Contra la estupidez.

 

El 11 de marzo de este año la OMS declara que el coronavirus es una pandemia, es decir, la existencia de un virus mortal se propaga al mundo entero, pudiendo afectar a cualquier persona que habite este planeta. El mismo organismo propone que los países soberanos deben articular soluciones basadas en la coordinación de los poderes  y la sociedad, soluciones que pasan sobre todo por la reclusión o confinamiento de los ciudadanos en sus casas, y el control epidemiológico mediante pruebas o tests. Estas dos medidas ayudarían a controlar la propagación de la enfermedad.

Ante la gravedad del anuncio, el gobierno de España decide aplicar aquellas normas de la OMS, y especialmente decreta el estado de alarma como instrumento jurídico que mejor canaliza el confinamiento de sus ciudadanos. Simultáneamente, otras voces de la ciencia española e internacional avalan sin fisuras la necesidad de aplicar aquella figura como el método más eficaz contra la propagación del virus. Al cabo de una semanas, el confinamiento se ha mostrado la única manera, a falta de tratamientos virales y vacunas, de frenar el avance de las terribles hordas hostiles.

Hasta aquí, el relato abreviado de esta triste y trágica historia, que ha dejado muchas vidas en el camino.

Pese a todo lo dicho, hay quienes se han empeñado en negar en nuestro solar común la profilaxis del confinamiento, y se han opuesto desde el inicio a su aplicación. Incluso, aprovechando el desgaste psíquico de los ciudadanos con el paso de los días, proponen en caliente manifestaciones contra la señera y positivisima medida de “quedarnos en casa”. “A sensu contrario”, debe ser bueno, según ellos, salir a las calles con la misma asiduidad y costumbre como lo hacíamos antes de la epidemia. Y de paso, no dejemos de ir al fútbol, los toros, peleas de gallos, carreras de patos, conciertos, cines y teatros, para no dejar de ser también cultos en tiempos de pandemia.

Sencillamente, quienes niegan lo evidente, muestran un nivel próspero de ignorancia o estulticia, por ser más finos. Si además, y esto es más grave, se hace por algún interés oculto, entonces hablamos de maldad, a secas.

 

La prudencia.

 

Poco a poco, todos vamos ocupando las calles de nuestros pueblos y ciudades con el propósito de volver a realizar las tareas habituales, tales como comprar en las tiendas y mercados, acudir al trabajo, pasear sin prisas por las plazas, conversar con quienes se paran, etc. Sin darnos cuenta se va perdiendo el miedo al enemigo invisible, y se aprende casi inconscientemente a convivir con él. Pero, a sabiendas siempre, que él acecha con enorme sigilo en cualquier lugar, rincón o flanco, y actúa astutamente a la chita callando contra cualquier objetivo .

Y esta incorporación paulatina a la vida normal no va a dejar de producirse, hasta que dentro de unas semanas se declare el final del estado de alarma y, con ello, la recuperación de la plena normalidad.

Me preocupa, sin embargo, la posible relajación de las conocidas medidas preventivas de guardar distancias y procurar el enmascaramiento, porque, a pesar del innegable esfuerzo de la mayoría, hay quienes o no se han tomado en serio el problema o se aprovechan de la desgraciada situación para predicar sus proclamas partidistas.

Es por eso que ahora, más que nunca, cuando llega el momento del encuentro bis a bis con el fantasma letal del virus, la sociedad, todos juntos, debemos actuar con la necesaria y correcta prudencia del sabio. De nada sirve haber sacrificado tantas cosas, incluido personas fallecidas, si no se adoptan aquí y ahora toda la batería de remedios al uso.

Hemos aprendido a combatir el miedo, no a eliminarlo, y llega el tiempo de practicar la prudencia pues, al decir de Gracián, es una virtud que evita dolorosas desgracias.

Sin duda, saldremos de esta gravosa situación apoyados en dos báculos: el sacrificio enorme, que la inmensa mayoría de españoles estamos haciendo, y la prudencia exquisita, en la que hemos de fajarnos durante los próximos días. Eso espero.

 

Sobre la unidad en la contienda.

 

 

España está viviendo el segundo acontecimiento más infausto desde hace cien años. El primero fue la fratricida e injustificable guerra civil de 1936. Es sabido por experiencia y sentido común que de las graves y profundas crisis solo se sale con la unidad de todos los afectos, que al unísono bregan en la misma dirección y adoptan posturas comunes, las que sean, pero a fin de cuentas posturas iguales.

Este domingo, he tomado el coche para alejarme un poco de la casa en que vivo, y ver cómo están las cosas en mi alrededor,  los campos reverdecidos por las generosas lluvias de esta primavera, los montes y sierras menos resecos que otros años, el trigo preparándose para la próxima recolección, las viñas aún inmaduras…También, quería notar el pulso de los pueblos cercanos. La naturaleza está ahí, igual, y aunque cambia, parece que siempre es la misma en el reducido tiempo que nos dejan vivir.

Pero no creería, si no lo viera, que, como si se tratara de una feria, había grupos de personas en comitiva sin medios de protección ni mantenimiento de distancias, capaces de evitar el contagio del malicioso virus.

Añádase que ahora se realizan manifestaciones, por supuesto legales, contra la gestión del gobierno español, sin las medidas profilácticas de turno.

Y súmese a todo lo dicho que casi la mitad del arco parlamentario tira de la sirga en sentido opuesto a la otra mitad, apocando no solo las fuerzas sino también las esperanzas de triunfo.

No sé qué pasa en España, que una vez más, ante los problemas verdaderos y profundos, se opta por la división, el segregacionismo, en vez de la irreductible, sólida y eficaz unidad de todos los españoles, sin distinción de credos, “logismos”, o partidismos. Alguien bautizó a este país como “cainista”, que aunque a mí no me gusta, la realidad se empecina en parecerlo.

Porque el diabólico virus es un asesino que mata sin distinción y en silencio. Eso sí, con mucho sufrimiento.

Salud, siempre.

 

 

La salud es algo que hemos valorado, sobretodo, cuando la hemos perdido por algún mal. Todos tenemos algún caso personal que contar. Pero conservo la imagen de mi tío Manolo, al que solía ver apostado en las barandas de una céntrica calle de mi pueblo natal. Al allegarme a él, la primera pregunta que salía de sus labios, ya amoratados por la larga enfermedad, era acerca de mi salud. Yo, joven, extrañado, le respondía que bien, pero me parecía poco o nada importante, una nonada. Deseaba que me inquiriera por los estudios o las compañías o la vida en pequeño. Su contestación era que eso era lo principal, la buena salud, y que lo demás no tenía mayor interés. El tío Manolo pasó su penosa vida en la mina. Primero en un monte de Oseja de Sajambre, donde los inviernos eran durísimos y los lobos aullaban por las noches, extrayendo mineral de unos pozos subterráneos. Luego paso a las minas de Carbayín, y las partículas de sílice del carbón fueron abriendo surcos mortales en los pulmones, como veneno en los cavones de la tierra recién labrada. Para el tío Manolo la salud era el principio y el fin de su vida, lo era todo, porque la perdió casi desde niño.

Ahora, centenares de miles de personas no tienen buena salud, contagiados por este letal y perverso virus; mientras que otras decenas de miles han muerto, solos, sin sus seres queridos, acaso asidos desesperadamente a las manos de un enfermero o médico, que les han dado las últimas palabras de amor. Porque la salud también la han perdido y la pandemia los ha vencido.

Sigo sin comprender la postura de quienes creen que esto es una broma, saltándose las normas y jugando con la muerte; pero sobretodo, no puedo entender ni aprobar la actitud de quienes anteponen la economía a la bendita salud, sobre la que mi tío Manolo redactó un ensayo ejemplar.

 

Cuando la lectura es una utopía.

 

A lo largo de la historia española, las fuentes documentales  aseguran que la lectura ha sido un ejercicio exclusivo de las élites, hasta que, avanzado el siglo XX, la clase media aparece en escena. Leer hoy,  por consiguiente, es un asunto de todos, o mejor dicho, de todos los que quieran.

No me imagino a un campesino medieval seguir emocionado la lectura de los versos de Manrique, ni a un jornalero del siglo XVI o XVII hinchar su corazón con los amores de Salicio y Galatea, o nutrir su seso con los conceptismos de Gracián. Porque la lectura fue un privilegio de algunos clérigos, nobles y burgueses, que accedieron tardíamente a la mal repartida riqueza social.

Lo mismo puede decirse de los últimos siglos, a pesar de los amagos ilustrados de la Institución Libre de Enseñanza (1876), de carácter privado, y de las Misiones Pedagógicas, que captaron a eméritas figuras, como María Moliner, para promover las primeras bibliotecas en los pueblos y villorías españolas. Ni Clarín ni Zorrilla ni Baroja, resultaron a la sazón de uso común para la inmensa mayoría.

En las postrimerías del franquismo y albores de la democracia, la lectura se populariza en el mejor sentido de la palabra. Mi primera obra de lectura seria sobrevino en COU, “La desheredada”, año de 1977, fecha en la que la enseñanza  reivindicó la figura de Benito P. Galdós y su narrativa, tan abundosa y precisa. Por entonces, el pueblo llano, las clases medias, con muchas limitaciones, accedían gradualmente a las bondades que suministra la lectura.

Cuando durante este necesario confinamiento, muchos españoles han encontrado una vía de escape en el hecho lector, cada vez estoy más convencido de que las élites (políticas y económicas), han dejado de leer, por hacer mudanza en la costumbre. Obviamente, hay excepciones honrosas, que confirman la regla.

 

 

 

Vuelta a la escuela.

 

La primera vez que fui a la escuela tenía más o menos seis años, algunos años más que en la actualidad, en la que se entra al ágora desde que se nace. Recuerdo el aulario tosco y enorme, entrevisto desde la perspectiva de un niño pequeño y tímido. Dña. Raquel y D. Luis eran los severos profesores encargados de mostrar a sus alumnos el camino iniciático de las primeras letras. Y ya ese camino, se estiró hasta los veinticuatro años sin solución de continuidad.

La segunda vez que volví a la escuela-instituto lo hice como profesor y, aunque pensaba que era una persona talluda, me di cuenta de que seguía siendo el niño pequeño y tímido de los primeros tiempos. El camino siguió alargándose hasta que, entre titubeos, aciertos y errores, llegó hace seis meses el momento de la jubilación, que quiere decir “regocijo o felicidad”. Aprender de ellos, los alumnos, y aprehenderme ellos a mí, han sido los dos principios que han guiado mis pasos por esta profesión, que debe ser además vocación.

Y retorné a la escuela-social por tercera vez con motivo del confinamiento obligatorio, al que nos ha llevado el problema mortal del coronavirus. Por un lado, he vuelto con los horarios (salida de 6 a 10 horas, unos; después, de 10 a 12 horas, otros, etc. etc.). Además debo repetir las asignaturas que creía aprobadas (en Oratoria ha de estarse a la norma del laconismo de Tácito; la Gramática recomienda el uso correcto de la oración simple en detrimento de la subordinación; las Matemáticas  previenen que la multiplicación por metro cuadrado es una operación de alto riesgo; el Urbanismo y la Higiene son ahora materias troncales). En fin, a estas alturas, y con todo lo que me ha llovido, reconozco que aún no he podido liberarme de la escuela, como me hubiera gustado.

Sin embargo, la Escuela siempre nos ha hecho mejores y más capaces para ser personas de bien. Por eso, no me canso de repetir que “a mandar, señores profesores”, pues además nos jugamos la vida.

 

 

Ni apocalipsis ni banalización.

 

El problema de la actual pandemia es un suceso insólito en los últimos cien años que traerá graves e importantes consecuencias, sin duda.

Encuentro que hay voces pesimistas, a veces acerbas, (“lo que viene no tiene parangón”, “estamos abocados a una tragedia sin solución,” “nada será igual”, “incapacidad para frenar las muertes”); y que hay quienes no toman en serio la gravedad de la situación, realizando actos que incumplen el confinamiento que la mayoría nos hemos dado y asumido (fiestas a escondidas, ceremonias religiosas en las calles o en el monte, carreras de coches, e incluso asistencia a las pedagógicas peleas de gallos). Todo esto está sucediendo durante estos días.

Sobre el pesimismo, recuerdo que, siendo un adolescente, a propósito del asesinato del almirante y presidente de gobierno Carrero Blanco en 1973, una parte del entorno mediático de la época comentaba que España estaba a las puertas de una nueva guerra civil, como la del 36. De la banalización de los problemas, viene a mi memoria el comentario de un taxista que, a propósito de una galerna en las costas de Alicante, consideraba que el mar era una poderosa arma destructora de toda la contaminación, incluso los plásticos, como un ogro que se traga los vertidos tóxicos y los hace desaparecer. Eso de la contaminación era por aquella época un puro cuento.

Quiero decir que la experiencia propia nos ha colocado unas veces ante gentes sombrías y negacionistas, y otras ante quienes nada les importa, salvo su bienestar.

Sin duda alguna, se saldrá de esta situación en un futuro no lejano, ojalá renovados de verdad, cuando se descubra la vacuna protectora, y la economía retorne a su cauce, ¡ojalá más justa con todos! Lo que no recuperaremos nunca son los fallecidos por esta dolorosa pandemia, que ha truncado sus esperanzas de un modo estúpido.

Mi pésame a sus familiares.