Hospitales del Camino (II).

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       Es un gran y bello hospital en el que los peregrinos pueden permanecer tres días y los tratan muy bien. Con estas palabras el cronista italiano Domenico Laffi resumía en el sigo XVII la impresión que le produjo el Hospital de Roncesvalles, cuando ya gravitaban las sombras de la decadencia sobre un hospicio que, como el de Santa Cristina de Somport, conoció en el pasado mejores tiempos.

     El paso pirenaico por Roncesvalles, en Navarra, era el seguido por los peregrinos que, exhaustos por la dureza de las dificultades, venían de París, Vezelay y de Puy para adentrarse en territorio hispánico. Justamente aquí se levantó en 1132 el hospital bajo la protección del obispo de Pamplona D. Sancho de Larrosa, que pagó los costes de la nueva fábrica, y creó asimismo una cofradía para la organización y administración del edificio sujeta a las reglas de San Agustín. Pero la idea de su construcción no era inédita porque resultaba ser una prolongación del antiguo hospital de Ibañeta, situado en la misma cima del puerto, donde las tormentas de nieve, el frío intenso, las nieblas permanentes o la lucha contra las fieras agotaban las fuerzas del peregrino, incluso, la extrema dureza llegaba a provocar la muerte. Pronto el hospital de Roncesvalles adquirió fama y renombre en toda la cristiandad por los extraordinarios cuidados y atenciones que daba a los peregrinos y pobres y, a la vez, recibió donaciones y rentas de reyes y obispos, lo que aumentó su prestigio. Existe un poema de principios del siglo XIII anónimo, escrito en latín que, además de ser un ejercicio rimado, aporta notas importantes acerca de las costumbres del hospital: a cuantos romeros aquí son llegados/con caridad suma los pies son lavados/las barbas rapadas, los cabellos cortados/y son indecibles los demás cuidados. Por indecibles quiere decirse que a todos se les preparaba el baño para aliviar la fatiga y espantar los malos olores, se les limpiaba la ropa o se daba otra nueva, y siempre había alguien en la puerta ofreciendo alimentos o ayudando a entrar a quienes no podían sostenerse en pie. Excepcionalmente la estancia podía llegar a tres días si la necesidad así lo aconsejaba. Sobre la alimentación ésta era copiosa y el alojamiento bueno y salubre. El número de raciones diarias podía ascender a doscientas. En cuanto a los enfermos éstos podían quedarse hasta su curación, recibiendo la asistencia de médicos, boticarios y cirujanos. La sala dedicada a la atención hospitalaria, en el sentido estricto, era amplia, franca y bien iluminada de día y de noche pues había luminarias que estaban encendidas continuamente. Dada la ubicación especial del Hospital, eran muchos los enfermos que morían de manera que por los mismos años se levanta la Capilla-cripta del Espíritu Santo donde se oficiaban misas por los fallecidos y eran arrojados al osario que figuraba debajo de la capilla.

     Como sucedió con el Hospital renombrado de Somport, el declive se inició en el siglo XVI. La hospedería padeció un incendio en 1724, lo que obligó a reconstruir las viviendas y en general restablecer modificaciones importantes. La decadencia se cierra definitivamente con la desamortización de Mendizábal en 1836. Pero, al contrario que Santa Cristina, el hospital de Roncesvalles no desaparece, siendo el actual albergue producto de actuaciones satisfactorias de la Institución Príncipe de Viana y de la Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra, que han velado en esta ocasión por uno de los hospitales más relevantes de las rutas de peregrinación.

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