15 de Enero.

 

 

Por entonces, quedaba poco tiempo para que se produjese el feliz e irreversible acontecimiento, es ya un lugar común decir lo de feliz. Lo cierto es que ¿quién podía imaginar que en un día como aquel, al cabo del tiempo, íbamos a estar en plena guerra, luchando a brazo partido contra la pandemia más terrible de los últimos cien años, acaso librando la peor de las batallas?

La magnitud que está alcanzando la crisis del coronavirus nos sitúan ya en una tercera y fatídica ola, con la que se está batiendo la sociedad entera. Las cifras no engañan: 39.000 nuevos contagios, un índice acumulado de 500 personas por 100.000 habitantes, más de 18.000 personas hospìtalizadas, 200 fallecidos en las últimas veinticuatro horas. La estadística es elocuente al respecto.

Si se abre una mirada al mundo, el panorama sanitario es desmoralizador: EEUU alcanza 23 millones de contagios, la India 11 millones, Brasil 8,2, Rusia y Reino Unido pasan juntos de los 3 millones, etc. Globalmente, este planeta presenta los escalofriantes números de 93 millones de casos contagiados y 2 millones de muertos, siendo datos oficiales, pues la realidad siempre es más dura.

Poniendo el acento en nuestro país, se observa un axioma inquebrantable: las dos últimas olas, por seguir la metáfora marina, se han producido después de las vacaciones veraniegas y las fiestas navideñas, es decir, la enfermedad se hace más fuerte, consistente y letal cuando una parte de la sociedad se relaja y evita las reglas de comportamiento sanitario. En consecuencia, la pandemia se propaga por la acción irresponsable de algunos ciudadanos y, colateralmente, por el “buenismo” de los poderes públicos, que deben adoptar medidas más restrictivas, siguiendo las prescripciones de la comunidad científica en su mayoría.

Alguien puede opinar, y en su derecho está, que las vacunas pondrán punto y final al problema en un plazo razonable, pero lo cierto es que mientras llega ese día, muchos otros padecerán las secuelas y los embates de la enfermedad, incluso con su propia muerte.

O se es más responsable individual y socialmente, o aún pasaremos momentos muy dolorosos. Debemos elegir.

En la fría medianoche del 15 de enero de un año ya olvidado, llegué a este mundo para alojarme en él, pero nunca imaginé que esta pandemia causara tanto daño.

 

La nevada del siglo.

 

 

La tengo presente como si fuese ayer, y eso que han pasado cincuenta años más o menos. Desde el otero, donde la iglesia asentaba sus reales, podía verse solo un paisaje blanco, apenas descolorido por las trazas arrugadas de las ramas negras de los árboles. Hasta allí me llevó Esteban, el Pintu, como lo llamaban, para presentarme orgulloso la magnífica estampa del pueblo en el que nació y vivió parte de su vida.

No se apreciaban los contornos ni los relieves de la aldea, todo estaba envuelto en el tupido manto de la nieve. Tan solo el humo gris de las chimeneas, que ascendía en volutas desiguales, delataba la presencia de alguien que allí vivía. Por la derecha, en una extensa campera, la fuente había dejado de manar agua pues, más arriba, el manantial estaba congelado. Lo mismo le ocurrió al río que se despeñaba desde la cima de monte y que, a la entrada del pueblo, formaba un tablado helado.

Ni siquiera, rompía la quietud de la escena el sonido de ningún animal. A lo sumo, salía de las cuadras el mugido lánguido y monótono de las vacas, que echaban de menos la verdura de los pastos. O el piar intermitente de algún pajarillo que buscaba la parada del nido en los setos, al abrigaño del frío. Eso sí, sobre las bardas de los tapìales, que rodeaban las huertas, se posaban las chovas con sus luctuosas figuras, a la espera de algún grano con el que saciar el hambre.

El pueblo, que se apretaba vertical sobre la vertiente del monte, mitad leonés, mitad asturiano, resplandecía brillante como las impolutas coladas, que las mujeres extendían in illo tempore al lado del lavadero.

Con la llegada de la profunda e intensa borrasca de estos días, llegan una vez más los recuerdos, probablemente idealizados por el paso del tiempo.

Hoy, sin duda, la actualidad es más hiriente. La nieve, la gran nevada de este siglo, ha añadido a lo que ya tenemos un sinfín de problemas e inconvenientes, que causan graves daños a los ciudadanos (fallecidos, aislamientos de hospitales y centros educativos, desorientación de transportistas, gentes sin electricidad, carestía y desabastecimiento de alimentos, atropellamiento en las redes hospitalarias de nuevos enfermos…).

Y aún más, el palio blanco ha sepultado a nuestros pueblos, aldeas y ciudades, pero no ha podido soterrar, mal que nos pese, la dolorosa pandemia, con la que llevamos peleando desde hace algunos meses.

Desde luego, esta nieve dista de ser aquella de antaño, a la que algunos nos aferramos para seguir imaginando que somos niños.

 

 

La realidad social, sin tapujos.

 

El 17 de diciembre de 2020 se publicó en You Tube la intervención del presidente de la Generalitat Valenciana, por la que se decretaba el cierre perimetral de la Comunidad durante toda la Navidad, concretamente desde ese día (ya estaba confinada no obstante desde el comienzo del mes) hasta el 15 de enero de 2021.

La comunidad científica, por otro lado, aconsejó medidas más restrictivas que las que estaban a la sazón, dentro de la línea sanitaria que siguió el gobierno valenciano. Medidas que por no asumirlas, nos sitúan en este momento en el umbral de una tercera ola.

Las reacciones que se siguieron en aquel canal, después del mentado anuncio presidencial, no se hicieron esperar. Las recojo aquí como llamativas y curiosas, susceptibles de mejor interpretación. La sociedad (ignoro su cuantía) sigue varada en criterios erróneos, con todos mis respetos. Pero no hay más cera que la que arde.

Los mensajes navegan por estos mares:

 

Angeles Rodríguez Quitana Hace 2 semanas

“¡Ojalá Dios los castigues como ustedes están castigando a la humanidad!”

12

Dani 24_02 Hace 2 semanas

“Muchas gracias, por poner normas sin sentido, por no dejarme siquiera ver a mi familia en dos meses. Por no poder celebrar las navidades aunq seamos pocos y por arruinar la vida de la gente.”

11

Lieutenant Hace 2 semanas

“Esto pasa por tener los políticos mediocres que tenemos en este país, que ni gestionan ni valen absolutamente para nada. Ahora, a siete días de las Navidades se le ocurre al Sr. Ximo Puig decir que cierra perimetralmente la Comunidad Valenciana. ¿Y la cantidad de personas que han sacado billetes con antelación para viajar a otras Comunidades, qué hacen ahora, perder el dinero o se lo va a reintegrar el Sr. Ximo Puig?. Para ser político y gestor hay que tener un poquito más de capacidad y de sentido común y, eso en este país cada vez se encuentra menos.”

5

parissien valencia perello Hace 2 semanas

“¡Que desastre! deberían de haber anulado las navidades 😡 hay gente muy mayor que lo pasarán solos 💔 no debería de ser 🤦‍♀️hay un gobierno rancio con cables sueltos 🤯 🇪🇸🇪🇸”

2

Mohamed Ali Hace 1 semana

👍

Ortiz Medina Hace 2 semanas

“Que asco de restrinciones Y las discos abiertas de 13 horas a 22horas y otras se cierran pero siguen de fiesta k asco”

1

Maria Hace 2 semanas (editado)

“Es una verguenza llevo mas 3 meses sin ver a mi novio y a su familia…No conseguiran nada porque cuando habran restinciones tambien podria haver contagios. Es una verguenza. Porque para comprar y trabajar si pero para ver a tus seres queridos no. Solo quieren que gastemos y que trabajemos.Vaya dictadura que no piensan en nosotros.”

4

Angeles Garcia Gonzalez Hace 2 semanas

“Ya les valeee..”

3

Xavier Benet Garcia Hace 4 días

“Por qué ponéis en el título todas las navidades si el año que viene está abierta?”

Merche Marin Perez Hace 1 semana

“RAFAEL… 5.000 PERSONAS ….. NADA CONTAGIOS EN EL CONCIER”

Merche Marin Perez Hace 1 semana

“GRACIAS CHIMO PUIG…. GRACIAS POR CHAFARNOS LA NAVIDAD.. DESPUES QUE VAS A HACER????”

Inalambrico Teseo Hace 2 semanas

“Matxo, Ximo, t’has passat 4 pobles!!!! i ara no me deixes anar a Castello per Nadal. Fes-me un favor, ja que jo no puc vindre aquest nadal almenys deixa que a la misa del gallo es puguen cantar els nadals, si no, m’enfadare !!!!”

Merche Marin Perez Hace 1 semana

“CONCIERTO RAFAEL.. 5.000 PERSONAS… CERO VIRUS…. H VALENCIA LA PEOR… CASTIGADA QUE COÑO PASA??? CUIDADO CHIMO QUE VIENE EL KARMA ES PEOR QUE EL SUPUESTO VIRUS…. CUIDADO CON ESA ENERGIA….”

1

José Manuel Fanjul Díaz Hace 2 semanas

“Soy uno de los afectados por la decisión de la Generalitat de bloquear las salidas y entradas de la Comunidad Valenciana hasta el 15 de enero, pues tengo una hija que no puede regresar a Aragón para celebrar las fiestas navideñas. Me invade un profundo sentimiento de tristeza, pues es la primera vez que esto sucede en nuestra casa. Sin embargo, entiendo que, dado el cariz que está tomando la crisis sanitaria (más muertes y contagiados, como en los peores días), la decisión la acepto dolorosamente por considerarla correcta. Debo recordar que la irresponsabilidad de algunos (no sé cuántos), que jamás se han tomado en serio esta pandemia, es una de las principales causas de esta medida doliente, pero necesaria. Sin duda, el día 15 daremos a nuestra hija un abrazo inmenso.”

 

Solo deseo que, a pesar de los yerros, narcisismos, vacuidades,  negativismos, frivolidades y seudopatriotismos, todos podamos darnos “un abrazo inmenso”, cuando esto acabe.

 

 

 

Es urgente…

 

 

 

 

 

La poesía es el arte de decir todo en unas cuantas o pocas palabras, que además forman un cortejo bien avenido y ordenado. En estos momentos difíciles y duros, que aún van a seguir entre nosotros por un tiempo, me despido del año 2020, reivindicando un bello poema del poeta portugués José Fontinhas, que firmaba con el seudónimo de Eugenio Andrade (1923-2005). El poema nos muestra el camino.

Escribe así:

                                  “Es urgente el amor,

                                  Es urgente un barco en el mar.

                                  Es urgente destruir ciertas palabras,

                                  odio, soledad y crueldad,

                                  algunos lamentos,

                                  muchas espadas.

                                  Es urgente inventar la alegría,

                                  multiplicar los besos, las cosechas,

                                  es urgente descubrir rosas y ríos

                                  y mañanas claras.

                                  Cae el silencio en los hombros y la luz

                                  impura, hasta doler.

                                  Es urgente el amor, es urgente

                                  permanecer”

                                                                           

 

 

Todo el oro del día, traducción de Ángel Campos, Ed Pre-Textos/ Ed. Regional de                                                            Extremadura, 2004.

 

 

Mal año.

 

 

Este año, mal sembrado y yermo, está a punto de pasar. Y es lo que todos deseamos. Si miramos atrás, el panorama es bien sombrío, como el páramo reseco y abandonado: más de ochenta millones de contagiados por el coronavirus y un millón setecientos mil fallecidos, a golpe de asfixia, son los datos siniestros que el Covid-19, aún vigoroso, ha dejado a su paso por el mundo. No faltan tampoco las secuelas que va dejando: sanitarios agotados, con suerte; policías desesperados por la irresponsabilidad de muchos; ancianos alojados en las residencias a la espera de un abrazo o de una sonrisa filial; mujeres peor tratadas -maltratadas- en un asfixiante espacio por un varón que no las ama; niños gimoteantes porque les falta aire; estudiantes a medias que no saben qué hacer en casa el día inhábil; desempleados agostados a los que les faltan medios para alimentar a su familia; trabajadores en ERTE que pueden convertirse, si  los hados no son favorables, en parados; jóvenes recién graduados, desalentados, sin fe en el mañana –la generación más preparada de la historia-. La lista puede hacerse interminable.

Tampoco ha habido mejor fortuna en otras cuestiones de enorme importancia como es el cambio climático, el otro gran problema mundial: Los casquetes polares del Ártico se desmoronan a pasos agigantados por el calentamiento de la atmósfera; los huracanes han batido con más virulencia e intensidad que nunca las costas centroamericanas bañadas por el Atlántico; los incendios han quemado 2,5 millones de hectáreas en el Amazonas, 2,6 millones en la costa oeste de EEUU,10 millones en Australia… En España registramos las temperaturas más altas de la historia desde que se tienen datos científicamente registrados; se han extinguido 70.000 hectáreas carbonizadas; es el país que más residuos vierte a los contenedores de la Unión Europea…

Bien mirado, este año, al que le quedan unas horas para acabar y pasar y extinguirse, ha sido el peor año que se recuerda desde hace decenios.

Pero, me da que nosotros, los que seguimos en pie a duras penas, pasamos también, sin casi percibirlo, como el funesto año 2020.

 

 

 

Un acto de conciencia.

 

 

Esta mañana, la Agencia Europea del Medicamento ha aprobado  la bonhomía de la vacuna Pfizer contra el coronavirus, convirtiéndose en la vacuna más rápidamente gestada en la historia de la ciencia. No por eso, ha sido peor el resultado, pues las voces científicas acreditadas afirman que se trata de una vacuna segura y ampliamente eficaz.

Las noticias anuncian que el día veintiséis las vacunas se repartirán a la Comunidad Europea y que el veintisiete ya se podrán suministrar a los grupos más necesitadas en principio (sanitarios, residentes geriátricos, discapacitados, enfermos severos…), y a los demás, posteriormente. Se calcula que para el próximo verano podríamos estar inoculados un porcentaje mayoritario de la población europea.

Me ha sorprendido gratamente el hecho de que, según se va acercando la data de la vacunación, aumenta la población que desea acogerse a su beneficio. La explicación no es solo que no haya ningún otro paliativo para doblegar el virus, sino que cada vez más se propaga la idea de que las vacunas sirven, y en consecuencia, curan la enfermedad.

Pero, siempre hay quienes al filo de lo marginal consideran que todo es una burda mentira: “no existe el coronavirus”, manifiestan algunos; “las vacunas son cantos de sirena, baladíes e incluso, letales”, dicen otros. Nada se puede argumentar a quienes se creen en la posesión del dogma y de la verdad, ni mucho menos convencer de otras razones ajenas a las suyas. Por eso, habrá que considerar un triunfo social y sanitario que la mayoría tome la senda de la aceptación de la vacuna como solución de esta acre pandemia.

Se echa de menos, sin embargo, que las vacunas no sean universales y lleguen a todos por igual, a las tribus angoleñas, a los ancianos de Burundi, a los niños etíopes, o a los enfermos de cualquier otra etnia desarrapada y pobre. Para esto no hay disculpas, de manera que las instituciones europeas, si se desea hacer justicia de verdad, deben promover la vacunación gratuita y universal más allá de sus caprichosas fronteras.

Por eso, se me hace aún más incomprensible el desprecio por las vacunas que muestran determinados grupos de nuestro entorno, mientras que la inmensa mayoría de seres humanos de otros continentes ni siquiera puede ejercer el derecho a recibirlas. Es como arrojar los alimentos a un vertedero, mientras que los pobres se mueren de hambre. Así de crudo.

 

 

 

 

 

 

Más Estado.

 

 

Ha vuelto a arreciar la tempestad con fuerza sobre toda Europa y se teme que podamos estar en el umbral de la tercera ola de la pandemia. Francia e Italia han doblado en veinticuatro horas el número de contagiados; en Alemania sigue subiendo la incidencia de enfermos. Y España, después del puente festivo, toma otra vez la senda del repunte, pues han fallecido casi cuatrocientas personas en las últimas veinticuatro horas.

Paralelamente, los hospitales están registrando mayor ocupación de camas y las UCIS poco a poco se van llenando sin remedio.

Como remate, la larga sombra de la Navidad –de por sí bienhechora- amenaza con un panorama más sombrío todavía.

En este desolado y patético contexto, los gobiernos de los principales países europeos intentan, por un lado, que la sociedad se conciencie de la necesidad de protegerse y guardarse del coronavirus, desplegando toda la pedagogía al uso, y por otro, acometen medidas disciplinarias y coercitivas que obligan al cumplimiento de las normas sanitarias.

Pero, a la vista de que en los últimos días no todo el mundo responde con la misma responsabilidad, y dada la gravedad en alza de la situación, las autoridades políticas han elegido legítima y legalmente el camino de la imposición y la vía de la fuerza restrictiva (confinamientos obligatorios, cierre de restaurantes y centros de ocio, toques de queda, estados se alarma, etc. etc.).

Hay quienes ven en estas decisiones ataques directos a las libertades y derechos fundamentales de las personas, pero se trata de medidas concordantes con las Constituciones Democráticas de cada país, de carácter temporal, previstas para situaciones excepcionales, como la presente crisis sanitaria. Toda vez que las circunstancias cambien para bien, las restricciones también desaparecerán.

Las democracias verdaderas se distinguen por un racional y difícil equilibrio entre el intervencionismo y liberalismo de los poderes públicos. Es en esta ocasión cuando el Estado debe arbitrar una batería de medidas conducentes a la protección de la salud pública, la de todos, y darles carta de naturaleza real mediante su exigencia.

Muchos, aún, no se han enterado, ni siquiera lo intentan.

 

 

 

 

 

 

 

 

Margaret Keenan.

 

 

Era hasta hoy una ciudadana anónima, pero de repente, en un abrir y cerrar de ojos, se ha convertido en una mujer célebre. Sucedía en el Hospital inglés de Coventry que Margaret Keenan, de noventa años, una mujer de aspecto tierno, arrezagada en un sillón azul, era la primera persona en el Reino Unido y en Europa que recibía la vacuna anticovid-19.

Las sensaciones que se fundieron en ese momento, ella misma las reconoce: incredulidad (“¿por qué yo y no otra?”), seguridad (“a mí no me va a pasar nada, confío en la ciencia”) y felicidad (“podré estar las navidades con mi familia, después de varios meses de soledad”).

Abandonaba el recinto hospitalario en medio de la ovación de los sanitarios, arropada como una heroína involuntaria, a la que el azar puso allí.

Su despedida no tenía desperdicio. Comentaba que todos debemos emularla, e invitaba a  seguir sus pasos, porque la enfermedad solo puede dominarse mediante el extraordinario remedio de la vacuna. No decía nada de otro mundo, aunque a algunos les rechine en el oído, pues las vacunas han sido la terapia más eficaz contra enfermedades que asolaron al mundo y solo derrotadas por su acción benéfica (la poliomielitis, la difteria, la viruela, el tétanos, el sarampión, la varicela…). Pero Margaret tuvo la sabiduría de decirlo a sus noventa años, frontera en la que se empieza a ser verdaderamente sabio.

Debo anotar también la rapidez con que el Reino Unido actúa en la aplicación del remedio, mientras que el resto de Europa aguarda las publicaciones y aprobaciones de los organismos competentes. No ha sido, sin embargo, un paso en el vacío, pues las vacunas han sido positivamente valoradas por la Agencias de Alimentos y Medicamentos de EEUU y por la correspondiente inglesa Regulatoria de Medicamentos. A mí, que tengo a Inglaterra por un Estado peculiar, ornado de sus luces y sombras, como cualquier otro, me parece que ha acertado en esta ocasión y que el adelanto sopesado de la vacunación a sus compatriotas evitará daños mayores, sobretodo, ante las fiestas navideñas.

Por lo pronto, me quedo con la figura entrañable de una mujer nonagenaria que, vestida con una camiseta azul de niña, saludaba a todos con un canto a la vida.

Y en tanto llega la ocasión de vacunarnos, seamos cuidadosos porque la salud común y personal, que es lo principal, aún puede empeorar más.

 

¡A las trincheras!

 

 

Llevamos ya unos meses, que parecen años, a vueltas con este mal vírico que tanto ha afectado a nuestras vidas. Todo nos erosiona y nos cambia, especialmente este duro episodio, como pequeñas piedras que las olas baten y golpean hasta convertirlas en finísima arena dorada. Desde que empezó esta epidemia, hemos pasado por altibajos anímicos de toda clase, pero estamos, los que estamos aquí, dispuestos a seguir hasta que recobremos lo más parecido a la vieja y añeja normalidad. Parece que está cerca, o al menos, eso se dice en los ámbitos científicos y políticos. De los primeros me fío, de los segundos…me decepcionan día a día por su escasa capacidad para comprender las necesidades verdaderas de quienes los votamos. Claro, que no son todos iguales.

Y para esa conquista de lo normal aún queda un trecho importante. No estamos en el final, sino en el camino hacia el deseado día en que sea debelado el  invisible enemigo común. Entre el hoy siniestro y el mañana esperanzador, existe un angosto pasaje (angostillo) por el que debemos conducirnos con tiento y precaución.

Si hasta ahora, muchos (algunos se han quedado fuera de motu proprio) hemos sido capaces de asumir las obligaciones propias de esta terrible crisis, confinamiento doméstico, salubridad personal, restricciones sociales etc, en el presente e inmediato futuro debemos seguir empecinados con las mismas reglas hasta la solución final, ni un paso atrás. De un modo concreto, hay dos escollos importantes, el vigente puente de diciembre y las fiestas navideñas, que son necesarios salvar por el bien de todos. Por eso, hay que apurar en estos momentos las medidas  preventivas ya archiconocidas.

Cerca ya de que las vacunas remedien el  mal y mejoren la vida de todos, de que la ciencia -no solo, pero sí de modo principal -nos devuelva la fe en la vida, hay que aguantar el tipo ante las balas del contrario.

Por eso… ¡a las trincheras! ,que podemos resistir y resistiremos hasta la victoria final.

Otras Navidades.

 

 

Ahora que los vientos fríos del norte llegan con su clamor intempestivo, ahora que la pandemia sigue azotando infame a todo lo que vive, se proyecta sobre este panorama sombrío la sombra de la próxima Navidad. Evidentemente, su celebración no puede ser igual que las anteriores, pues las circunstancias sanitarias son otras y, en consecuencia, deben cambiar los hábitos sociales de la comunidad mundial. La forma de vida ha variado desde que se alertó del peligro y las navidades no son una excepción. Por eso, deben extremarse sobremanera las medidas higiénicas y la conducta intachable en los lances interpersonales.

En definitiva, las fiestas por venir, en casa y con los de siempre, con los convivientes, porque más ya son multitud. Todo, en aras del bien común.

Pero nada es en vano. Quiero decir, la idiosincrasia de la cercana Navidad no me resulta ajena, pues la canción de esa extraña corriente la conozco.

Hace tiempo, quizás demasiado, los años pasan deprisa, las navidades de la infancia y primera juventud eran singulares. A la tarde de Nochebuena, desapacible y pertinazmente lluviosa en la mansa Asturias, tomábamos el tren de vía estrecha para llegar a la estación del Berrón. De allí, a pie, culebreábamos por los senderos y trochas de los prados hasta que, al franquear la última curva de la carretera, se mostraba bajo las frondas de la arboleda la casona de los tíos Ángeles y José Mª, junto al viejo y destartalado molino. Mi padre llevaba en una cesta apañada de mimbre el regalo de la Navidad para la familia de su hermana, una botella de anís, otra de coñac y algunos turrones, blandos y de almendra. Pasábamos un instante y retornábamos por el mismo sitio porque había que estar en casa para la cena de Navidad. Como agradecimiento, nos alargaban un pitu caleya , una gallina criada con maíz en la campiña, que comíamos al día siguiente en la sopa y en el guiso. La cena era frugal, sencilla y sin alharacas. A veces, somnoliento y con el frío en el cuerpo, bajábamos a misa de gallo.

La historia resulta, cuando menos, curiosa por las coincidencias involuntarias. Al cabo del tiempo, volveré a los comienzos: No habrá viajes a ningún sitio, ni intercambios de regalos entre familiares, ni misas adonde ir a dormitar un rato, pero sí habrá una Navidad humilde, austera y sin ningún ruido, a solapo del bullicio festivalero, como las de antaño. Estaremos solos, en casa, recogidos los cuatro que formamos la familia, a salvo de las acometidas de este virus, que se resiste cruelmente a dejarnos.

Pero, pronto será un recuerdo como todo. Eso sí, un nefando recuerdo.

 

 

 

 

 

 

Luces y sombras.

 

 

Las noticias que nos llegan en los últimos días sobre la eficacia de las primeras vacunas contra el coronavirus son, cuando menos, esperanzadoras. En un momento en que la situación sanitaria ha empeorado notablemente en el mundo, y particularmente en España, donde día a día crece el nivel de contagios y los hospitales están a punto de colapsarse, como en las peores semanas de la primera oleada de la pandemia, se alza a los cuatro vientos la primicia del hallazgo de la vacuna redentora. Es como estar contra las cuerdas, y tocar la campana, que nos lleva al rincón. Sin duda, es la luz al final del sombrío paseo, que se entrevera entre las ramas de la espesa arboleda.

Llama la atención curiosamente que las vacunas hasta ahora eran elaboradas paciente y metódicamente, como los mejores vinos, a lo largo de varios años de dura y laboriosa investigación. Pero, como si fuese por arte de magia, que no lo es obviamente, las que deben vencer al coronavirus, han sido fábrica de pocos meses. Nunca antes se había conseguido tamaño éxito científico en tan poco tiempo.

Pero, me rondan algunos reconcomios. Por ejemplo, decía en un medio de comunicación un importante virólogo, profesor en la Universidad de Valladolid, que a propósito de estas vacunas aún no se había realizado ninguna publicación científica que explicase y comentase a toda la comunidad científica la bondad de las mismas. Parece que es un requisito necesario en que los descubrimientos de la ciencia deben desenvolverse. También es un hecho cierto que las industrias farmacéuticas han volcado millonarias inversiones en la investigación, y que hay mucha prisa en recoger los beneficios, más millonarios todavía. En consecuencia, comentaba el profesor, el anuncio del importante hallazgo parece algo prematuro, habiendo sido deseable retrasar unas semanas más el anuncio del “milagro” de la vacuna.

Hay otra cuestión muy importante. Mientras llega el momento en que todos o la mayoría seamos vacunados, el virus aún permanece a día de hoy entre nosotros, sigue mortalmente vivo, transmitiéndose cada vez con mayor facilidad y malas artes, y dejando tras de sí tierra quemada y mucha pena.

Es por lo que aún no debemos proclamar la victoria; y, por el contrario, hemos de estar vigilantes y atentos, observando, si cabe con mayor rigor, las conductas sanitarias ya conocidas, y que, probablemente, nos acompañen durante mucho más tiempo.

Lo malo es que hay algunos que no han comprendido, ni quieren entender, que vivimos una de las peores calamidades de los últimos ciento veinte años, negando lo evidente o dejándose llevar por la comodidad o el interés.

La sociedad saldrá adelante, incluso, a pesar de ellos.

 

Vivir en la costana.

 

 

Llevamos un tiempo-que parece eterno- enharinados hasta los tuétanos con esta crisis epidemiológica, que no deja de acecharnos como cruel enemigo. El verano parecía que nos había dado una tregua, la calma que precede a la tempestad,  y que por arte de magia el mal se había ido a otra parte, para nuestra bonanza y paz. Pero con el paisaje ambarino del otoño y los inoportunos aguaceros, la calamidad ha mostrado una vez más su peor rostro airado para sumirnos otra vez en el caos y el dolor. Nuevamente, a cuestas, con las cifras diarias de contagios, personas fallecidas, hospitales al límite de su aforo, sanitarios enfadados y cansados…No, no pienso en esta ocasión por qué esto es así, sino simplemente en que esto es como es y no tiene más vueltas ni recorrido. Aquí y ahora estamos todos, y todos debemos de salir de esta sin hacer distingos ni establecer diferencias por razón de nada, recolectando incluso a quienes siguen haciendo facecias con la grave situación sanitaria del país o del mundo.

Yo vivía de niño en una casita en las afueras del reducto urbano, justo en una de las laderas que tiraban a  los montes, de jugosas fuentes y prados, cuyo único mundo eran tres calles, donde pasábamos los días jugando, la de abajo, la de en medio y la de arriba. Una costanilla separaba unas de otras. A veces, sentía el deseo de emular las hazañas de los héroes de las películas o de los cómics, y, empuñando en una mano una espada de plástico de “romanos” y en la otra un escudo imaginario, subía zigzagueando la cuesta dando palos al aire como si luchara contra cien bárbaros y a todos matando. Al llegar a la plana, entonces gritaba con timbre agudo: “¡He vencido! ¡He vencido! ¡Yujuuu!.

Esto lo recordé hace dos años subiendo una penosa rampa, la del Sapo, entre las aldeas de O Lastra y A Degolada, en la provincia de Lugo, con motivo del viaje a pie que hice entre Oviedo y Santiago. Ni siquiera, lo intuía. Pero en esa ocasión, como un fanal que iluminara un rincón  perdido en el tiempo, emergió ese recuerdo. Porque caminar es, sobre todo, recordar.

Ahora, vivimos en una costana de dura escalada, que parece no tiene fin, pues no se ve aún el llano. No se trata de luchar contra nadie, sino es contra el virus, ni desplegar ninguna acción bélica, pero sí hemos de subir poco a poco la cuesta, evitando los descalabros, asumiendo los deberes personales y sociales, para que todos salgamos airosos y podamos elevar al cielo el grito jubiloso: ¡“Hemos vencido! “. El bien común nos lo exige.

Sin duda, así habrá de suceder, más pronto que tarde, aunque alguna persona más se regazará, y quedará desgraciadamente en la subida de la costana, sin fuerzas y ya sin aliento.

 

 

 

Segunda oleada.

 

 

Los datos no ofrecen ninguna duda sobre la presencia indeseada de la segunda ola de la pandemia. Las fuentes informativas constatan al día de hoy la existencia de treinta y cinco millones de infectados y un millón de muertos en el mundo. En España son seiscientos mil contagiados desde junio y, solo en octubre, se han registrado cien mil casos. En consecuencia, las autoridades sanitarias constatan la llegada de la segunda ola de la enfermedad.

La primera nos cogió por sorpresa, fue un ataque felón por la retaguardia, que costó miles de muertos y otros muchos más damnificados o contagiados. Pero, a sabiendas de que el virus no se había ido de nuestro entorno y acechaba en los lugares más insólitos, muchos ciudadanos prefirieron ignorarlo, ya por comodidad o ausencia de voluntad, ya por una suerte de afectada e inútil rebeldía contra la norma general. El caso es que la irresponsabilidad individual y social ha sido la causa principal de este segundo ataque del enemigo invisible, no por eso menos agresivo y fiero.

Es, pues, el momento de tomar medidas firmes y eficaces para paliar los efectos, que solo las autoridades competentes en sanidad (epidemiólogos, virólogos, médicos, investigadores…) pueden plantear. Ellos, expertos en la materia, tienen el derecho y el deber de dictar las normas de orden sanitario y social que conviene en estos momentos, siendo los políticos quienes han de aplicar en todo el país las decisiones comunes adoptadas por ellos. De este modo, se garantiza el bienestar común de todos los españoles.

De no ser así, las consecuencias podrían ser graves. Por un lado, los servicios médicos de atención primaria y los hospitales pueden repetir el colapso anterior, además del agotamiento y fatiga hasta lo indecible del personal sanitario. Y por otro, podrían repetirse sin remedio los fallecimientos desproporcionados y dolorosos de muchos ciudadanos.

Las pandemias históricamente se han repetido en sucesivas oleadas, pero no tiene por qué inexorablemente producirse siempre el mismo hecho, si el conjunto social actúa unánimemente con responsabilidad y coherencia. Quiero decir que, si hoy los españoles nos tomamos en serio el problema del coronavirus y adoptamos las medidas consabidas hasta la saciedad, rebajaríamos sin duda de modo inminente el riesgo social y sanitario de la comunidad, taponando de paso la terrible posibilidad de una tercera y fatídica oleada. Porque, la segunda ya no podemos evitarla. Está aquí.

 

España, más golpeada.

 

 

He pasado el verano más anómalo de mi vida, pues sigo agazapado, junto a mi hijo, en el tollo del que nos hemos provisto desde el principio del confinamiento, allá por el 14 de marzo de este año.

Ahora, a día de hoy, en la ventosa madrugada del otoño, cuando los escolares comienzan a contar tristes tras los cristales, el virus sigue atacando con la misma virulencia con que lo hizo no ha mucho tiempo. Y eso, que algunos creían que todo había pasado y que la enfermedad ya estaba caduca. Tal vez ese es el error. Porque España es el país europeo con mayor número de infectados y de muertes provocados por el coronavirus.

España es un amable territorio del sur de Europa, cálido, abierto y hospitalario. Yo tenía a la España de la democracia, a las Españas, por un lugar o lugares especialmente sensibles al amor. Un país amador. Pero, me equivoqué. Como tantas veces a lo largo de mi vida.

He visto largarse de veraneo a multitud de gentes, nuestra clase media, que guardaban como siempre colas a las salidas y entradas de las ciudades, porque no podían privarse de las vacaciones. He visto playas tomadas por multitudes, como si nada estuviera pasando. He visto tumultos irresponsables durante las noches al raso o en ámbitos cerrados,  ajenos al grave problema de salud que nos afecta. He visto reuniones de seres, ¿queridos?, sin ninguna preocupación por el doloroso presente.

Y aún más. Mientras una parte de la sociedad da la espalda a la salud y al verdadero bienestar común, las instituciones abandonan su obligada responsabilidad con los ciudadanos. ¿ O es que los centros de atención primaria, carentes de personal, no cuentan como diques de contención de la terrible marea vírica? ¿O los rastreadores no cuentan para nada para los directores de esta película? ¿ Y por qué los hospitales no se han reforzado con el personal sanitario suficiente para atender las necesidades a futuro?

Porque, una sociedad que no se cuida así misma, es una sociedad que no se quiere ni quiere.

Hallo en todo esto una España de charanga y pandereta, zaragatera, que me decepciona, Pero espero, que sobre ella retome el vuelo la otra España de la rabia y de la idea, que me esperanza.

Mientras tanto, sigo apegado a este rincón con mi hijo, en el tollo, al que no quiero que le pase nada.