La pintura de las iglesias (I).

Pintura del ábside de la Iglesia de Tahull 

abside tahull[1]

      Podía haberse llamado la Cueva de Altamira de la pintura románica, aquí donde me hallo, pero la crítica ha querido que este espléndido paisaje de color otoñal sea conocido como la Capilla Sixtina de la pintura mural del Románico, lo que dice de su importancia en el contexto europeo. La planta que alberga estas pinturas es cuadrangular, de tres naves, y solamente dos columnas sostienen el peso de seis singulares bóvedas donde no cabe ni una sola figura más. Esta singular estancia es el Panteón de los Reyes de la Colegiata de San Isidoro de León, situada en pleno casco antiguo, junto a una vasta y animada plaza que invita al paseo antes de penetrar en la irisada sala. Pero luego habremos de volver a ella.

         Tres notas señalamos de la pintura del románico. En primer lugar, la pintura de figuras, personajes, animales y otros motivos naturales es un hecho generalizado a todas las iglesias. No había ninguna que no estuviese decorada de esta guisa. Una vez que la iglesia había sido construida y acabada, ya preparada para el culto y celebración de los ritos cristianos, venía el turno de los talleres de pintura o de los gremios de pintores que por encargo la vestían de vistosos colores. Y no solo decoraban los muros interiores y capiteles, si venían al caso, sino también las mismas fachadas exteriores si el arciprestazgo lo deseaba y las limosnas de los fieles así lo permitían. El principal motivo de este aspecto generalizador, que constituye la segunda nota, es que la pintura es una biblia expuesta en los muros que enseña a los feligreses los contenidos de la religión cristiana, es decir, la pintura es un instrumento pedagógico de enseñanza de la fe. Debe considerarse que la población medieval, villanos y campesinos, era analfabeta, pues solo el clero y alguna porción de la nobleza habían aprendido a leer. De esta desgraciada suerte la imagen dibujada en cualquier soporte servía como medio de comunicación y formación de la clase popular. De la misma manera que los textos académicos actuales apoyan la explicación de los conceptos con ilustraciones más variadas.  Didactismo y aprendizaje son el fin natural de la pintura románica, por lo tanto.  Sin embargo, como tercera cualidad, la pintura es asimismo una técnica que busca ciertos efectos estéticos pues los contenidos no riñen con las formas. Los muros se enlucían y sobre ellos, aplicando pigmentos de colores mezclados con agua, se dibujaban figuras y escenas bíblicas muy variadas. Predominaban los colores ocres, rojos y azulados. El resultado eran figuras bidimensionales, planas y alargadas pues carecían de fondo; no tienen movimiento, hieratismo se dice, por ser las figuras meras representaciones abstractas con valor simbólico; y tienen todas un carácter antinatural pues el artista no imita la naturaleza y su entorno tal como es, sino que abstrae de ella lo que más le importa en cada momento para transmitir los contenidos cristianos.

           Pocas son las iglesias románicas que conservan en la actualidad las pinturas debido a la delicadeza de sus componentes. Pero las hay de indudable valor como la ermita de San Baudelio de Berlanga, adormecida al lado del recoleto y castellano pueblo soriano de Berlanga, las iglesias de San Clemente de Tahull, la de San Justo de Segovia y, sobre todo, la Colegiata de San Isidoro de León, de donde partimos y a donde volvemos.