“Las piedras hablan” ( Boadilla del Camino-Carrión de los Condes. 14 de agosto de 2011).

OLYMPUS DIGITAL CAMERA     Durante tres kilómetros se recorre un camino que transcurre paralelo al Canal de Castilla. La luna baila en la superficie del agua y, de vez en cuando, desaparece como si jugara al escondite conmigo. Me vienen a la memoria leyendas de fantasmas y de muertes producidas cerca de los ríos y lagunas, que ponen una nota siniestra en la madrugada. Una vez que se llega a las esclusas, que permitían subir un desnivel de 14 metros a las barcazas cargadas de cereal, se tuerce para entrar en Frómista,” lugar de abundante trigo”.

     A la derecha, se anuncia  la iglesia románica de San Martín. Son la 6.30 horas de la mañana. Estoy solo y la iglesia se levanta ante mí. Es impresionante su sencillo diseño, la proporcionalidad de sus elementos, el equilibrio que transmite su construcción. Me adelanto y coloco mi mano en una de las frías piedras que la sostienen. Y me produce una sensación que nunca tuve: por un momento me olvido de todo, no me importan los datos históricos, ni el estilo arquitectónico, ni el siglo en que se levantó, ni siquiera quién la habita. En ese momento únicamente pienso en la mano que colocó la piedra que ahora yo acaricio: cómo fue, pequeña y encallecida, o grande y sarmentosa,  salobre  por el sudor de la fatiga; y cómo fue la vida de aquel hombre que aquí trabajó, cuánto resistió hasta caerse desplomado por el cansancio, de cuánta felicidad o ninguna disfrutó, de qué color eran sus ojos, cuántos hijos tuvo, de qué amor o desamor malvivió. Percibo con más claridad que nunca que las manos de ese hombre desconocido, que son las manos del pueblo trabajador, son hoy y siempre la palanca con que se mueve y en la que se apoya el mundo.

      En adelante se traza una línea recta que casi llega a Carrión de los Condes. Entre Frómista y Carrión van quedando algunos pueblos de Campos, visibles desde lejos por las espigas de las torres de sus iglesias que, coronadas por vistosos chapiteles, sirven de mirador a las cigüeñas. Una de ellas, la de Santa María la Blanca, situada en la localidad de Villalcázar de Sirga, muestra la riqueza escultórica del pórtico y en su interior hay una imagen de la Virgen, a la que se dedicaron varias cantigas o canciones líricas.

    Los campos de trigo, ya cortado a estas alturas del verano, parecen ensancharse aún más en estas tierras palentinas y, si antes las extensiones resultaban vastas, ahora se tornan vastísimas. En esta localidad, una cuesta sencilla rompe la monotonía del camino antes de ver a lo lejos la villa de Carrión.

    Tropiezo casi con una muchacha holandesa que, de bruces en el suelo, descansa agotada por el esfuerzo que ha hecho durante la primera mitad del día. Me pregunta por mi nacionalidad  y le respondo que español, pero que no sé su lengua. Parece muy fatigada y así me lo indica por gestos y muecas de su cara. Me siento a su lado y también mediante gestos le digo que debe levantarse y seguir. Como no quiere, la ayudo y  le propongo caminar uno detrás de otro. Poco a poco avanzamos y con el semblante translúcido de dolor, cruzamos el umbral del pueblo.

     –Ok, me dice

     Le doy un beso.

    Visito por la tarde al médico y me aconseja que, dado el estado de la tendinitis, debo abandonar el camino.

Anuncios