La grandeza de la cultura.

peregrinaje_800x669[1]         El Camino ha sido-y es-un emporio de cultura, un bastión formidable de saber y conocimiento, un crisol de gentes, razas, clases sociales, religiones, que ha dado al mundo una de las irradiaciones culturales mayores que probablemente se haya visto nunca. Solo hay que imaginar los millones de peregrinos que han surcado sus sendas y calzadas, para darse cuenta del vasto legado cultural que ha dejado para la historia. Recorrer ese legado, siquiera a manera de esbozo, es un propósito personal a sabiendas de que, aunque los hechos, las fechas, los lugares o las personas son auténticos, sin embargo la elección de los contenidos sigue siendo subjetiva y arbitraria. No de otro modo, puede hacerse una cosa como ésta.

        Se puede decir que el Camino es un río fecundo que va sembrando por donde pasa un fabuloso manto de flores que alegran los sentidos e inunda sus orillas de toda suerte de vida. Es propagador, en primer lugar, del llamado arte románico que, favorecido por la Orden de Cluny, se propaga uniformemente por la Europa medieval entre los siglos X al XIII. Lo mismo puede afirmarse del orden siguiente, el arte gótico, que se extiende a la cristiandad medieval entre los siglos XIII al XV. Se desarrolla además una avanzada ingeniería civil que se plasma en la construcción de puentes, hospederías y hospitales, fuentes, vías y calzadas que constituyen obras básicas para el triunfo del peregrinaje. La arquitectura da paso a la literatura, y el Camino se convierte en la mejor vía transmisora de las cancioncillas más antiguas de amor escritas en lengua romance, la lírica provenzal, cuya influencia dejará constancia en las canciones gallegas y castellanas medievales. Otro arte difundido por el Camino es la música antigua y, especialmente, el canto gregoriano, que habría de transformar la liturgia cristina y la vida monacal. No menor importancia tienen las coplas y romances que se emplean en unos tiempos en  que la canción era la principal herramienta de aprendizaje y divertimento. Y en último lugar, la imaginación del peregrino sometido a paisajes y climas diferentes, a toda clase de condicionamientos naturales, da paso al mundo sobrenatural, mágico o esotérico que se expresa en la multitud de leyendas, simbología y consejas que intentan explicar lo que el caminante intuye pero no entiende del todo.

      Todo un panorama cultural por delante que resulta tan imposible de abarcar como quimérico es el deseo de un niño de atrapar el viento con sus manos. Algo queda sin embargo.