Las fuentes.

          Manantial en una sierra

         corriente_agua_mediana[1]

          No tienen las fuentes el empaque ni la obra de las iglesias, monasterios o puentes, ni siquiera pueden considerarse acaso construcciones civiles, pero no dejan de ser un elemento insustituible y preciado del Camino de Santiago. Se propagan afortunadamente por todos los lugares: ya en las oquedades de un barranco, o en las faldas bosquosas de una sierra quebrada, ya a la salida o entrada de las villas y pueblos, sobre un cerro agreste o bajo un pináculo de piedras, los manantiales brotan libres para aliviar la sed del peregrino. Se diría que son los hermanos pobres de las grandes obras, pero solo lo son en apariencia.

          Tienen las fuentes un espíritu renovador o vivificador. El peregrino conoce el lugar donde mana el agua de la fuente y una vez allí repone fuerzas para seguir adelante hasta el fin de la etapa. Porque no solo el agua aporta las necesidades hídricas perdidas, sino que proporciona frescura y solaz como ninguna otra cosa. Además, poseen un don especial que favorece el desarrollo de la fuerza, el ánimo y las mejores disposiciones del caminante. No es banal que el ejercicio de los ideales más elevados del hombre- el amor, la verdad, la soledad, la sencillez, la humildad etc.- haya sido contextualizado literariamente en el marco del conocido como locus amoenus, un lugar bucólico en el que la fuente ocupa una situación privilegiada junto al bosque, el prado y las flores que lo cubren. Así Fray Luis de León reitera que una fontana pura destila agua que baja a los valles a fecundar el suelo que va esmaltándose de flores y verde hierba. Es curioso que el gran poeta del amor, San Juan de la Cruz, encerrado en la cárcel por envidias y fanáticos dogmas eclesiales, tenga en su imaginario la imagen de una fuente como primer motivo poético de donde arrancan los versos ya universales Que bien sé yo/ la fonte que mana y corre. En la negrura física y moral de su hábitat, solo la fuente es la esperanza. Y por último, se concluye que la fuente es también un halago a los sentidos, un roce delicado a la piel, al oído, a la inteligencia porque ya el escritor latino Horacio percibió que las fuentes murmuran e invitan al sueño, cantan en su discurrir hacia el río provocando con su melodía el deseado y reparador sueño del caminante. No es, pues, la fuente cualquier cosa inútil.

         Muchos son los veneros que adornan la ruta jacobea. A modo de ejemplos representativos se destacan la Fuente de los Chorros en el barrio de S. Martín de Estella, del siglo XVI, maciza fuente circular de piedra, la peculiar del Moro en Villamayor de Monjardín, del año 1200, a la que se accede por un frontón de dos arcos apuntados y unos peldaños en cuyo lecho mana el líquido cristalino, la Fuente de los Peregrinos, situada en la Plaza de Santiago de Logroño, la Fuente de la Rueda, en el pueblo palentino de Boadilla, y ya en Santiago la Fuente de los Bueyes, porque se dice que allí se pararon las yuntas que trajeron al Apóstol a la ciudad compostelana. Y allí se quedó.

 Fuente del Moro (Villamayor de Monjardín)       moros-1024x768[1]

        No se deje de soñar en las fuentes. Recuérdese que buena parte de las mitologías de las culturas celtas ubican en ellas la aparición de seres fantásticos y maravillosos de los que las Xanas son un buen ejemplo.