos titanes, el camino desciende rápido por el valle de Estéribar y al instante se muestra dormido el puente medieval de la Rabia, en la localidad de Zubiri.

             Hemos llegado.

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                                                                                                                   Puerto de Erro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo. “Finis Terrae” (Santiago-Fisterra. 28 de julio de 2015)

           Es difícil decidir en qué restaurante detenernos a estas horas del mediodía porque las calles, colmadas de gente, están salpicadas de numerosas casas de comidas. Algunos taberneros, incluso, sobrepasan con desparpajo el umbral de sus zaguanes para invitarnos a pasar a los interiores de su establecimiento y ofrecer los mejores manjares. Poco importa sin embargo dónde, cómo y qué, pues el suceso comanditario del reagrupamiento de cinco amigos con ocasión de mi viaje desplaza cualquier otra cosa a un segundo plano. Dentro, las idas y venidas de los camareros son vertiginosas, suenan voces roncas, aflautadas, toses impacientes, unos levantan la mano para pedir un encargo olvidado, algunos acaban de llegar y se sientan, un señor importante con aire solemne hace que lee un periódico apostado en el mostrador, mientras que, por fin, nos llega el plato en medio de esta zarabanda ruidosa.

   –La próxima vez, tienes que venir con Flori, Pablito y Paloma a nuestra casa. El crío va a disfrutar con las gallinas y los conejos. No lo creeréis, pero nos abastecemos casi exclusivamente de lo que nos da la huerta, salvo la carne y el pescado. Se vive- apostilla Jesús- fenomenalmente aquí, en Galicia.

  – ¡Cuidado con los huevos y la salmonela!, tercia Manolo, llevado del celo profesional.

  – No solo se vive bien, los gallegos con quienes me crucé en el Camino, paisanos, hospederos, alberguistas, son muy amables y deferentes. Tenía una idea equivocada del gallego, lo del tópico, ya sabéis, y los que los asturianos de antes decían, pero nadie me ha explicado con mayor claridad y detalle el problema de la ganadería que un camarero en Sarria. Y una señora en Palas de Rei me habló de los inconvenientes de la reforma laboral vigente, tomando como ejemplo una fábrica de la zona, con una claridad que ya quisieran muchos-repuse. Lo del gallego que no se sabe si sube o baja, es un topicazo sin fundamento.  

  -¡Sí señor, esta es una buena tierra!

    La tarde transcurre deprisa sin que nos demos cuenta. Escucho el repique tristón de unas campanas, que debe ser muy habitual en la levítica ciudad. Las calles respiran más tranquilidad. El cielo, encapotado, nublo, sin apenas resquicios por donde el sol pueda colar los rayos, no parece presagiar buen tiempo. Pero, a pesar de todo, resolvimos emprender la última etapa a Fisterra.

    Desde Santiago nos separa de la Costa da Morte casi 90 km., y por una vez, el trayecto lo realizamos en coche. Si hubiera que haberlo hecho andando no hubiera podido llegar al confín del mundo porque los días de asueto han periclitado para mí. El camino me es familiar: la carretera serpentea en tramos cortos, asciende ligeramente por un otero en cuya cresta luce inveterado el hórreo, o desciende hasta el margen del río entre vallinas y hoces. A los lados, salpican el paisaje recortadas hazas de maíz, que en esta zona está más crecido que en tierras de Lugo, y casas aldeanas con la cuadras alojadas en su costal porque los animales son parte esencial del caserío. Llovizna suavemente, queda la lluvia, que impregna de paz y melancolía estas vistas gallegas.

   -¡Ahí van! Me sorprendo cuando veo en los márgenes de la calzada algunos peregrinos mojados como sopas pobres. Desearía caminar con ellos y dejarme humedecer por las chispas sutiles y delgadas de la lluvia.

  – ¿Por qué siguen andando? Porque las piernas ya no pueden quedarse quietas. Esto es un vicio. Y porque el peregrino busca algo más, acaso asomarse a lo que fue antaño, hace muchos siglos, el abismo de la Tierra, la puerta sombría que al traspasarla conducía al hombre a lo desconocido. Porque busca recrear la vívida emoción que antes que él sintieron miles de peregrinos llegados de todos los rincones. Debe de ser por eso.

                          Cabo do Fisterra

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       No sigo con detalle los lugares por lo que vamos pasando, pero el camino me parece que es el más hollado por el romeraje.Se transcurre por el término de Negreira, primero, y Olveiroa, después, para desembocar, como los ríos, en Fisterra. Una basa de duro granito con fuste rematado en cruz habla por sí mismo: Costa da Morte, 1987. Antes se pasa por el pueblo, que deja a un lado el bello puerto moteado de barcos pintorescos, y una subida suave nos conduce a este inenarrable balcón que se asoma impúdico ante una porción de mar que fue sagrada para los peregrinos de hace mil años. Es un bello paisaje, que hay que contemplar en silencio y durante un buen rato. Los acantilados dejan caer sus panzas quebradizas sobre las olas que vienen a estrellarse con estrépito en las laderas y saltan blanquecinas como potras jovenes; próxima, la niebla va ocupando espacio y ocultando bajo sus alas el escarpado de las rocas para dejar un paisaje cada vez más blanco. Desde el enorme cancho en que me hallo queda a la derecha la estampa del faro saliente sobre un inexpugnable espolón, algunas construcciones, y una recia casa de líneas clásicas que debe ser el abrigo del farero o algo parecido. Pero inevitablemente, la mirada se pierde en la línea del horizonte. Estrabón, seguramente emocionado, dejó escrito que este lugar era conocido por las tribus prerromanas como el Promontorio Nerio o Céltico, hoy Cabo Fisterra.

           Faro en el Promontorio Nerio

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      En lontananza el mar, suave como un guante, va perdiendo el perfil de las formas, abandonándose primero en los brazos de una alargada e intensa línea de cejo que oculta la superficie, y confundiéndose después con el cielo en un espacio común. Esta es la visión que el peregrino del medievo podría tener de esta zona del mundo, y de la que pensaba que aquí acababa la Tierra, tal como hablaban los sabios de la época. El Camino lo conducía no solo a los pies del Apóstol, sino al confín de este mundo que ya no tenía continuidad. El vértigo que podría sentir, pues, aquel sencillo peregrino debía de ser inmenso, solo paliado por la idea cristiana de que la vida se prolongaba más allá del abismo de otro modo, espiritualmente.

   Es curioso que la contemplación de un paisaje nos ayuda a entender lo que a los demás les pasa o les ocurrió hace mucho tiempo.

                           Horizonte en Fisterra

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    Yo no me canso de mirar el horizonte sobre este peñasco en el que pasaría muchas horas sentado o de pie.Con la atención puesta en este mar que toco casi con las manos, sale desde mi garganta una oración, que significa “palabras dichas con amor a alguien”

               Gracias, Providencia,

               por permitirme contemplar la belleza

               que esconden tus dominios,

                ríos, bosques,

                colinas, cúspides,

                valles, mares,

                 tierras todas.

 

              Gracias, padres de mi cuerpo,

              por sembrar un día la semilla

              que se ha hecho más grande.

 

               Gracias, hijos de mi carne,

               por enseñarme a crecer

              como hombre que sigue

              su Camino hasta el fin.

Un peregrino al final del Camino

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“El peregrino en Compostela”. Segunda Parte.

Plaza do Obradoiro vista desde la Puerta Occidental

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             He llegado al término del viaje, a Compostela, donde las piernas se plantan y dicen que ya no hay más, que aquí se quedan porque hay que visitar al santo y vivir este extraordinario lugar como se merece y zambullirse entre las calles de piedra gris confundido con las gentes. Compostela es la ciudad del Camino de Santiago. Atrás quedan Pamplona, Logroño, Burgos y León, hermosas ciudades transidas de historia, relatos y fantásticas leyendas y personajes, pero Santiago de Compostela es la ciudad, un título que solo ella tiene escondido en el silencio de las horas nocherniegas. El peregrino toca a su fin y siente la emoción hirviente que le transmite Compostela.

          La ciudad es un murmullo creciente a estas horas de la mañana, las calles se animan de visitantes, nativos, comerciantes, vendedores y peregrinos, que van y vienen en un aparente desorden, buscando cada uno su apaño. Dirijo los pasos hacia el centro de la Plaza del Obradoiro porque allí me esperan Charo y Manolo y porque es el primer lugar natural de cualquier peregrino. Manolo es mi ángel de la guarda jacobeo porque me transportó en coche cuando ya en Sahagún de Campos llegué seriamente lesionado y, ahora, ha querido esperarme con su esposa para compartir este instante. Su mujer tiene el mismo mérito pues la decisión ha sido de los dos. Nos fundimos en un abrazo.
-Sorpresa…¿Qué hay en este bolso?
¡La bandera de Asturias!

 -¡Puxa Asturies!, grita alguien.

           No lo esperaba pero es una sorpresa muy agradable. No puedo hacer otra cosa que abrigarme con ella, envolverme en un paquete azul, y con este gesto quiero expresar que recibo al pueblo gallego con el mismo afecto y simpatía con el que ellos me han obsequiado a lo largo del camino. Pero el encanto regionalista troca en desencanto cuando ya, frente a la magnífica fachada de la Catedral, se observa el andamiaje que cubre una buena parte del paño, incluido el acceso de la Puerta Occidental. El frontispicio y sus torres gemelas son obra del arquitecto Fernando de Casas y pertenecen al período del barroco, fábrica bastante recargada de pináculos, santos y otros motivos. Como la plaza está en un nivel inferior ha sido necesario salvar el desnivel mediante unas amplias escaleras de doble recorrido que facilitan el acceso al atrio y a la puerta principal de la Catedral, donde se halla acaso la mejor portada del románico europeo, obra del Maestro Mateo, el Pórtico de la Gloria. Era mi deseo ver el impresionante tímpano y las arquivoltas con los ancianos músicos del Apocalipsis y el magnífico parteluz donde, sedente, se muestra la figura lábil de Santiago; y al mismo tiempo, hendir los dedos en la parte inferior del parteluz y dar un cabezazo al Maestro para recibir algún efluvio de sabiduría, que no me sobra. Pero no pudo ser.

         Debemos girar a la derecha para interrumpir en el interior de la Catedral a través de la Puerta Meridional, conocida como de Platerías, porque en la Plaza del mismo nombre se disponían los orfebres y joyeros a fabricar y vender la mercancía a los peregrinos. No obstante, antes de abandonar la Plaza del Obradoiro me llama la atención el Hostal de los Reyes Católicos, a la izquierda, que fue el Hospital Real más importante de Compostela desde que los Reyes Católicos, que bajaron con el séquito desde las alturas de O Cebreiro, mandaran y financiaran esta obra a principios del siglo XVI. Junto a la fachada, el Palacio del Arzobispo Gelmírez, personaje crucial en la historia medieval compostelana, se presenta como una de las obras civiles del románico más importante de España; y a la derecha, justo antes de flanquear el claustro de la Catedral, una portada románica bellísima que pertenece al antiguo Colegio de Fonseca, me recuerda la canción estudiantil “triste y sola, sola se queda Fonseca, triste y llorosa queda la Universidad…”. Otras dos Plazas y Puertas son las de la Inmaculada, antigua Azabachería, donde Gelmirez hizo construir una fuente de cuatro enormes gárgolas de agua, hoy desaparecida, y que según Picaud cabían quince robustos peregrinos, y la de la Quintana que tiene en su lado inferior la Puerta de los Perdones, franqueada solo en los años del jubileo. Solo la Puerta del Perdón de la iglesia de Santiago en Villafranca del Bierzo comparte la misma propiedad de conceder las indulgencias plenarias a los enfermos.

 Interior de la Catedral en la Misa del Peregrino

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          En el interior de la Catedral va a comenzar la Misa de doce en honor de los peregrinos. Hay un rebullir de personas que buscan el asiento en los bancos. Varias veces una voz femenina interpela a los turistas pidiendo silencio, pero es inevitable el murmullo y los siseos de los concurrentes al oficio, como siempre ha sucedido. No debe olvidarse que esta catedral es un ejemplo preclaro de lo que se denomina “Iglesias de Peregrinación” pues el espacio está ejecutado para acomodar y facilitar la estancia de muchos peregrinos. Así a la planta de cruz latina o basilical, que divide el espacio en una nave central, larga y magnificente, y dos naves laterales separadas por arcos, se añaden dos elementos importantes, la girola para permitir la deambulación por la parte trasera del altar mayor y, justo encima de donde me hallo, las tribunas o triforios que ocupaban los peregrinos, incluso pernoctaban durante los días fríos o intempestivos. A veces, las discusiones en esta zona llegaban a derivar en trifulcas, por lo que los cánones eclesiásticos proscribieron su uso a partir del Concilio de Letrán. Pese a todo, la vocecilla dulzona increpa una vez más a la soldadesca peregrina.

       Bajo un baldaquino del altar mayor está la figura de Santiago, ataviado con la indumentaria de peregrino. Es tradición que los romeros recen postrados ante esta imagen y recorran el estrecho pasillo que circula por detrás para pasar un brazo sobre el hombro al que se dice “amigo, encomiéndame a Dios” y, a continuación, desciendan a la cripta para visitar la arqueta de plata que contiene, según la Iglesia, las reliquias del Apóstol. En mi caso, palmeo las espaldas del Santo, realizo un deseo y bajo a la cripta para conocer el polémico arca, protegido por gruesas rejas. Delante de este icono cristiano hay un reclinatorio que algunas personas aprovechan para arrodillarse y orar.

              Arca de las reliquias del Apóstol

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       La misa comienza y finaliza y registro algunos detalles que me llaman la atención. Por encima observo las bóvedas de cañón, reforzadas por arcos fajones, que testimonian el impresionante trabajo de los arquitectos medievales, gran parte de ellos anónimos, capaces de resolver difíciles problemas de construcción. Al otro lado del banco, un peregrino escucha descalzo las alocuciones del celebrante. Recuerdo haber leído que en el principio de la historia de la catedral el suelo se cubría de hierbas y juncos en las festividades para mantener en buen estado el piso, pero también para sahumar el ambiente que contrapesasen el mal olor que los peregrinos desprendían por falta de aseo. Luego, se inventó el “botafumeiro”. Resulta un espectáculo ver esta garita sofisticada menearse a diestra y siniestra, esparciendo las volutas de incienso en el espacio catedralicio. Cuelga de una maroma de unos cincuenta metros de longitud, situado en el centro del crucero y llega incluso a rozar las bóvedas cuando pendulea. Funciona desde 1321, aunque el actual incensario data de 1881.

     Antes de salir del templo veo caras conocidas entre los asistentes: Francisco acompañado de otros peregrinos, Paco y su hijo atentos a cualquier contingencia o detalle, otros rostros con quienes compartí camino en silencio, personas que caminamos juntas hasta este lugar y que no volveré a ver.

      A la salida nos esperan también dos buenos amigos que han venido a reunirse con nosotros en Compostela y que residen en Galicia desde hace unos años, Isabel y Jesús. Me dan otra gran alegría. Decidimos buscar un restaurante. Observo en la Plaza de la Inmaculada la figura viva de un fotógrafo que, provisto de un artilugio de madera y cámara antigua,retrata pequeñas realidades que pasan a su lado. Ahora, yo lo fotografío sin que casi se note.

   –Aún nos queda Fisterra, dice Manolo, que ha venido para llevarme al fin del mundo, esta tarde.

    Fotógrafo en la Praza da Inmaculada

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“Piedras de Compostela” (O Pedrouzo-Santiago. 28 de julio).

El viejo roble en Pedrouzo

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     La tarde en O Pedrouzo es de una soledad meditada y buscada. La villa se conoce rápido porque apenas hay construcciones civiles o religiosas. Por eso, aún las condiciones son más propicias para conversar con la sombra que me sigue a donde voy.

      -¿Qué pensaría el viejo peregrino medieval, a la altura de este lugar, vísperas de la llegada a la ciudad del Apóstol, ya agotado, descalabrado, los ojos hundidos en las cuencas, los pies lacerados, las manos encalladas de tanto apretarlas contra el nudo del bastón? ¿Coincidimos en algo? Me imagino a ese peregrino padecer un estado notable de ansiedad,  como el amador que sale al encuentro de la amada y que justo, antes de franquear la última esquina, se pone nervioso y fuera de sí. ¿Yo? Pues, me parece que no. Hay diferencias. Aquel ha caminado muchas leguas y millas; yo no. Aquel ha pasado penurias y tribulaciones de toda clase; yo pocas. Aquel era seguramente un hombre con fe arraigada en Dios y en la Iglesia y en Santiago; y yo, solo un sencillo caminante sin arraigo, sin más convicción que la de ser un hombre bueno, que además no lo es. Digo que estaría nervioso por llegar y besar al santo porque, ¡caray! ha debido de recorrer por lo menos ochocientos o mil  km. y otros que le quedan de vuelta, afrontando innumerables y graves peligros. No me cabe la menor duda de que este momento sería el más importante en la vida de ese peregrino y no habrá otro hito que lo iguale. Lo mío, lo nuestro, lo de casi todos los viajeros hodiernos, del siglo XXI, es distinto. Muchos viajamos por tramos, comemos y dormimos bien, si enfermamos nos llevan a los mejores hospitales, si se destrozan las sofisticadas botas las sustituimos al rato, si desfallecemos nos llevan en auto. El peregrino de antaño viviría un paroxismo inefable; el de hogaño está tranquilo y sereno.

       Paseo por los alrededores del pueblo porque es una vieja costumbre y observo que la salida del camino es una boca negra de verdura impenetrable, que pondrá una nota tenebrosa cuando emprenda la marcha en la madrugada. Ceno y duermo y sueño con la ventana abierta, por donde se cuelan suaves ráfagas de aire, que mañana llegaré a Compostela como estaba previsto

     En efecto, los primeros pasos del nuevo día suceden en el soto sombrío de ayer, que a estas horas resulta aún mucho más oscuro y cerrado, hasta el punto de que es imprescindible mantener la linterna encendida para saber dónde se pisa. Se sortean varias aldeas, la de San Antón y Cimadevilla, y, entretanto, la luz va empujando a las sombras sorprendiendo a la naturaleza aún desnuda que se despereza con los primeros cantos de las aves. Poco a poco van sumándose hileras de peregrinos al camino, como un arroyo al que afluyen otra corrientes, hasta ensancharse y hacerse caudaloso. Al margen del camino hago un breve descanso ante la iglesia de San Paio, que es una pequeña fábrica dotada de espadaña con campanario, y ubicada en una aldeíta homónima. Muy cerca, cuando tomo el desayuno, se escucha una bella melodía de aires gallego-portugueses, que rápidamente una muchacha identifica y tararea:

     -¿Es Dulce Pontes, verdad?

     – Sí es Dulce, dice el propietario.

Y ciertamente era muy dulce, como la miel, también triste, como las ausencias.

                     Río Lavacolla

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       Pregunto dónde está el río Lavacolla y una mujer atenta me informa que más abajo, al lado del camino. Los mapas identifican el río como Sionlla, pero los lugareños hacen más común el nombre de río Lavacolla. Tampoco es un río propiamente dicho, a juzgar por el cauce angosto y el caudal de sus aguas, por lo que los peregrinos que tomaban baño en este lecho no pasarían de dos o tres por turnos. Este es el mítico pago en que, según Aymeric Picaud, los peregrinos franceses medievales se detenían para bañarse y seguir inmaculados hasta Santiago, tradición que continúa hasta el siglo XVII. Aquí el franco entregaba sus harapos al diablo, limpiaba la piel y el alma, y quedaba en paz para presentarse postrado a los pies del apóstol. Como es obvio, no solo los galos, también otras nacionalidades realizaban las abluciones en este río, mal que le pese al obsesivo Picaud. Viajo solo a estas horas y decido como ritual simbólico refrescarme la cara y sumergir mis pies en el lecho. No me atrevo a desnudarme, sobre todo, por la frescura de la mañana.

    Sigue a este tramo, una cuesta de cierta longitud, donde dos personas de edad desigual parecen estar enredados en una discusión animada. Un joven barbado defiende la vida ejemplar de Jesús, bueno, pobre, generoso, justo, solidario, tolerante, decente y amigo de todos. Mientras que otro adulto flaco, canoso, cuya cara me resulta familiar, comenta que eso está bien, pero que la filiación divina de Jesús y su posterior resurrección son fenómenos más trascendentes que las experiencias de Jesucristo relatadas en los evangelios. No llegan a un consenso, pero el más joven sintetiza que el Camino permite que dos personas cristianas puedan discutir amistosamente sobre estas y otras cuestiones. Ahora caigo que el adulto mayor y delgado, como una pluma de ave, es el increpante al cura párroco de Portomarín por retrasarse tres minutos en el comienzo de la misa. Saludo a ambos para sacarlos del embeleso, pero los dejo igual.

     Los peregrinos a estas alturas apuran el paso pues ya se presiente que la ciudad está muy cerca. Se dejan de lado las instalaciones de la televisión gallega y española y en una exhalación se está en el caserío secular de San Marcos que, moteada de urbanizaciones y edificaciones modernas, aún conserva algunas casas viejas y corrales rurales, llevándose la impresión el caminante de que aún existen espacios en que lo tradicional y moderno no casan equilibradamente.

    Mano que representa los Caminos a Santiago. Monte do Gozo

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       A nada se está en el Monte do Gozo. Se extiende a la izquierda del Camino y sostiene una mirada magnífica de la ciudad de Santiago, que se prolonga horizontalmente a sus pies como una ola gris de piedra, hendida por las altas torres de la Catedral. Los peregrinos llegan a esta abierta y ancha colina y contemplan alegres, por lo menos, el horizonte, habitualmente oculto por el celaje de esta tierra húmeda. Antiguamente el viajero, cuando veía las picas de la catedral, pletórico, lanzaba al aire el grito de “Ultreia y Suseia”, que quería decir que “más allá, más adelante, está Santiago”. Eran inyecciones de ánimo para salvar los últimos pasos antes de venerar al santo. No encuentro en este lugar testimonios del pasado medieval pues la iglesia de la Santa y Venerable Cruz, que mandó levantar el arzobispo Gelmírez a principios del XII, ya ha desparecido. En su lugar se levantan dos monumentos modernos, el uno recuerda la visita que el Papa Juan Pablo II realizó en 1989 con ocasión del Día Mundial de la Juventud, y el otro representa la figura de dos peregrinos en trance de caminar y deseosos de alcanzar el destino final.

    Desciendo deprisa y gano los aledaños de la ciudad por la Puerta Francesa o Francígena, que era antiguamente la entrada más importante de las siete que había. Ya en el casco viejo tomo las Rúas das Fontiñas y dos Concheiros; sigo por la Rúa do San Pedro, alargada travesía de aires gallegos, y entro en las Rúas das Casas Reais y das Ánimas para desembocar en la Praza do Cervantes, de resonancias castellanas. Ya no queda casi nada. Avanzo por la Rúa da Acibechería, corta y estrecha, y salgo a la Praza da Inmaculada. Por fin, estoy en la Praza do Obradoiro. He llegado; me adelanto, buscando el centro de una de las plazas más bellas del mundo; y una vez más registro en mi cuaderno la palabra “Admiración”, que produce la audición de este canto de piedra labrada por muchos obreros y otros menestrales canteros y arquitectos. No olvido que la admiración es el peldaño previo al amor. Por eso, Santiago de Compostela enamora a quien la visita y conoce.

                         Plaza do Obradoiro

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“Las falsas flechas amarillas” (Arzúa-O Pedrouzo. 27 de julio)

Fuente Os Franceses

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     Estuvimos sentados mucho tiempo delante de un paraje galano, aprovechando que habíamos lavado y colgado junto al hórreo del albergue algunas prendas : el valle en que reposa Ribadiso se ensancha alrededor del cauce del río, acompañado de un soto arbolado. Por la izquierda pacen unas vacas albinegras sin que nadie las perturbe, ocupadas después en el rumiado de la hierba, algo amarilla; y por la derecha se levantan algunas plantaciones de maíz que este año no alcanzan la altura que deberían en el verano. Más al fondo, se deslizan suaves los oteros y las colinas pardas, que cierran la vista del horizonte. Hicimos un repaso de muchas cosas. Mientras tanto, Joaquín dormía cansado por el viaje, sobretodo hoy, pues se había recorrido la jornada más larga. Reparamos en el tratamiento y aceptación que las sociedades belga, donde Paco trabaja, y española conceden a las diferencias biológico-culturales de las personas, al trato de la inmigración, el desempleo, las diferencias económicas, sobretodo tratamos cuestiones sociales.

        –Aunque soy de Madrid, cuando vengo a España me gusta descansar en Mallorca, isla hermosísima, que me permite realizar mis actividades favoritas, nadar y moverme en barco cerca de la costa.

        – Yo, ni probarlo. No porque me mareo, sino porque no pisar tierra me produce vértigo. Le hice una confesión, que no suelo comentar.

        – No recuerdo ni siquiera la última vez que subí en un avión. No puedo. Saber que hay un vacío debajo de un tubo de pasta de dientes o de un cascarón de nuez, que es lo que es un avión en el aire o un barco en el agua, me produce desazón y nerviosismo. No puedo.

         -Entonces, ¿a dónde vas a ir más allá de los Pirineos?

     -Hasta donde el coche me lleve, que aunque es más inseguro, a mí me da más seguridad. Ya ves la contradicción.

     Me levanto antes que nadie y al instante me hallo encarando la subida hasta Arzúa, donde torna el sol a saludarme con sus rayos más tempraneros, justo en la travesía antigua que conduce al peregrino a la salida de la población. Cada vez más cerca, me llega una canción triste y nostálgica  que viene de la Fuente os Franceses, porque Galicia se ha sentido a menudo como un terrazgo sembrado de melancolía y recuerdos ¿Qué es sino la poesía y la prosa de esta región?

                Campos de maíz de Preguntoño

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     Sigo adelante conmovido por la influencia de la flébil fuente y me encuentro con un paisaje colmado de maizales a la altura de Preguntoño y de A Peroxa, que me debería cambiar el ánimo, por aquello de que el tallo de maíz se parece a una pica afilada que mira hacia arriba, y por lo tanto, símbolo de esperanza y alegría. Pero nada de nada, porque me viene a la memoria que la hospedera de Palas comentó que el maíz estaba mustio y enteco, triste, porque no chove en Galicia.

      Se deja atrás el arroyo Ladrón, desconozco el porqué de este injusto nombre, y a poca distancia se entra en el Concello de O Pino, que es el portal de Santiago de Compostela. Pensarlo así, reconforta algo. Otro arroyo, esta vez Langüello, que tiene tres bocas manando agua con relativa abundancia, se cruza en el Camino. Da gusto encontrarse con estos veneros que a pesar de todo siguen enviando agua a los prados, regando las cosechas y abasteciendo a sus naturales de las necesidades hidrológicas más fundamentales. Desde allí se entra en Boavista, donde el arbolado se aprieta denso para dejar paso a las sendas abigarradas galaicas, sombra y alivio del peregrino cuando el sol fustiga. A esta altura quedo sorprendido por la  presencia de una multitud de jóvenes que, como dos o tres centurias romanas, me adelanta con paso ligero. En la vanguardia, un guía ocupa el centro y lleva de una mano un bordón de peregrino y en la otra un palo en cuyo extremo va ligada una cruz de madera; por detrás, un muchacho iza un telar que dice “ Jovenes Carmelitas” y un dibujo ovalado que representa el rostro de Jesucristo; luego, marchan airosas las centurias en fila de tres. Hoy resulta la mañana de los comités: “Asociación Católica de Granada”, “Scouts”, un grupo que dice llamarse “La leyenda”, son todos jóvenes que siguen el Camino de Santiago  como antaño lo hacían, supongo, congregaciones y cofradías variadas de todos los rincones del mundo en medio de un vocerío y alborozo irremediables.

    – Luego no los he vuelto a ver. Antes tampoco. ¿Dónde se meten? Como quiera que fuese, es verdad que el Camino es Patrimonio de la Humanidad, pero su cuantía debe dosificarse porque se pone en riesgo algunas cuestiones importantes, a mi juicio, el silencio, la reflexión, el equilibrio medioambiental, el respeto por la naturaleza. O ¿me paso? ¿Todos juntos en bullicioso tropel?  o ¿Por separado? Empiezo a conocer algo este importante sendero que ya cuenta con mil doscientos años. Eso dicho con frivolidad porque el camino descansó durante varios siglos, que no tuvo caminantes apenas. Pero ¿es bueno esta aglomeración de peregrinos para el medio natural, incluso, para el logro de los fines espirituales o religiosos que se proponen? No sé, lo pienso, me lo pregunto, sin pretender ofender a nadie ni crear agrias polémicas.

                    Arboleda en Boavista

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       Voy abandonando varias aldeas entretenido en estas reflexiones, hasta que tropiezo con la ermita de Sta. Irene, después de dejar la cuesta de O Empalme. Aparece situada en un recoleto prado, rectangular, coronada de una espadaña con campana y cruz en la parte superior, rodeada de abundante verdura, y cercana a una fuente, de frontispicio ancho, que soporta en el centro una hornacina que en tiempos idos habitó una imagen de la Santa que desapareció en 1980. Las aguas de esta fuente, dice la tradición, tenían remedios profilácticos pues quienes regaban sus campos con ellas evitaban que las cosechas fueran diezmadas por las pestes que asolaron estas tierras. Todos los años, junto a la ermita y la fuente, la mocedad de esta localidad celebra las fiestas en honor de Santa Irene el 29 de junio.

     Se sube una costera y se sale a la carretera que lleva a O Pedrouzo, a cien metros de distancia. Yo sigo las indicaciones que fijan los mojones y percibo que camino solo porque los demás peregrinos siguen unas falsas flechas amarillas que conducen directamente al centro de la villa, otro acto pícaro que enlaza nuestro camino con la tradición histórica, camino de verdades y mentiras, camino de santos y de diablos.

       El verdadero camino circunvala por el lado sureste la población, entre altos pinos y cantos alegres de pájaros, y más adelante se adentra en ella o se sale, según las intenciones del caminante. Atravieso el umbral de la puerta y sorprendo a la mujer, Pilar, que limpia la pensión para mostrar las bondades de la casa a los huéspedes.

      –¡Madre mía. Ya está ud. aquí. Siéntese y espere a que venga el dueño, por favor, que ha salido a hacer unos recados ¿Un refresco?

                       Los pinos en O Pedrouzo

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      Por primera vez tengo la sensación de que mis condiciones físicas han mejorado mucho y de que empiezo a parecerme a un Peregrino.

“El pulpo me espera “. (Palas de Rei-Arzúa. 26 de julio)

  Bosque en las inmendiaciones de Palas de Rei

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        Palas de Rei es una villa blanca y limpia que cae en ligera pendiente, atravesada por una carretera zigzagueante, y con una traza de calles perpendiculares que se llenan de turistas. Decido seguir las flechas indicativas amarillas para no tener dudas sobre qué camino debo seguir en la madrugada del día siguiente. Hay un amplio espacio techado, como un gran kiosco, ocupado por algunos niños y padres y, muy cerca, un joven peregrino permanece leyendo un libro en la escalinata del ayuntamiento, cuyo título espío con disimulo para que no se dé cuenta, “El lobo estepario” de Hermann Hesse. Es un libro didáctico, que leí en mi juventud y del que recuerdo a modo de síntesis una moraleja final, que el hombre debe vivir las pequeñas cosas con intensidad, si desea aprovechar la vida. No puedo sacar unas fotografías a la portada románica de la Iglesia de S. Tirso porque hay unos andamios colocados delante que lo impiden. No obstante, el paseo en su entorno resulta agradable cuando ya el sol se retira a la hora crepuscular.

        Cenamos juntos los tres. Paco es un psicólogo que tuvo que ganarse la vida a pulso en el extranjero. Y las cosas salieron mejor que peor porque, apoyado inicialmente en otras tareas, pronto recondujo su actividad hacia la Psicología. Le acompaña su hijo, Joaquín, un adolescente de catorce años, atento y con ganas de aprender. Comenta:

-Me atrae el tema de las depresiones por ser un ámbito en que el ser humano sufre muchísimo. Por esto, trabajé desde el inicio este asunto y en la actualidad me he hecho especialista en un campo denominado “mindfulness” ¿Sabes qué es?

Ni idea.

Lo utilizan no solo psicólogos en sus consultas con un alto nivel de eficacia en personas depresivas profundas, y en otros casos vitales, sino médicos en los hospitales. Ahora trabajo cooperativamente con un hospital de Lovaina en este tema. Y los resultados son muy buenos, quiero decir, las personas se curan en un alto porcentaje. Me dedico con exclusividad a esto, asisto a Congresos, dirijo másters, me llaman a conferencias, mantengo mi propia consulta, en fin demasiado trabajo, pero muy satisfactorio. Consiste en…

-Me gusta que las personas trabajen en esa dirección, ayudar a los demás a ser más felices o a sufrir menos. Replico.

        Antes de que amanezca el peregrino ya está en el camino porque esta jornada es la más larga. Las piernas cada día responden mejor y así, entre las primeras luces del alba, se tropieza con un hórreo y el ábside de la Iglesia románica de finales del siglo XII de San Xulián do Camiño, adjunta al cementerio de la aldea. Tiene el ábside semicircular un vano de dos arcos de medio punto, recoleto y atractivo; pero es singular la lápida incrustada en unos sillares de la fachada principal, que no había visto nunca en ningún sitio.

   Iglesia de Sta. María y Cabazo de Leboreiro

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         El camino pasa entre bosques envolventes hasta llegar a Casanova y Campanilla, que separa las provincias de Lugo y A Coruña. Nombre que evoca las reatas de vacas que llevaban colgantes campanillas que tintineaban para no perderse en las espesuras o en las brañas. No lejos de estas hermosas campiñas está Leboreiro, que según la etimología del topónimo, quiere decir “lugar de muchas liebres”. Pero a falta de estos corredores leporinos, la vieja aldea tiene otros encantos. Frente por frente figuran la Iglesia de Sta. María y el Cabazo, como dos testigos mudos del trabajo agrícola y el recogimiento en la oración, que han practicado secularmente las gentes de este país norteño. La iglesia es una nave rectangular con ábside, rodeada de un muro de piedra, singularizada sobre todo por el detalle de la escultura bien conservada de la Virgen en el tímpano de la portada. Esta Virgen guarda un milagro, según cuenta la tradición. Se dice que durante muchos días y muchas noches se desprendían aromas fragantes y luces visibles a muchas leguas junto a una fuente. Alertados los vecinos de estos prodigios, cavaron en el suelo y se halló una estatua de Sta. María. Fue trasladada muchas veces a la iglesia, pero tornaba a su sitio, junto a la fuente, durante las noches hasta que el cantero esculpió su retrato en la portada. Desde entonces ésta fue su eterna morada. El Cabazo es un cestón hecho con varas de sauce que se cierra con una tapadera de paja o brezo de estructura cónica. Se levanta del suelo por una columna cuadrada de piedra y servía para preservar de la humedad o del ataque de ratones y culebras los granos de maíz u otros frutos. Cumplen la misma función que sus hermanos los hórreos, pero la morfología cambia.

                  Puente medieval de Furelos

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      Atravieso primero un puente medieval de un solo ojo a la salida de Leboreiro con el río casi seco, y más adelante, paso otro más grande que me introduce en el caserío de Furelos, atrio de Melide. Este data del siglo XII y es una fábrica de sillar de granito de espléndida factura, dotado de cuatro ojos y tajamares triangulares, que cruza el río homónimo. Un angosto camino atraviesa el pueblo y dejo a la izquierda el museo etnográfico provisto de herramientas antiguas y otros trebejos.

-¡Coman el mejor pulpo de Galicia! ¿Quiere probar el pulpo, caballero?

Claro, no tengo otra cosa que hacer y, aunque tuviese otras faenas, lo primero es lo primero.

    Estoy en la pulpería más afamada de Galicia, Melide, a poca distancia de Furelos. La noche anterior la mujer que nos atendió en la cena, nos aconsejaba probar el pulpo de Melide porque la calidad y la elaboración del gran calamar no tenían comparación. La taberna era enorme con bancos y mesas dispuestos a lo largo y ancho y, donde iban sentándose en orden foráneos y autóctonos que gustaban demorar allí horas en torno a la pulpada.

-Una ración sin sal y un pocillo de vino blanco, por favor, o dos, que por suerte no conduzco.

  También comentó que la villa merecía un día de descanso por su interés y monumentalidad. Pero, no es posible en esta ocasión. Está ataviada con las mejores galas pues es domingo, fin de mes, y se organiza una feria de nombradía regional. Puestos, buhoneros, mercachifles, tenderetes de productos hortelanos, frutas, vestidos y telares, llenan por doquier las calles y plazas céntricas de Melide, inundadas de gentes que pasean o compran o venden. Un amable paisano me comenta, viendo probablemente mi aliño indumentario, que también hay mercancía de ganado en otro recinto de la villa.

Gracias, ya quisiera ya, con lo que me gusta el reino animal.

   Lo cierto es que de pequeño asistí alguna vez con mi padre a las ferias ganaderas de Pola de Siero, en Asturias, y me fascinaba cómo los tratantes compraban y vendían, estrechándose mil veces las manos apretadas. Luego se llevaban un fardo de dinero arrugado al bolsillo del pantalón, que estaba a reventar.

    Pero Melide es un enclave muy importante del Camino de Santiago porque aquí convergen el Camino Primitivo y el Francés para continuar los peregrinos ya reunificados hasta Compostela. Concretamente, el punto exacto de esta confluencia ha sido y sigue siéndolo la Plaza del Ayuntamiento, ocupada por nobles edificios como el antiguo Hospital de Peregrinos, transformado en Museo da Terra de Melide, el Convento del Espíritu Santo, la Capilla de S. Antonio y el propio Edificio edilicio.

     Salgo de esta singular localidad gallega y, tras abandonar los arcenes de la carretera, se toma la desviación que debe conducirme hasta el destino. Dos hitos importantes, la iglesia de Santa María de Melide y la parroquia de Castañeda. La primera, situada en las inmediaciones de la villa ferial, es un bello edificio de finales del siglo XII, que contiene el altar románico original, una reja del mismo estilo única en toda Galicia y unas pinturas murales góticas inusuales. Un joven entusiasta de esta iglesia la explica con devoción a cambio, naturalmente, de un sufragio para las almas del purgatorio. Tras la subida de un duro recuesto aparece Castañeda, que es famosa porque existía la tradición medieval de recoger piedras calizas en Triacastella y dejarlas en los hornos de este lugar para la construcción de la Catedral de Santiago. Se trataba de un mérito más para obtener las indulgencias.

        Río Iso bajo el puente románico

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              Por fin, se toma la ribera del río Iso, ya en compañía de Paco y Joaquín, que me han cogido en el repecho, y nos encaminamos hacia el lugar que hemos decidido tomar como fin de etapa, dos km. antes de Arzúa, para darnos el merecido descanso de una larga jornada. Y lo cierto es que ha merecido la pena. Duermo en el lecho de un valle, al abrigo de un manso río que se desliza bajo un pulcro puente románico, alomado, convencido de que hoy ha sido un día grande.