Los monasterios. Funciones (y III).

                  Puede afirmarse sin miedo a errar que la labor más fecunda llevada a cabo en los monje[1]monasterios medievales ha sido la conservación, la copia y la traducción de los libros antiguos no solo porque han permitido su distribución sino porque han abierto el camino al triunfo del Renacimiento que eclosiona con inusitado empuje en España a comienzos del siglo XVI.

        En este ámbito libresco la actuación del monacato es doble. Por un lado, muchos libros o rollos, que de otro modo hubieran irremisiblemente desaparecido por mil avatares, han sido celosamente recogidos y guardados en los anaqueles de las viejas bibliotecas monasteriales. Han servido los vetustos cenobios para mantener congelados durante varios siglos una lista de valiosísimos libros de todo género que los humanistas pudieron rescatar para explorar sus abismales contenidos y crear la nueva ciencia experimental del siglo XVI: Aristóteles, Platón, Salustio, Averroes, San Isidoro etc. forman un largo sartal de autores cuyas obras han dormido en las sombras de las abadías medievales. Pero, por otro lado, los copistas han realizado una extraordinaria y titánica labor de transcripción y traducción de textos fundamentales para la formación de la vida social, religiosa y cultural del Medievo. A la cabeza figuraban las copias y traducciones de libros religiosos, litúrgicos, misales, escritos de los Padres de la Iglesia, crónicas de santos, historias de la iglesia, reglas de las Órdenes religiosas, siendo sobretodo La Biblia el libro más trabajado por los monjes. Tanto es así que se trata del primer libro editado con la aparición de la imprenta en el siglo XV. Detrás venían las copias y traducciones de los textos clásicos greco-latinos que en unos casos, como Aristóteles o Cicerón, sirvieron para el desarrollo de la escolástica o la retórica y, en otros, tales como Horacio, Virgilio o Plauto, propiciaron el estudio de las humanidades y de la ciencia filológica.

      Los copistas trabajaban, según las disponibilidades de cada monasterio, en espacios comunes denominados scriptorium y, si no había estos lugares, podían hacerlo en las celdas o dormitorios muy cerca de la ventana para aprovechar la luz solar abundante, incluso hay quienes dicen que se situaban en las proximidades del calefactorio para beneficiarse del único sitio caldeado del monasterio. Sea de un modo u otro, los copistas del siglo X al XII eran verdaderos artistas manuales que realizaban todas las labores del oficio- copia, corrección, iluminación o ilustración y encuadernación-. A partir del siglo XIII esta labor del copista se profesionaliza, intervienen laicos que trabajan fuera de los monasterios, y es ya un equipo organizado el que realiza estas labores culturales. Con la llegada de la imprenta desaparece el oficio del copista, no así del traductor que no solo trabaja intramuros del monasterio, sino que sobre todo se centraliza en las nuevas Universidades europeas.

     Unida a esta actividad existían también las Escuelas monacales que impartían enseñanzas religiosas a niños y jóvenes. Podían tratarse de contenidos básicos- leer y escribir e iniciación a sencillos comentarios religiosos-o de enseñanzas de mayor nivel para la preparación de futuros monjes y sacerdotes. Fueron el origen de las Escuelas catedralicias y las primeras Universidades– la Sorbona en Francia, Bolonia en Italia y Oxford en Inglaterra-.

    La palabra clérigo quiere decir etimológicamente culto, luego quiso decir pastor de la iglesia.

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