Pueblos, villas y ciudades-camino.

Sto. Domingo de la Calzada.                      imagesCAUB3YCH

      Se llega al final de este recorrido por las construcciones civiles y religiosas con una mirada curiosa hacia los núcleos de población nacidos o condicionados por el camino de Santiago. Porque, en efecto, el aluvión de peregrinos de todas las clases y naciones supone no solo el intercambio de interculturalidad sino la aparición de nuevas realidades y acontecimientos, como es el caso de minúsculas aldeas que, agrupadas, llegan a constituir pueblos e incluso ciudades denominadas itinerantes o ciudades-camino por el hecho de servir a los que caminan a través de un itinerario.

      Como nota común destaca el hecho del asentamiento longitudinal de todas ellas pues la población se va fijando en torno a una alargada calle principal, a cuyos lados van construyéndose casas o moradas en principio sencillas y posteriormente más grandes. Luego aparecerán otras calles paralelas para conformar el conjunto urbano integral. Gráficamente se diría que la hilera de peregrinos, uno detrás de otro, acaba por formar o condicionar la morfología de la aldea considerada como una línea prolongada de gran longitud. Por ejemplo, Castrojeriz, villa de la provincia de Burgos, presenta una calle principal, que en la actualidad recorren los peregrinos, de una longitud de 1,5 km. desde un extremo a otro en dirección este-oeste, mirando de cara hacia Santiago. Otras poblaciones moldeadas al abrigo del Camino son Roncesvalles, Estella, Logroño, Nájera, Sahagún de Campos etc., pero es sobre todo Sto. Domingo de la Calzada, la localidad-camino arquetipo que mejor representa lo que se ha dicho anteriormente. Sirva como ejemplo.

       En efecto, Alfonso VI donó a Domingo García, más tarde Santo Domingo de la Calzada, unos terrenos situados a orilla del río Oja por donde pasaba el Camino de Santiago. En una primera fase el arquitecto-constructor construyó un puente probablemente de madera, una iglesia que se trasformará en catedral y un hospital para la atención de los peregrinos. Ello fue completado con la construcción de algunas casas abigarradas y desordenadas, que formaron el núcleo inicial de la villa. Una segunda fase tuvo lugar entre la segunda mitad del siglo XI y siglo XII en la cual se edificó el Barrio Viejo en dirección Nájera, que ocupó ambos lados del camino. Desde 1168 acaeció la tercera fase coincidiendo con la aparición del Barrio Nuevo que se situó en el lado opuesto al Viejo, más cerca del puente y en dirección Burgos. Además se levantó la muralla en torno a todos estos barrios, tal como era usual en las villas y ciudades medievales con la finalidad de favorecer la protección de los habitantes que vivían acechados por algunos peligros externos. En una fase posterior, hasta finales del siglo XV, la ciudad creció hacia el sur y la muralla rodeó por entonces el resto de la población, incluida la Plaza Mayor. A partir de este período el plano de Santo Domingo ha cambiado muy poco y en la actualidad sigue conservando fidedignamente la fisonomía del período medieval. Desde su nacimiento de la mano de Domingo hasta el inicio del siglo XVI en que se completa su crecimiento, la vía jacobea, el camino central por el que peregrinaban los viajeros, supuso la arteria que agrupó las casas, corrales, patios y otros elementos que constituyeron la villa. Es la historia repetida en otros lugares sobre cómo desde un hilo delgadísimo creció una ciudad próspera y activa, de la misma forma que una humilde fuente es capaz de formar una caudalosa corriente que se desliza poco a poco hacia el mar.

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     El peregrino, una vez más, queda anodadado por el extraordinario elenco cultural que el Camino de Santiago va dejando a su paso por las pintorescas Españas del norte peninsular.

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Las piedras.

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         La secuencia de la vida no es más que la secuencia de instantes que bien pueden pararse a capricho nuestro. Todos hemos podido detener instantes tan singulares o bellos como la salida del sol, la mies dorada en las primeras horas del crepúsculo, las irisaciones de la luz en la superficie queda del agua o un campo de amapolas en los trigales. Nadie dudaría de la belleza de estos instantes retenidos. Pero ¿podría decirse lo mismo de una pila de piedras o una hilera de cantos rodados?

         Las piedras se sienten en la planta de los pies cuando se anda el Camino, a veces saltan golpeadas por la punta de las botas y parecen rodar cortos saltos como pájaros pesados o ligeros según su tamaño y, si cerramos los ojos para no verlas, suenan ya con sonoros estrépitos o con suaves murmullos. Siempre están ahí. Lo cierto es que son fieles aliadas del peregrino que lo acompañan silenciosas a lo largo de la ruta. Pero cuando se descansa sentado en cualquier poyo improvisado, junto a la orilla del sendero, puede entretenerse el viajero en coger las piedras que lo rodean, menudas, graves, plúmbeas, livianas, lisas, desdentadas, redondas, pulidas, rasposas, todas distintas y ninguna igual a otra. Se diría que cada piedra tiene nombre y apellido propios que la identifican y discriminan del resto: roca, canto, pedrusco, guijarro, laja, adoquín, matacán, sillar, sillarejo … Y si las colocamos entre las manos se percibe la identidad de la materia, la densidad de su cuerpo, la irregularidad de la superficie, la fría apariencia de su piel amojamada o la calidez sin fisuras trabajada por el viento y el agua amorosos. No son cualquier cosa, por lo tanto, esas piedras que acompasan la marcha rítmica, monótona, cadenciosa del impenitente viajero. Pero si ellas llaman la atención porque están ahí, aún cobran mas importancia por lo que son.

       Recuérdese que el fuego pudo hacerse tangible y aplicarse a la vida cotidiana del hombre, alterando sus conductas básicas, gracias al frotamiento de dos piedras que luego salpicaron con chiribitas la yesca preparada para arder. Solo dos piedras besándose cara a cara cambiaron la vida y el rumbo del hombre.Pero las piedras bien afiladas y debidamente cuarteadas fueron también las herramientas con que se labraba la tierra para preparar el fruto o se tronchaban los alimentos para despedazarlos y repartirlos. A veces, también resultan ser el arma que da la victoria a los débiles como es el caso de David que venció a Goliat, o con la que los desheredados combaten a los más fuertes y mejor posicionados social y económicamente que combaten con tanques a quienes blanden en sus dedos, solamente, piedras. Otras veces, abandonando el sesgo duro o virulento de los casos anteriores, adoptan maneras más amables resultando piezas decorativas que ribetean los jardines o adornan huecos y rincones que de otro modo pasarían desapercibidos. Pero, es inevitable recordar que las construcciones religiosas y civiles a las que hemos hecho referencia, iglesias, monasterios, puentes, cementerios y hospitales, están formadas por materiales diversos, siendo las piedras labradas o sin labrar el ingrediente principal que da firmeza y solidez a los mismos. Dicho de otro modo, el rico patrimonio arquitectónico del Camino de Santiago no podría ser si no fuera por la presencia de las piedras en los muros, techos y cimientos que soportan cada una de las fábricas mencionadas. Es la piedra en definitiva el aparejo primero y principal de las antiguas y modernas construcciones.

       Habrá que anotar pues en algún lugar que un manojo de piedras no es un manojo de piedras, también puede ser un instante bello.

         Sirva este aparte como un merecido homenaje a las piedras del Camino.

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Hospitales del Camino (y III).

         Por todo el Camino brotaban hospederías como hongos. Solo en Burgos, a finales del siglo XV, se contabilizaban treinta y dos edificios de esta clase. Pero sobresalieron por su importancia dos hospitales, el de San Juan y el del Rey.

      tn_BU-BUR-HOS-SAN-JUA-1270001[1]                                             El Hospital de San Juan fue en sus inicios, a finales del siglo XI, una modesta casa que atendía a pobres y peregrinos bajo la administración y custodia de monjes benedictinos. Es en 1479 cuando se emprende una gran reforma por bula del Papa Sixto IV, por la cual aportaba suficientes recursos a la obra, que convierte al Hospital de San Juan en uno de los más importantes de la ciudad pues llegó a tener ciento diez camas diarias. Tuvo enorme éxito popular la botica por la sabiduría de los frailes-farmacéuticos, tal es el caso de Fray Tomás de Paredes, que la atendieron, elaborando fórmulas magistrales y cuidando con esmero el vivero de plantas medicinales. Tras la Guerra de la Independencia y dos desamortizaciones el hospital perdió impulso y en 1949 sufrió un devastador incendio conservándose solo la portada. Desde 1971 se levanta, en su solar, la Casa de Cultura de Burgos.

        imagesCALW85T5                                           El Hospital del Rey fue fundado en 1195 por Alfonso VIII y su administración la encomienda el monarca a la abadesa del vecino convento de las Huelgas, que a su vez delega esta función en doce frailes de la Orden del Cister. Contó con abundantes recursos lo que permitió que el hospital atendiera con holgura las necesidades alimenticias de peregrinos y menesterosos que allí paraban. A partir del siglo XV había ochenta y siete camas, repartía alimentos abundantes y de buena calidad, un equipo de asistentes sanitarios se ocupaba de los enfermos, e incluso los moribundos recibían los últimos auxilios cristianos de un confesor poliglota. Todo ello hizo que Herman Krinig, viajero y cronista, situara el Hospital del Rey a la cabeza de los hospitales burgaleses. Pasó por diversos avatares, tales como los saqueos de las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia,  la adaptación como hospital militar del bando nacional en la Guerra Civil española de 1936 y la conversión en un centro de acogida de pobres y desvalidos hasta su fallecimiento siendo atendido por las monjas de la Congregación de San Vicente de Paul. Actualmente es un edificio  que acoge el Rectorado de la Universidad de Burgos y la Facultad de Derecho.

                                           imagesCA8A0HLUCorría el año 1486 cuando los Reyes Católicos llegaron a Santiago de Compostela como peregrinos en una ruta que iniciaron desde O Cebreiro por la antigua y aislada Galicia. Asolados por el abandono de muchos enfermos y pobres decidieron construir un hospital para paliar este problema, conocido como Hospital Real de Santiago de Compostela. Fue el arquitecto Enrique Egas el que plantea el diseño en 1492 pero las obras no empezaron hasta 1501. El hospital está perfectamente acabado en 1511. Se trata de un gran edificio en forma de T que presenta dos zonas o claustros a ambos lados, uno para hombres y otro para mujeres. En la intersección de la T estaba la capilla. Más adelante se completó con dos patios que no había previsto el arquitecto. Estaba dotado  de estancias, cocina, corrales, almacenes, botica , cárcel, inclusa, bodega y trabajaban  profesionales sanitarios y sirvientes bajo la dirección de un administrador que tenía amplios poderes. Incluso llegó a gozar de privilegio judicial en virtud del cual los trabajadores del hospital estaban sometidos a una jurisdicción propia. Curiosamente la institución acogía asimismo a niños huérfanos o abandonados, y fue Rosalía de Castro una de las niñas atendidas en esta sección por ser hija de un clérigo compostelano que no quiso hacerse cargo de la delicada situación, cuya huella ha quedado inmaculada en la personalidad de la gran poetisa gallega. El Hospital tras haber atravesado graves problemas de financiación entra en una profunda crisis y se transforma en el año 1954 en el actual Hostal Reyes Católicos. Queda como recuerdo de aquella fecunda y generosa institución la dación de diez comidas diarias a los peregrinos que llegan a Santiago.

Hospitales del Camino (II).

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       Es un gran y bello hospital en el que los peregrinos pueden permanecer tres días y los tratan muy bien. Con estas palabras el cronista italiano Domenico Laffi resumía en el sigo XVII la impresión que le produjo el Hospital de Roncesvalles, cuando ya gravitaban las sombras de la decadencia sobre un hospicio que, como el de Santa Cristina de Somport, conoció en el pasado mejores tiempos.

     El paso pirenaico por Roncesvalles, en Navarra, era el seguido por los peregrinos que, exhaustos por la dureza de las dificultades, venían de París, Vezelay y de Puy para adentrarse en territorio hispánico. Justamente aquí se levantó en 1132 el hospital bajo la protección del obispo de Pamplona D. Sancho de Larrosa, que pagó los costes de la nueva fábrica, y creó asimismo una cofradía para la organización y administración del edificio sujeta a las reglas de San Agustín. Pero la idea de su construcción no era inédita porque resultaba ser una prolongación del antiguo hospital de Ibañeta, situado en la misma cima del puerto, donde las tormentas de nieve, el frío intenso, las nieblas permanentes o la lucha contra las fieras agotaban las fuerzas del peregrino, incluso, la extrema dureza llegaba a provocar la muerte. Pronto el hospital de Roncesvalles adquirió fama y renombre en toda la cristiandad por los extraordinarios cuidados y atenciones que daba a los peregrinos y pobres y, a la vez, recibió donaciones y rentas de reyes y obispos, lo que aumentó su prestigio. Existe un poema de principios del siglo XIII anónimo, escrito en latín que, además de ser un ejercicio rimado, aporta notas importantes acerca de las costumbres del hospital: a cuantos romeros aquí son llegados/con caridad suma los pies son lavados/las barbas rapadas, los cabellos cortados/y son indecibles los demás cuidados. Por indecibles quiere decirse que a todos se les preparaba el baño para aliviar la fatiga y espantar los malos olores, se les limpiaba la ropa o se daba otra nueva, y siempre había alguien en la puerta ofreciendo alimentos o ayudando a entrar a quienes no podían sostenerse en pie. Excepcionalmente la estancia podía llegar a tres días si la necesidad así lo aconsejaba. Sobre la alimentación ésta era copiosa y el alojamiento bueno y salubre. El número de raciones diarias podía ascender a doscientas. En cuanto a los enfermos éstos podían quedarse hasta su curación, recibiendo la asistencia de médicos, boticarios y cirujanos. La sala dedicada a la atención hospitalaria, en el sentido estricto, era amplia, franca y bien iluminada de día y de noche pues había luminarias que estaban encendidas continuamente. Dada la ubicación especial del Hospital, eran muchos los enfermos que morían de manera que por los mismos años se levanta la Capilla-cripta del Espíritu Santo donde se oficiaban misas por los fallecidos y eran arrojados al osario que figuraba debajo de la capilla.

     Como sucedió con el Hospital renombrado de Somport, el declive se inició en el siglo XVI. La hospedería padeció un incendio en 1724, lo que obligó a reconstruir las viviendas y en general restablecer modificaciones importantes. La decadencia se cierra definitivamente con la desamortización de Mendizábal en 1836. Pero, al contrario que Santa Cristina, el hospital de Roncesvalles no desaparece, siendo el actual albergue producto de actuaciones satisfactorias de la Institución Príncipe de Viana y de la Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra, que han velado en esta ocasión por uno de los hospitales más relevantes de las rutas de peregrinación.

Hospitales del Camino (I).

Ruinas del Hospital de Santa Cristina.  

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     Tres son las columnas, de extraordinaria utilidad, que el Señor estableció en este mundo para sostenimiento de sus pobres, a saber, el hospital de Jerusalén, el hospital deMont-Joux y el hospital de Santa Cristina, en el Somport. Con estas palabras se abre el capítulo IV, Libro V, del ya citadísimo Códice Calixtino, para advertir que en el Pirineo oscense, en la zona cimera del puerto de Somport, se halló uno de los hospitales más importantes de la Edad Media en las rutas de peregrinación: el de Santa Cristina. Hoy es, sin embargo, una cruel caricatura, un rimero de piedras esparcidas por el suelo, que nos alertan de la brevedad de la vida, de que todo lo que un día nace otro día perece. La historia es al respecto tan demoledora como esclarecedora.

        Se tiene conocimiento de su existencia a finales del siglo XI. Nace como una hospedería integral que acoge en un lugar crucial a los peregrinos procedentes del sur de Francia e Italia, que penetran en España siguiendo la Vía Tolosana. El paso era sumamente penoso por las condiciones climáticas y naturales del lugar pues llegaban muchos caminantes a perderse en los cendales de las persistentes nieblas, otros resultaban acosados por las alimañas salvajes y algunos morían exhaustos del esfuerzo de ascensión al puerto. Es por eso que el hospital desempeñaba en ese punto un papel salvífico. Alcanza su mayor esplendor durante los siglos XI al XIII. Muestra de su importancia es que en el año 1216, merced a las donaciones de los monarcas aragoneses Pedro I y Alfonso I, dependían de Santa Cristina varios hospitales situados en la vertiente de Francia, la iglesia y hospital de Roncesvalles, el hospital de Secotor junto a Sallent en Aragón e incluso el hospital de Soria en Castilla. Tal fue el prestigio que allí estuvieron los restos del rey aragonés Pedro II, fallecido en la batalla de Muret en 1213, hasta que las monjas de Sijena vinieron a trasladar su cuerpo al convento. Por estas fechas la hospedería estaba formada por una iglesia, cementerio de peregrinos adyacente, monasterio y hospital propiamente dicho, dividido en mesón y habitaciones. Los monjes de la orden Canónigos Regulares de San Agustín fueron los encargados de su custodia. Las condiciones de estancia diferían de los demás pues duplicaban las raciones y el vino, los días de permanencia pasaban a ser tres y hasta había una corraliza con caballerías para evacuar a los enfermos más graves si las circunstancias lo aconsejaban. Pero la decadencia se inicia en el año 1374 por varios motivos: las rentas que entraban se repartían entre los clérigos lo que provocó el abandono del convento de algunos frailes en busca de una vida más holgada; siguieron las pérdidas de propiedades; en el año 1569 Felipe II obliga a los canónigos a trasladarse a Jaca por estrategias bélicas, quedándose los servicios hospitalarios a cargo de un solo monje; y en el año 1614 la penuria era absoluta.

   El hecho de la destrucción del añejo hospital fue el incendio y expolio que sufrió con ocasión de un asalto de las tropas partidarias del rey de la casa de Austria, durante la Guerra de Sucesión, en el año 1706. Nada quedó en pie y en su lugar se levantó una venta común sustituta del que fue emblema y señal de los hospitales del mundo entero, que llevaba el nombre sarcástico de Venta de Santa Cristina. Permaneció activa durante la primera mitad del siglo XIX hasta que en 1851 desapareció anegada en las cenizas del viejo Hospital. Las ruinas que actualmente se aprecian son el resultado de las excavaciones que se practicaron a partir de 1987 por un grupo de expertos, empeñados en traernos la memoria de un glorioso muerto.

Los hospitales. Funciones.

Hospital Real de Santiago                                                                                     

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         Había unos servicios comunes de los que participaban todas las hospederías en su relación con los peregrinos, a saber, alojamiento, manutención y asistencia religiosa. Sin embargo, sólo los grandes hospitales y algunos medianos estaban dotados para asistir sanitariamente a los enfermos.

       La pernoctación era por una noche y ello incluía calentarse plácidamente junto al fuego y dormir bajo techo en una cama más o menos aseada. La alimentación consistía básicamente en el reparto de una ración de pan, vino, sal y carne. Eran cuatro componentes fundamentales de la dieta del caminante que aportaban las suficientes calorías para poder seguir adelante en su viaje. Estas raciones eran abundantes en las hosterías económicamente holgadas, pero reducían la cantidad allí donde los recursos crematísticos escaseaban. Por ejemplo, la ración en el Hospital del Rey de Burgos a finales del siglo XV, uno de los grandes, estaba formada por dos panes blancos, dos vasos de vino de aproximadamente un litro, un plato de caldo o legumbres y un tasajo de carne de 300 gramos, a razón de una ración en la comida y otra en la cena. El pan era de la mejor calidad pues debía compensar la excesiva ingesta de pan de centeno causante del ergotismo, el vino procedía de la Rioja o de Castilla y la carne era sobretodo de ovino, y en menor medida de cerdo, carne menos apreciada a la sazón. Se reservaba la carne de pollo y algunas escasas frutas para los enfermos, alimentos considerados un privilegio en la época medieval. Acerca del número de peregrinos o bocas que los hospitales debían de atender a diario varían notablemente de unos respecto de otros. Sin ir más lejos el Hospital de Santo Domingo de la Calzada y el nombrado del Rey de Burgos repartían doscientas raciones diarias, mientras que otros más pequeños podían atender a lo sumo una docena de peregrinos o menos. En cuanto a las obligaciones religiosas que se imponían eran muy estrictas y de riguroso cumplimiento. Todo peregrino rezaba antes y después de las comidas, asistía a los actos litúrgicos si había capilla y, previo a su partida, oía la misa en la que confesaba y comulgaba.

       Respecto a los cuidados médicos estos solo eran posibles en los grandes hospitales. Contaban con un equipo formado por un médico, farmacéutico y cirujano, en su caso, y solía completarse con una botica repleta de jarabes, hierbas y ungüentos que se aplicaban a modo de medicinas a los pacientes. Además la cocina estaba mucho más elaborada y contaba con selecta mercancía para favorecer la curación de los enfermos, que podían quedarse sin límite de tiempo hasta que sanaban. También los servicios religiosos eran más extremados por si muriera el paciente. Este recibía todas las bendiciones y la extremaunción en caso de necesidad. Por si fuera poco, solía existir un clérigo políglota que hacía de intérprete o intermediario y se encargaba de redactar el testamento del agonizante en su lecho de muerte.

     Los hospitales cumplieron por lo tanto un papel clave en el desarrollo del Camino jacobeo, sin los cuales y, a pesar de sus limitaciones, no hubiera sido posible la existencia de esta ruta. Sin duda, dentro de sus muros se fraguaron los acontecimientos sociales, económicos y culturales a que dio lugar el Camino de Santiago.

     Actualmente hay una tupida malla de albergues, iglesias, hospederías y hospitales que cubren exitosamente las necesidades de cobijo, alimentación y sanitarias de todos los peregrinos. También las religiosas.

Los hospitales. Etapas.

 Antiguo Hospital de San Marcos (León)                                        pixelecta_camino-de-santiago_082-leon_146763[1]

        Varias cuestiones aclaratorias. La primera es que durante la Edad Media la palabra hospital- que procede del latín hospitalem “habitación para huéspedes”- significa la construcción, ya pequeña o doméstica, ya de mayores dimensiones, que da cobijo, alimento y asistencia sanitaria a pobres, peregrinos y enfermos. A partir del año 1500 la palabra restringe el significado y señala específicamente el edificio que brinda cuidados sanitarios a los enfermos. Debe tomarse el término, por lo tanto, como genérico en el Medievo, y restrictivo a partir del Renacimiento. En segundo lugar, los hospitales no solo atendían las necesidades del peregrino que seguía viaje a Compostela, sino el de todos los que carecían de recursos propios, los más pobres, o los que tenían graves padecimientos. Tenían un sentido eminentemente caritativo. En tercer lugar, había además establecimientos privados, como mesones, fondas o centros curativos, que prestaban sus servicios a los ricos que podían pagar con su dinero. Es en estos lugares donde se producen los engaños y estafas de los que numerosos edictos y leyes previenen y castigan a quienes con malas artes engañan al peregrino. Y por último, la red de hospitales del Camino de Santiago no llega a suponer un conjunto homogéneo de edificaciones sobresalientes de caracteres similares arquitectónicamente, es decir, no existe ni puede hablarse de un estilo constructivo común como sucede con las iglesias o monasterios del Románico. En muchos casos se trata de simples casas sin más distintivos ni marcas especiales.

    Hay algunas razones por las que la ruta de Santiago es tan prolífica hospitalariamente. Es evidente que el Cristianismo hace del principio de la asistencia física y espiritual al necesitado un fundamento básico de su doctrina pues quien atiende al enfermo, al peregrino atiende al mismo Jesucristo. Pero también los monarcas, los monjes de Cluny y los burgueses tenían pingües ganancias con la creación de hospitales.

    Durante los siglos X y XI la acción hospitalaria la ejercen sobre todo los monasterios cluniacenses. Estos disponen de un hospicio, generalmente situado a la entrada, donde reciben a los peregrinos, reparten limosna entre los más necesitados y curan a los enfermos. Como complemento de la enfermería, algunos conventos cultivan intramuros viveros de plantas medicinales lo que supone una aportación valiosísima a la ciencia farmacéutica. Destacan los benedictinos de San Salvador de Leyre (Navarra), San Zoilo de Carrión de los Condes (Palencia), San Benito de Sahagún (León), el cenobio dotado de mayores recursos, etc. A partir del siglo XII y XIII otras órdenes religiosas sustituyen a los benedictinos, tales como los canónigos regulares de San Agustín que organizan hospederías en Roncesvalles y Somport, la de San Marcos de León etc. los Antonianos que fundan leproserías en San Lázaro de Hornillos del Camino u hospederías como la de San Antón, junto a Castrojeriz. Los monarcas contribuyen igualmente al levantamiento de estos edificios, como es el caso de Alfonso VI de Castilla, promotor del Hospital de San Juan en Burgos, Alfonso VIII que construye el Hospital del Rey, en la misma ciudad burgalesa, o los Reyes Católicos que fundan el Hospital de la Reina en Ponferrada e inician las obras del Hospital Real de Santiago de Compostela. También las órdenes militares se suman a esta labor como la del Temple que crea hospitales en Villalcázar de Sirga y Ponferrada, la de Santiago en Hospital de Órbigo o la de San Juan de Jerusalen que se asienta en Navarrete o Atapuerca. Y desde la mitad del siglo XIII hasta el siglo XVI son los laicos, burgueses y mercaderes de fortuna quienes alientan estas labores mediante la fundación de hospitales en las urbes más importantes. Por ejemplo, hubo en Burgos, a finales del siglo XV, seis hospitales que pertenecieron a un solo comerciante.

     Con los hospitales se cierra la infraestructura del camino, las iglesias y monasterios cuidan del alma, mientras que aquellos aseguran el cobijo, el pan y las medicinas del peregrino.