Antonio Viñayo González. Camino de Santiago. Guía del peregrino.

Viñayo

       Teólogo e historiador, Antonio Viñayo nació en Otero de las Dueñas, León, en 1922. A los once años ingresó en el Seminario para hacerse sacerdote a los 21, edad tan prematura que hubo de solicitarse licencia papal para su ordenamiento. Como clérigo ejerció el cargo, además de otros, de abad de la Colegiata de San Isidoro de León desde 1971, a donde de niño acudía con su padre para escuchar la música del órgano. Confiesa su admiración por el santo hispalense del que dijo que sería el patrono de Europa, si no hubiera nacido en España pues su ciencia era mucha. Fue académico de la Historia desde 1957 y miembro de la Real Academia de Doctores de España. Escribió muchos libros, alrededor de cincuenta, alguno de temática jacobea. Tal es el caso de los titulados el Camino de Santiago en tierras de León, 1977, Caminos y Peregrinos. Huellas de la peregrinación jacobea, 1991, y el que nos ocupa provechosamente, Camino de Santiago. Guía del peregrino, publicado en 1985 por la editorial Everest y en 1999 por Edilesa. Murió en León, en el año 2012, el sacerdote que manifestó en una entrevista concedida a un diario leonés que la persona que más le marcó fue el cura de su pueblo, D. Francisco González.

      Consta el libro de tres partes y un breve prólogo. La introducción resulta un cordial saludo al lector y una relación de consejos prácticos dirigidos a quienes han decidido hacerse peregrinos.

      La primera parte son unas pinceladas sueltas sobre las tres rutas principales de la cristiandad, Roma, Jerusalén y Santiago, que durante siglos atrajeron cientos de miles de peregrinos de todo el mundo en busca de la salvación e indulgencias divinas. Sin duda, un fenómeno cultural de primera magnitud en el contexto de la Historia Universal.

    La parte segunda es un recorrido por el Camino Francés en la doble vertiente del tramo aragonés- desde Somport a Puente la Reina- y el navarro- desde el Pirineo hasta la misma localidad anterior-. A continuación se sigue el Camino, dividido en las diferentes regiones por donde pasa, la Rioja, Castilla-León y Galicia, para concluir el itinerario en Compostela. El escritor hace mención de la toponimia jacobea y cada lugar merece un breve comentario del patrimonio artístico reseñable. Tampoco faltan datos históricos principales o leyendas que forman parte del acervo popular. De indudable valor es el conjunto cartográfico, que incluye ochenta y cinco mapas de trechos del Camino, quince callejeros de las principales ciudades y villas y una planta pormenorizada de la catedral de Santiago. Por último, el texto sobrio, sencillo y utilísimo, está hábilmente complementado con una hermosa galería fotográfica, que añade la iconografía suficiente para tener un conocimiento cabal de la vía jacobea.

    La tercera parte es inusual y, acaso, pionera por el tratamiento de los denominados “Caminos convergentes”, que son los que conforman la red viaria jacobea de la Península Ibérica que, partiendo de origen de lugares distintos, llegan con igual mérito a Santiago. En concreto, Viñayo recoge el ramal alternativo desde León a Oviedo, con la travesía del indómito puerto de Pajares; el Camino Cantábrico o Camino del Norte, que hoy empieza a ser más conocido, a pesar de haber sido cronológicamente anterior al Francés; el itinerario Irún-Burgos; el Camino de la Vía de la Plata, ya utilizado desde el período de la romanización; el Camino Portugués; el Itinerario de los ingleses, que desembarcaban en las costas gallegas; el Camino de Levante, que habría de cruzar desde tierras levantinas hasta encontrarse con el Camino Francés en la villa de Sahagún ; y el último tramo a Finisterre, Fisterra, donde el peregrino se asomaba al fin del mundo con la esperanza de ser un hombre nuevo.

    Por último, cierra el libro un índice de poblaciones, que resulta pràctico para la localización inmediata de los lugares de la ruta.

      Es probablemente de todas las guías la más genuina pues se atiene a la pureza más estricta de este género, incluso la encuadernación facilita el uso de la misma, así como el papel cuché la pone a prueba contra todos los daños imaginables. Obra bien escrita, concreta, concisa, documentada a la vez que sencilla, que puede ser una compañera inseparable del buen peregrino.