“Los vi cómo se acercaban” ( Calzadilla de la Cueza-Sahagún de Campos. 17 de agosto de 2011).

???????????????????????????????     Hoy es el día más importante desde que decidí ponerme en camino. Sobre las 13.00 horas me esperan en Sahagún, de manera que, dado el estado lamentable de mis pies, decido levantarme aún más temprano para no faltar a la cita.

     Ando mediante una técnica que me resulta útil: los pasos son cortos y elevo muy poco los pies del suelo para evitar la presión que se produce sobre los tendones al volver a pisar el suelo. Así consigo llegar con más pena que gloria a Ledigos y luego a Terradillos de los Templarios, que recuerda la orden de los Caballeros del mismo nombre y las fabulosas leyendas que se forjaron en torno a estos personajes.

    Tomo aire y, al detener la vista en el horizonte, me doy cuenta de que en esta parte de Castilla hay más palomares que en cualquier otro lugar: son construcciones circulares o cuadradas de adobe (barro mezclado con paja, cocido al sol), que en su interior disponen de pequeños huecos alineados, donde las zuritas y torcaces duermen y ponen los huevos. Hubo un tiempo en que la riqueza del señorito se valoraba por los palomares que poseía.

     Paso a paso voy recorriendo estos campos de trigo. Por primera vez, a la salida de San Nicolás del Real Camino una ráfaga de viento atraviesa la llanura y lanza un silbido, como si fuese un aviso de que no puedo perder el ritmo.  Entro en la provincia de León, un puente cruza el río Valderaduey y asoma la ermita de la Virgen del Puente. Voy despacio, pero con prisa porque me esperan.

     Como llego muy justo de horario bordeo Sahagún por la carretera que luego gira hacia Cea de Campos y, una vez allí, justo en el cruce, permanezco de pie oteando como un pájaro  el horizonte que se diluye en la calima del mediodía. Cae el sol a plomo, ni un coche pasa, pero desde el fondo de la carretera tanteo por fin dos bultos que se van acercando. Se trata de alguien que gesticula y habla mucho, y de un niño que protesta porque no quiere caminar. El hombre, alto y fuerte, lleva la camisa en la mano, el torso desnudo, y el niño, de pantalón corto y flequillo caprichoso, pregunta:

     – Padre, ¿quién es ese señor que nos mira?

     – Un peregrino, fiu (hijo), que marcha hacia Santiago para rezar.

    Los miro y siento el deseo de abrazarlos porque sé quiénes son. Pero ellos no me reconocen y no me atrevo. Los veo perderse en dirección al arco de San Benito. El niño, siempre tímido, esconde su cara en los pliegues del pantalón de su padre y, antes de perderlo de vista, me sonríe.

    Entonces, siento que el tiempo pasa desbocado como un caballo salvaje. Y eso me duele mucho más que los pies.

    Penetro en la plaza atestada de gente de Sahagún de Campos, compro dos pares de alpargatas de tela azules y blancas, miro a mi alrededor y espero a que los recuerdos de la infancia y adolescencia me muerdan el corazón.

    Tenía la certeza de alcanzar León, pero no es posible por ahora.