Voy acabando.

                                                                   

Que el próximo 26 de junio se vaya a eliminar el uso de las mascarillas en exteriores, según ha anunciado esta mañana el presidente del gobierno Pedro Sánchez, es un buen augurio de cara al futuro mediato. La bajada de la incidencia de contagios a 97 casos por 100.000 habitantes y la cifra de19 fallecidos en las últimas veinticuatro horas, no solo aconsejan la medida, sino que aleja cada vez más la probabilidad de una quinta ola de la pandemia. Si temíamos trágicos aguaceros sobre nuestras vidas, el  temor va desapareciendo con la escampa del horizonte y estos días de sol que tanto iluminan. Además, a estas alturas, un 28,75 % de la población ya tiene la vacunación completa.

En suma, podemos empezar a creer que la solución de esta pandemia, que ha dejado orillados para siempre a más de 80.000 personas, y contristados a sus parientes y familiares, está más cerca.

Aún está vivo el recuerdo en que nos atrincheramos en casa, para protegernos de un virus, que se prometía, y así fue, despiadado y asesino. Que, por cierto, aún no se ha ido. A la sazón eran muchos los sentimientos y pesares que se fundían sobre nosotros, nos movíamos entre la inquietud por el desconocimiento ante lo que nos enfrentamos, la impotencia porque se morían impíamente personas por millares sin ni siquiera ser atendidas, el miedo a que fueran nuestros hijos los siguientes, y la incertidumbre de no saber cuándo podría acabar esta crisis. Al día de hoy, casi todo se ha superado por suerte. Y, aunque el coronavirus sigue activo e intentando metamorfosearse para causar más daño, los ciudadanos albergamos la certeza de que se está en el camino de la solución. Hoy, la esperanza es más firme que ayer.

Con todo, ha de estarse en vigilia, porque el fin aún no se ha producido. Responsabilidad y buena praxis son los principios que han de regir nuestro comportamiento social y personal diario, hasta que pueda anunciarse la derrota final del virus.

Acabo como empecé. Vuelvo al campo, verdeante por las copiosas lluvias, de la mano de mi hijo. Él siempre inocente, sin quitarme la mirada por escuchar qué le cuento; yo, más calmado, creyendo que lo peor ha pasado y que hay que construir, desde la experiencia vivida, un mundo mejor para todos, sobre todo, para los que más lo necesitan. Siento y pienso que se ha escrito una página crucial de nuestra historia, que no puede pasar en balde, y cuyo buen aprovechamiento es una obligación para que, al menos, las muertes de los seres queridos tengan sentido.

Aquí me quedo, esperando todo lo mejor… y que la segunda dosis de la vacunación me llegue el 1 de julio del año en curso.

Vale.

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