De Salas a Tineo (y II).

Subida al alto de La Espina

            La salida de Salas para encarar la subida al alto de la Espina se realiza por la calle Undinas. Pronto se toma una senda paralela al río Nonaya, que no cesa en su canto. Ella se ensancha o se angosta a su capricho; a veces el suelo queda cubierto de hojarasca húmeda que con el tiempo se hace putrefacta y enriquece la tierra, otras los guijarros tropiezan y se clavan en las botas; y a menudo a los lados se levantan muros improvisados de piedras de todos los tamaños en los que reverdece el musgo. Aunque luce el sol a ratos, apenas se deja sentir la luz celeste pues la espesura vegetal, apretadísima, forma una bóveda que impide que los rayos del sol penetren en el interior del camino, creándose así hermosos lienzos de luces y sombras. Entre tanto el río no duerme nunca, e incluso tiene tiempo para hacer cabriolas, pues en algún tramo del cauce se forma la cascada del Nonaya, como una larga y blanca  barba, que la naturaleza ha creado a su gusto.

      Poco a poco se va ganando campo abierto para llegar a las primeras casas de Porciles, luego de Bodenaya y, por fin, de la Espina. Los prados se descuelgan rebosantes de hierba exultante, y se desmarcan unos de otros por setos irregularmente alineados o por hileras de árboles, que dan alivio y sombra a las vacas. A los lados, cierran el paisaje los cordales de Bodenaya y el Viso. Tomada la llanura, llega el descanso y la contemplación de los alrededores.

 

Porciles

      La Espina es una larga y ancha planicie que actúa de límite entre los concejos de Salas y Tineo, en cuyo extremo se asienta la pequeña población homónima. Desde esta localidad, los peregrinos han podido desde siempre tomar el desvío de la costa hasta Luarca o seguir camino abajo a través de un camino más accidentado hasta Tineo. Hubo en este lugar una leprosería y un hospital, tal como se documentan en los beneficios que Alfonso IX concede en 1229 a la malatería con motivo de su peregrinación desde Oviedo a Santiago, y la dependencia del hospital del arzobispado de Santiago ya antes de 1268 pues recibe importantes donaciones de esta . De ambas instituciones no queda huella alguna en la actualidad.

    El occidente asturiano tiene la peculiaridad de haber sido tierra de “vaqueiros de alzada”, un grupo diferenciado por sus costumbres y tradiciones culturales del resto de los asturianos que, marginados por sus diferencias, tenían como actividad principal la ganadería. Uno de los ritos antiguos era la práctica de la trashumancia, pues pasaban los inviernos cerca de las costas o valles interiores y subían con las reses en la primavera a los puertos de altura, donde los pastos eran más abundantes y mejores. De entre tantos, algunos vaqueiros llegaban a La Espina desde Grado y Salas, para fijar aquí su residencia estival. Incluso, parece que La Espina es un pueblo de aluvión vaqueiro.

    El camino pasa por diferentes aldeas que pertenecen al concejo de Tineo. Es un amplio terreno llano y de buenos prados, vigilado por cordales, que son aprovechados como feraces pastizales por el ganado, pues esta actividad supone desde antaño el principal recurso económico de la zona.

                                      Los llanos de La Pereda

    Aparece primero La Pereda, en cuyo barrio del Humilladero está la ermita de Nuestra Señora de los Afligidos, apenas reconocida más que por unos carteles que informan del suceso y una espadaña en uno de sus muros laterales. Justo en frente se extiende el “prau” del Hospital, que hace referencia al antiguo centro hospitalario fundado por los monjes del vecino monasterio de Corias, y mantenido en pie hasta el siglo XIX. Luego se atraviesa el caserío de El Pedregal. A la salida se deja un cruz de piedra, apoyada en un basamento cuadrado, y por encima del camino se muestra la casa Begega o casa del Hospital pues también cumplió esta función siglos atrás. Es un sólido caserón asturiano provisto de una torre de tres plantas y  fachada con portalón adintelado por una galería de cristal. Por último, se pisa Santa Eulalia y la ermita de San Roque, antes de tomar el paseo de los Frailes, ya en los aledaños de la villa de Tineo.

                              Vista desde el paseo de los Frailes

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De Salas a Tineo (I).

Torre medieval de Salas

   Salas es una encantadora villa vertebrada por el río Nonaya, que baja alegre desde la llanura de Bodenaya y continúa su viaje hasta Cornellana, donde se junta con el Narcea. A la izquierda del cauce fluvial se despliega el casco antiguo y, a la derecha, algunas casas de estilo moderno se arremolinan en torno a dos plazas, mientras que una de sus calles se empina cuesta arriba hasta la iglesia prerrománica de San Martín.

     Como es una villa apretujada y pequeña, destaca sobremanera la formidable torre, bien visible desde cualquier lugar. Es un sólido farallón de cantería del siglo XIV, probablemente lo que queda del castillo antiguo de Salas, unido por un puente de arco de medio punto al palacio de los Valdés-Salas. Este palacio de un siglo posterior perteneció al linaje de los Valdés, y aquí nació un personaje importante y de personalidad polémica, como fue Fernando de Valdés (1483-1568). Hombre de vasta formación humanística, ejerció como obispo, catedrático y político con enorme influencia en los asuntos de la corona pues, no en vano, desempeñó la presidencia del Consejo Real de Castilla en 1546. Sin embargo, asumió el papel de Gran Inquisidor General por las mismas fechas, y destacó por la defensa del catolicismo contra el luteranismo y luteranos, sobre los que no dudó en aplicar toda la beligerancia de la época. También resultó el autor intelectual del primer Índice de Libros Prohibidos en 1559. Con sus bienes y por mandato suyo, se fundó la antigua universidad de Oviedo en 1608, en cuyo patio se levanta un monumento recordatorio del año 1908. Murió en Madrid, pero las exequias están enterradas en la Colegiata Santa María la Mayor de Salas, la otra espléndida fábrica del siglo XVI de esta villa. Un llamativo mausoleo guarda sus restos y el de sus padres.

   En la actualidad, el palacio acoge un recoleto hotel, la casa de cultura, la oficina de turismo y la sede de la fundación Valdés- Salas, de carácter privado y ligada estrechamente a la universidad ovetense, cuyo propósito principal es acercar la cultura universitaria a las zonas rurales.

                                 Colegiata de Santa María la Mayor

      Este conjunto medieval enlaza las Plazas del Ayuntamiento y la de la Campa, y es justo por debajo del puente por donde han de pasar los peregrinos en su camino de salida.

   Saliendo por el paseo de San Martín, se asciende en suave repecho hasta la iglesia homónima. Se trata de una sencilla iglesia prerrománica, declarada Monumento Nacional, de una sola nave, y muros de mampostería, en la que se han encontrado columnas y lápidas con grabaciones y epigrafías muy interesantes, que se pueden ver en el museo enclavado en la Torre de la Villa. Al lado de la iglesia, codo con codo, se ubica el camposanto y, acompañándolo, solo interrumpido el silencio por el trino de los pájaros, despereza su hercúleo cuerpo al cielo el tejo milenario de San Martín. Tiene 15 m. de altura y un perímetro de 6 m. Su copa prolonga una larga sombra sobre las tumbas más cercanas.

                 

Teixu de San Martín

      Al atardecer, Salas se aquieta después de un día ajetreado pues la época estival es propensa al bullicio y al trajín en todos los rincones. Es el momento en que los escaparates se iluminan para hacerse más atractivos y es la confitería Carajitos del Profesor la que atrae nuestra atención. Es el postre dulce por excelencia de Salas. Parece que un profesor de música, allá por el año 1918, abrió un café-bar en la localidad, probablemente para compensar las delgadas ganancias del profesor de aquel período. El caso es que entre las delicias del café, figuraban unas pastas redondas hechas a base de avellanas, tan pródigas en Asturias, huevo y mantequilla que, por su éxito, fueron bautizadas como los “carajitos del profesor”. Se atribuye su nombre a un indiano que pedía las galletas con la expresión “¡dame un carajo de esos!” y, aunque esa explicación es posible, aún no se ha dicho la última palabra al respecto.

 

 

De Grado a Salas (y II).

                                Alto de La Cabruñana

   Se sale de la villa para afrontar el ascenso que conduce al alto de la Cabruñana, límite natural entre los concejos de Grado y Salas. Pero antes se ha de pasar por el villazgo de San Juan de Leñapañada, donde existe constancia documentada de la existencia a principios del siglo XIII de un hospital de peregrinos de la Orden de San Juan de Jerusalén y, a poco del alto, el peregrino tropieza con el santuario de la Virgen del Fresno, porticada, y con aspecto de fortaleza. Aunque la construcción actual está fechada en el siglo XVI, ocupa el suelo de una antigua ermita medieval. Desde este excelente cerro de La Cabruñana las panorámicas de los valles de ambas parroquias son inigualables.

     El descenso hacia Dóriga, pequeño caserío en que se halla el formidable palacio de Dóriga (otra construcción indiana llena de suntuosidad interior, según cuentan quienes lo han visto) es rápido, y algo más adelante el caudaloso río Narcea se erige en el mejor mayordomo que sirve a las feraces tierras del concejo de Salas. Nada más atravesar el puente, el peregrino se encuentra con la población de Cornellana, cuyo origen está ligado al conjunto monástico de San Salvador. El convento se fundó en el año 1024, pero la prosperidad no llegaría hasta un siglo después con la donación que Alfonso VII hizo a favor de los monjes cluniacenses. A partir de ese momento la actividad de la abadía no cesó, aunque existen documentos del año 1300 que acusan a los frailes y abades de este monasterio de prácticas ilícitas con vecinos o peregrinos, a los que no dudaban en robar o engañarles para su provecho. La abadía e iglesia son abandonadas con la desamortización de Mendizábal alrededor de 1836. Se trata de una armonioso conjunto formado por iglesia de dos torres (una románica) y cabecera de tres ábsides (también románicos), y abadía con claustro ( ambos del barroco).

      Actualmente, todo es ruina y abandono. Lo que fue en otro tiempo un lugar de febril actividad religiosa, social y comercial, se ha convertido en una fábrica de muros abandonados e interiores lóbregos, a la espera de una profunda reconversión monumental.

                         Iglesia y monasterio de San Salvador

    Por la izquierda del cenobio se sale en dirección a Sobrerriba y el alto de Santa Eufemia, siguiendo el cauce fluvial del Nonaya. Al paisaje siempre bello, lo acompaña en estos lugares un silencio apenas quebrado por el ruido de los pájaros, que se deleitan con la soledad de la naturaleza. A la altura de las aldeas de Llamas y Quintana, las sierras se levantan para acompañar a los peregrinos casi a las mismas puertas de la vecina Salas. Antes, sin embargo, se pasa por la aldea de Casazorrina, donde se han apostado desde hace siglos una muestra variopinta de hórreos y paneras, tan unidos al paisaje rural de Asturias. No se sabe con certeza el origen de estas reliquias prerromanas, que pueblan los campos y caminos asturianos, pero sin duda han prestado un servicio eficaz al labriego pues han guardado y protegido eficazmente las cosechas de grano o los tasajos de las matanzas del clima lluvioso y de los roedores.

Horreo y quintana en Casazorrina

Enseguida, se entra por la vía principal de la villa de Salas.

 

De Grado a Salas (I).

 

 

Plaza del Mercado de Grado

     Grado es una villa con la forma de un hacha de sílex, asentada en la ribera del río Cubia, que tiene como angosto punto de partida la entrada natural por el parque Manuel Pedregal y busca el ensanche en los modernos espacios públicos, como el campo de fútbol, el polideportivo y el mercado de ganado.

   Tiene una profunda singularidad, su carácter de villa itinerante o de camino, que influye sin duda en la personalidad hospitalaria y abierta, a la vez que comercial, de sus habitantes. Las causas de esta cualidad son históricas, pues no solo ha sido paso de los peregrinos hacia Santiago de Compostela desde el siglo IX, sino que por sus predios pasaba en el período romano una de las principales calzadas, siguiendo la Vía de la Plata, que unía la meseta leonesa con el puerto de Gijón y Astorga y, posteriormente en tiempos contemporáneos, los vaqueros del centro de Asturias recorrían este lugar todas las primaveras para ascender con los rebaños a las brañas de Teverga y Somiedo, allí llamados vaqueiros en la lengua occidental asturiana. Es Grado, por lo tanto, un lugar de paso de culturas a lo largo de los siglos, que ha modelado el carácter amable y comercial de sus gentes. Sin embargo, la carta fundacional de la villa data de mediados de siglo XIII, dentro de la política de creación urbanística impuesta por Alfonso X El Sabio.

   La calle central, flanqueada de casas con balcón y galerías acristaladas, se inicia con una elegante casa de mampostería de dos plantas y buhardilla, situada en un ángulo del parque de San Antonio, que perteneció a un ilustre “moscón” (gentilicio popular), D. Valentín Andrés Álvarez (1891-1982), probablemente bastante olvidado en el resto de Asturias. Fue primero físico, que decidió estudiar en París un curso de astronomía, pero se desencantó por alguna razón desconocida. Después se hizo economista, y destacó por esta labor como profesor en las universidades de Oviedo y Madrid. Sin embargo, no le faltó tiempo para el cultivo de las letras y la traba de amistad con algunos escritores como García Lorca y Benjamín Jarnés, que fueron recibidos en este domicilio de Grado en ocasiones diferentes.

Casa asturiana de Valentín Andrés

     La plaza del general Ponte, mejor reconocida como la del Mercado, es el espacio principal de la villa, donde se concierta todos los domingos del año uno de los mejores mercados de Asturias. De entre tantas mercadería de calidad, se han hecho célebres la variedad del queso afuega`l pitu y el melindroso tocinillo de cielo, que se sirve además en las confiterías próximas. Una escultura en bronce del año 1999, en el centro de la plaza, recuerda a todas las mujeres que, provistas de cestas y maniegas, pusieron en pie este mercado.

    El resto del conjunto urbano lo forman casas autóctonas, palacios y palacetes, denominados “indianos”,de bellas facturas, y otros edificios modernos, que se arraciman sobre todo entorno a la capilla de los Dolores. Son reseñables el palacio de los Miranda-Valdecarzana, actual casa de cultura y biblioteca, la casa de los Arcos, única representante de otras edificaciones similares que han desaparecido, la casa de los Fernández Miranda o la de Tejeiro, todas situadas en la franca plaza del Mercado y muy cerca de la capilla de los Dolores. A la entrada de la villa, lindante con el parque Manuel Pedregal, que exhibe un armonioso quiosco de forja y techo a modo de cúpula octogonal, se levanta mayestática, oculta entre tropicales palmeras, la casa-palacio de Velázquez, también llamada pomposamente el Capitolio.

   La mayoría de estas construcciones fueron levantadas por emigrantes asturianos que se fueron a  América a hacer fortuna durante los siglos XIX y XX, y aunque la mayoría no salieron nunca de la pobreza, otros consiguieron su propósito. Es el caso del tabaquero asturiano Manuel Velázquez que, a la vuelta de las Américas o en su estancia allí, mandó edificar a finales del siglo XIX esta llamativa casona-palacio.

                                                   Casa indiana de Velázquez o el Capitolio

    Antes de abandonar la villa, no pasa desapercibido el nombre que se le ha dado al instituto de Enseñanza Secundaria, IES. César Rodríguez. Fue también un emigrante, nacido en la Mata, concejo de Grado, que partió adolescente a Cuba y retornó habiendo aprendido a manejar el negocio de las ventas textiles, lo que favoreció que en el año 1940 fundase el Corte Inglés a partir de una pequeña tienda. Por no ser menos, otro joven emigrante, José Fernández, natural de El Rellán, Grado, popularmente conocido como Pepín Fernández, funda también Galerías Preciado en el año 1943.

 


Capilla de los Dolores

De Oviedo a Grado.

 

Campo de San Francisco

       Oviedo es una ola espumosa. La cresta la ocupa el nuevo ensanche,  el campo de fútbol del Carlos Tartiere,  y las antiguas facultades del Cristo de las Cadenas y las nuevas que se han creado; en el descenso se tropieza con el campo de San Francisco, que fue el huerto  de  un convento franciscano desaparecido, y con el tiempo albergó una osera que cobijó hasta su muerte a dos entrañables osos, Petra y Perico, capturados cuando eran crías pues su madre resultó abatida en aquellos tiempos ; y en el pedestal de la onda se apretuja arracimado el vetusto e histórico caserío, que se asienta en torno a la alargada sombra de la catedral de San Salvador. El monte del Naranco, depositario de las joyas del prerrománico asturiano, levita milenariamente sobre la ciudad, a menudo rodeada de niebla como densa espuma.

     El peregrino del medievo, que dejaba atrás la travesía infernal del puerto de Pajares, entraba en la ciudad por la puerta de Socastiello, una de las aperturas de las murallas que rodeaban la urbe, hasta encontrarse con la antigua catedral de la que apenas han quedado vestigios pues la nueva fábrica de estilo gótico se inicia en el siglo XIV. La catedral, de planta de cruz latina, cabecera y tres naves, provista de girola para la deambulación de los peregrinos, tiene una construcción muy original de la época de Alfonso II El Casto, que es la Cámara Santa, donde se guardan importantes reliquias. Concretamente el Arca Santa, que se mantuvo escondida en el próximo Monsacro, en el concejo de Morcín, durante la invasión musulmana, parece que fue la depositaria de muchísimas reliquias de santos, siendo la principal el sudario que cubrió el rostro de Jesús desde el descenso de la cruz hasta el enterramiento. Esta circunstancia determinó que durante varios siglos Oviedo acogiera a peregrinos en su camino a Santiago o en el viaje de vuelta. En dos ocasiones la Cámara Santa sufrió desperfectos. Durante la Revolución de Octubre de 1934 el recinto fue dinamitado y, en el año de 1977, un ladrón común robó y expolió las cruces de la Victoria y de los Ángeles, y el arca de las Ágatas. En ambos casos, se repararon los daños en la medida de lo posible.

     Ya en el exterior, desde la plaza y la alargada calle de San Francisco, flanqueada de bellos edificios modernistas y de la antigua facultad de Derecho, la catedral se yergue hermosa a pesar de que le falta la torre gemela que nunca llegó a construirse. Sin duda, un sereno y vertical manantial de piedra.

                                            Catedral

    Alrededor de la catedral, la corrada del Obispo, la plaza de Feijoo y el convento benedictino, más comúnmente conocido como el de las Pelayas, constituyen el impecable reducto de este noble conjunto urbano de Oviedo. Traspasado el Ayuntamiento, la fuente prerrománica de la Foncalada suministra sus aguas limpias al bello y vetusto caserío del Fontán, origen de esta ciudad. Un patio, al que miran las casucas porticadas de esta neurálgica plaza, recibe a quienes la visitan entre olorosos potes y el hilo de la mejor sidra astur.

 

                       

                                                El Fontán

  Se sale de Oviedo por el popular barrio de la Argañosa, lugar construido probablemente sobre un expenso brezal, y se sigue por las haldas del monte Naranco hasta San Lázaro de Paniceres, donde hubo en tiempos una leprosería de la que no queda ningún resto. La primera mención que recuerda al fraternal vecino de Asturias es el puente de los Gallegos, bajo el que discurre el río Nora o Ñora, que aún conserva algunas trazas del original puente del siglo XIII. Poco después, este río entrega sus aguas al caudaloso Nalón, que viaja desde el Puerto de Tarna entre brincos y canciones mineras.

              

                               Puente de los Gallegos

     La sinuosidad del terreno lleva al peregrino, tras un recuesto importante entre castañales, al Escamplero, caserío disperso desde cuyo cerro se observa un espléndido paisaje nítidamente asturiano. Hubo en este lugar un hospital de peregrinos fundado en 1350 por el hidalgo Rodrigo Alfonso, del que tampoco ha quedado vestigio alguno pues ya en el siglo XVIII queda constatada la desaparición de esta hospedería.

      Desde aquí el descenso conduce a las aldeas de Valsera, Premoño y Paladín para entrevistarnos por primera vez con el río Nalón y el puente medieval de Peñaflor en las cercanías de la Puebla de Grado, provisto de cinco arcos y sólidos tajamares. Según explica un cartel próximo, en este lugar se enfrentaron las milicias civiles dirigidas por Gregorio Jove-Valdés y un grupo de soldados franceses durante la guerra de la independencia en 1808. Al lado del puente permanece muda la iglesia románica de San Juan, de nave única, ábside cuadrado y espadaña con dos campanas. De uno de sus lados, el que mira al río y las vías del tren, se despliega un atrio con techo y estructura de madera.

                                                     

                 Iglesia románica de San Juan de Peñaflor

   A nada se entra en la villa de Grado, puerta al occidente interior de Asturias.

Itinerario del Camino Primitivo.

 ITINERARIO.-

  

 

    El Camino Primitivo está comprendido entre la ciudad asturiana de Oviedo, donde comienza, y la villa lucense de Melide, lugar de convergencia con el Camino Francés. Ya en esta localidad, famosa por la calidad de sus pulpos aun siendo de interior, quedan dos jornadas para la arribada a Santiago de Compostela. Transcurre el Camino por dos regiones, Asturias y Galicia. Del lado asturiano se recorren 152 km. y del gallego 115 km. hasta Melide, más 53 Km. hasta la ciudad de Santiago.

   Se trata de un Camino bellísimo, pero con dos partes diferenciadas por la naturaleza física del territorio. El Camino, por un lado, recorre la Asturias interior occidental dominada por excelentes paisajes y frondosos bosques autóctonos, que encuadran una formas de vida milenarias, a caballo entre la agricultura, la ganadería vacuna y la cultura artesana tradicional. Un componente singular es la fragosidad de sus montes y sierras, y los abruptos puertos del Palo y del Acebo que, además de embriagar la estética del peregrino, ponen a prueba sus cualidades andariegas. Por otro lado, cuando se ganan las tierras gallegas, la llanura empieza a dominar el paisaje hasta las mismas puertas compostelanas. Aquí sopla la brisa en los bosques, crece el silencio solo arrebatado por el murmullo de las fuentes, y en este medio se entiende mejor la morriña del gallego por su tierra nacida de las ausencias.

    Oviedo, Grado, Salas, Tineo, Pola de Allande, Grandas de Salime, Fonsagrada, Lugo y Melide, son pueblos y ciudades del Camino sin desperdicio alguno. El Patrimonio artístico de la ruta, menor en número que en el Camino Francés, pero muy interesante, no dejan de sorprender a ningún peregrino ni catador del Arte. Y las tradiciones culturales, aún arraigadas en los habitantes de estos pagos, no pueden pasar desapercibidas a quienes aman la tierra en la que nacieron o conocieron.

A estas cuestiones, dedicaremos unas líneas.

Descubriendo el Camino Primitivo.

 

 

ANTECEDENTES.-

 

                                   Alfonso II El Casto

 

     Para hacerse una idea más clara del Camino Primitivo se debe volver una vez más al origen, es decir, al descubrimiento de las reliquias de Santiago en el Occidente europeo.

      La versión, de tradición oral, del hallazgo (“inventio”) de la tumba del Apóstol se encuentra recogida en un documento de 1077, conocido como la Concordia de Antealtares y en otros posteriores de principios del siglo XII, el Chronicón Iriense y la Historia Compostelana. Según el primer texto (“concordia o acuerdo”), suscrito por el abad del monasterio de San Salvador de Antealtares y el obispo de Compostela, Diego Peláez, unas luces iluminaron un espacio acotado del monte Libradón, en Iria Flavia. Esa extraña circunstancia alertó primero a un eremita de nombre Pelayo y, después, al obispo de aquella demarcación, Teodomiro, que se trasladó inmediatamente al lugar para verificar lo que pasaba. Una vez allí, una pequeña construcción de piedra y mármol, parecida a un mausoleo, guardaba a juicio del prelado los restos óseos de Santiago, el discípulo de Jesús, y dos de sus seguidores. Como fuese que era necesario apoyar o fundamentar el hallazgo en un fedatario de mayor rango nobiliario, el monarca astur Alfonso II El Casto (791-842), único rey cristiano de toda la Península, avaló el descubrimiento, estableciendo que se erigiese una iglesia y un monasterio con la finalidad de brindar protección al recién descubierto Santiago. Estos acontecimientos lo sitúa la Concordia en el año 813 d.C. , si bien debieron de producirse entre los años 820 a 830.

    La vinculación del hallazgo al Camino Primitivo reside en que en el año 834 Alfonso II, con sede en Oviedo, decidió desplazarse al lugar del descubrimiento, junto a un grupo de soldados, para respaldar en esta ocasión con su presencia la tesis del prelado y favorecer a la comunidad religiosa con la donación de las primeras tierras alrededor del sepulcro. Posteriormente, Alfonso III realiza el mismo viaje en el año 874 para dotar a los clérigos de una nueva iglesia más recia y de mayor tamaño. A partir de la visita del monarca, el primer peregrino real conocido, el Camino abierto entre Oviedo y Santiago de Compostela será denominado Camino Primitivo o Camino Interior.

   Con el paso del tiempo el Camino Primitivo ha tenido desigual suerte, pues mientras en la Alta Edad Media muchos peregrinos siguieron la estela del rey Casto, ya en la Baja Edad Media el Camino Francés, más cómodo y benigno por la orografía que el Primitivo, acabó convirtiéndose en el paso obligado del contingente de peregrinos europeos. Pese a la lógica competencia de esta nueva vía abierta, el Camino Primitivo ha mantenido una notable vitalidad jacobea hasta el siglo XIX, pues el peregrino, a la ida o a la vuelta de Santiago de Compostela, acudía a la ciudad ovetense atraído por el relicario depositado en la catedral de San Salvador. Algún clérigo, probablemente  celoso, inventó el refrán que dice que “quien va a Santiago y no a San Salvador, visita al criado y no al Señor”, como un recordatorio de lo que debe hacer el buen peregrino.