“Con zapatos nuevos y pies cansados” ( Burgos-Hontanas. 12 de agosto de 2011).

OLYMPUS DIGITAL CAMERA        Salgo a la calle. Las farolas recortan mi sombra en las aceras. Sólo escucho el chasquido de mis zapatillas y un ciclista que pasa fugaz al otro lado de la carretera. Tomo la orilla del Arlanzón, cuyas aguas entonan perezosas una dulce melodía. Atrás se dibujan en el cielo los tejados, las torres y espadañas de las iglesias. Cuando son las 5.30 horas, Burgos duerme la madrugada

     Me siento contento. Tanto, que tarareo algo. Me siento como un niño con zapatos nuevos. Estoy feliz. Y procuro di-la-tar este momento.

      De pronto, sin saber muy bien de dónde, van apareciendo peregrinos que se suman, ya solos o en grupo, para llegar a Villalbilla.

     La mañana clarea y el paisaje es cada vez más nítido. Algunos árboles forman corros, otros se deslizan a través de la línea del río, a derecha e izquierda la hierba segada y fresca por el rocío desprende un olor intenso. Apenas sin darme cuenta alcanzo el pueblo de Tardajos. Las fuerzas intactas. A la entrada una mujer desgreñada con   chaquetilla de lana desastrada por encima de los hombros me dice que sólo me quedan 18 km para concluir la etapa. Solo.

    El paisaje cambia. Piso la Castilla de Campos: vastas llanuras de trigo que se juntan con el azul del cielo o que se mueren en la lejanía junto a las laderas de los grises alcores; quietismo silencioso que se rompe por el tañido de las esquilas de las ovejas. Digo ¡adiós! al pastor.

    Se atraviesan varios llanos hasta que a lo lejos se divisa Hornillos, pueblecito que empieza a desperezarse lentamente. Son las diez de la mañana y, sin aviso, el sol  se cuela y empieza a calentar poco a poco. Una persona me comenta que el peregrino da mucha vida al pueblo, pero que a veces pasan por allí  gentes que hurtan comida o lo que sea. A la salida del pueblo se forma una improvisada plaza. Unos arriates de rosas amarillas colorean las casas de piedra de dos plantas y  sobre las demás resalta una rematada por arcos de medio punto y un corredor de madera que corona la fachada principal.

    Desde aquí hasta Hontanas, destino de la primera etapa, la planicie castellana es como un tablado raso en donde solo crece trigo y algún árbol escuálido.

     -¡Jodíos los de las bicis!- que bromean acerca de la crema que extiendo sobre la piel para no quemarme. Comienza a dolerme todo desde la cintura hasta los pies, así que  cualquier cosa que se me diga, incluso inocentemente, me cabrea. Empiezo a sufrir físicamente y pienso que no sé qué hago allí, en medio de una palma yerma y un sol verdugo que aprieta más y más. Es la soledad de la estepa.

     De repente, aparece Hontanas, que quiere decir lugar de fuentes. Surge de improviso, agazapado en medio de la llanura como una liebre que salta a los pies del cazador. Pero la sorpresa es agradable porque el sol llega a su cenit y el cuerpo pide descanso tras haber dejado 30 km a la espalda. Hontanas es una calle alargada, algunas casas y una placita que me hace soñar porque cuando llega la noche entreabro el ventanal de mi habitación y me duermo acunado por la dulce balada de la fuente. Una brisa lene me acaricia.

     Antes, a la hora de la cena, observo en silencio que una familia italiana bendice la mesa y que la madre es el centro. Pienso en los míos.