“Las falsas flechas amarillas” (Arzúa-O Pedrouzo. 27 de julio)

Fuente Os Franceses

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     Estuvimos sentados mucho tiempo delante de un paraje galano, aprovechando que habíamos lavado y colgado junto al hórreo del albergue algunas prendas : el valle en que reposa Ribadiso se ensancha alrededor del cauce del río, acompañado de un soto arbolado. Por la izquierda pacen unas vacas albinegras sin que nadie las perturbe, ocupadas después en el rumiado de la hierba, algo amarilla; y por la derecha se levantan algunas plantaciones de maíz que este año no alcanzan la altura que deberían en el verano. Más al fondo, se deslizan suaves los oteros y las colinas pardas, que cierran la vista del horizonte. Hicimos un repaso de muchas cosas. Mientras tanto, Joaquín dormía cansado por el viaje, sobretodo hoy, pues se había recorrido la jornada más larga. Reparamos en el tratamiento y aceptación que las sociedades belga, donde Paco trabaja, y española conceden a las diferencias biológico-culturales de las personas, al trato de la inmigración, el desempleo, las diferencias económicas, sobretodo tratamos cuestiones sociales.

        –Aunque soy de Madrid, cuando vengo a España me gusta descansar en Mallorca, isla hermosísima, que me permite realizar mis actividades favoritas, nadar y moverme en barco cerca de la costa.

        – Yo, ni probarlo. No porque me mareo, sino porque no pisar tierra me produce vértigo. Le hice una confesión, que no suelo comentar.

        – No recuerdo ni siquiera la última vez que subí en un avión. No puedo. Saber que hay un vacío debajo de un tubo de pasta de dientes o de un cascarón de nuez, que es lo que es un avión en el aire o un barco en el agua, me produce desazón y nerviosismo. No puedo.

         -Entonces, ¿a dónde vas a ir más allá de los Pirineos?

     -Hasta donde el coche me lleve, que aunque es más inseguro, a mí me da más seguridad. Ya ves la contradicción.

     Me levanto antes que nadie y al instante me hallo encarando la subida hasta Arzúa, donde torna el sol a saludarme con sus rayos más tempraneros, justo en la travesía antigua que conduce al peregrino a la salida de la población. Cada vez más cerca, me llega una canción triste y nostálgica  que viene de la Fuente os Franceses, porque Galicia se ha sentido a menudo como un terrazgo sembrado de melancolía y recuerdos ¿Qué es sino la poesía y la prosa de esta región?

                Campos de maíz de Preguntoño

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     Sigo adelante conmovido por la influencia de la flébil fuente y me encuentro con un paisaje colmado de maizales a la altura de Preguntoño y de A Peroxa, que me debería cambiar el ánimo, por aquello de que el tallo de maíz se parece a una pica afilada que mira hacia arriba, y por lo tanto, símbolo de esperanza y alegría. Pero nada de nada, porque me viene a la memoria que la hospedera de Palas comentó que el maíz estaba mustio y enteco, triste, porque no chove en Galicia.

      Se deja atrás el arroyo Ladrón, desconozco el porqué de este injusto nombre, y a poca distancia se entra en el Concello de O Pino, que es el portal de Santiago de Compostela. Pensarlo así, reconforta algo. Otro arroyo, esta vez Langüello, que tiene tres bocas manando agua con relativa abundancia, se cruza en el Camino. Da gusto encontrarse con estos veneros que a pesar de todo siguen enviando agua a los prados, regando las cosechas y abasteciendo a sus naturales de las necesidades hidrológicas más fundamentales. Desde allí se entra en Boavista, donde el arbolado se aprieta denso para dejar paso a las sendas abigarradas galaicas, sombra y alivio del peregrino cuando el sol fustiga. A esta altura quedo sorprendido por la  presencia de una multitud de jóvenes que, como dos o tres centurias romanas, me adelanta con paso ligero. En la vanguardia, un guía ocupa el centro y lleva de una mano un bordón de peregrino y en la otra un palo en cuyo extremo va ligada una cruz de madera; por detrás, un muchacho iza un telar que dice “ Jovenes Carmelitas” y un dibujo ovalado que representa el rostro de Jesucristo; luego, marchan airosas las centurias en fila de tres. Hoy resulta la mañana de los comités: “Asociación Católica de Granada”, “Scouts”, un grupo que dice llamarse “La leyenda”, son todos jóvenes que siguen el Camino de Santiago  como antaño lo hacían, supongo, congregaciones y cofradías variadas de todos los rincones del mundo en medio de un vocerío y alborozo irremediables.

    – Luego no los he vuelto a ver. Antes tampoco. ¿Dónde se meten? Como quiera que fuese, es verdad que el Camino es Patrimonio de la Humanidad, pero su cuantía debe dosificarse porque se pone en riesgo algunas cuestiones importantes, a mi juicio, el silencio, la reflexión, el equilibrio medioambiental, el respeto por la naturaleza. O ¿me paso? ¿Todos juntos en bullicioso tropel?  o ¿Por separado? Empiezo a conocer algo este importante sendero que ya cuenta con mil doscientos años. Eso dicho con frivolidad porque el camino descansó durante varios siglos, que no tuvo caminantes apenas. Pero ¿es bueno esta aglomeración de peregrinos para el medio natural, incluso, para el logro de los fines espirituales o religiosos que se proponen? No sé, lo pienso, me lo pregunto, sin pretender ofender a nadie ni crear agrias polémicas.

                    Arboleda en Boavista

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       Voy abandonando varias aldeas entretenido en estas reflexiones, hasta que tropiezo con la ermita de Sta. Irene, después de dejar la cuesta de O Empalme. Aparece situada en un recoleto prado, rectangular, coronada de una espadaña con campana y cruz en la parte superior, rodeada de abundante verdura, y cercana a una fuente, de frontispicio ancho, que soporta en el centro una hornacina que en tiempos idos habitó una imagen de la Santa que desapareció en 1980. Las aguas de esta fuente, dice la tradición, tenían remedios profilácticos pues quienes regaban sus campos con ellas evitaban que las cosechas fueran diezmadas por las pestes que asolaron estas tierras. Todos los años, junto a la ermita y la fuente, la mocedad de esta localidad celebra las fiestas en honor de Santa Irene el 29 de junio.

     Se sube una costera y se sale a la carretera que lleva a O Pedrouzo, a cien metros de distancia. Yo sigo las indicaciones que fijan los mojones y percibo que camino solo porque los demás peregrinos siguen unas falsas flechas amarillas que conducen directamente al centro de la villa, otro acto pícaro que enlaza nuestro camino con la tradición histórica, camino de verdades y mentiras, camino de santos y de diablos.

       El verdadero camino circunvala por el lado sureste la población, entre altos pinos y cantos alegres de pájaros, y más adelante se adentra en ella o se sale, según las intenciones del caminante. Atravieso el umbral de la puerta y sorprendo a la mujer, Pilar, que limpia la pensión para mostrar las bondades de la casa a los huéspedes.

      –¡Madre mía. Ya está ud. aquí. Siéntese y espere a que venga el dueño, por favor, que ha salido a hacer unos recados ¿Un refresco?

                       Los pinos en O Pedrouzo

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      Por primera vez tengo la sensación de que mis condiciones físicas han mejorado mucho y de que empiezo a parecerme a un Peregrino.

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