El origen del coronavirus.

Si la pandemia ha desencadenado la crisis sanitaria más grave del siglo presente y parte del pasado, si hasta la fecha el mundo arroja la escalofriante cifra de 170 millones de contagiados y 3,54 millones de fallecidos, al margen de lamentos ya estériles, resulta imprescindible indagar sobre el origen del virus que la desató. La finalidad, atisbar las causas que propagaron la enfermedad y proponer los remedios suficientes para evitar que una situación similar se produzca en el futuro.

Con esta finalidad la OMS y el Ministerio de Sanidad de China, después de realizar investigaciones in situ, dieron a la luz el 9 de febrero de 2021 el resultado de sus conclusiones: Por un lado, la enfermedad se originó en algún mercado de la población china de Wuhan, lo que provocó que el primer síntoma se produjera el 8 de diciembre de 2019; y, por otro, el virus tuvo un origen animal, probablemente un murciélago, que luego se traspasó directa o indirectamente al ser humano, provocando su contagio. En la misma declaración, se descartó categóricamente la hipótesis de que un laboratorio fuese el origen de la expansión del coronavirus. Esta manifestación fue ratificada el 31 de marzo por la misma comisión de la OMS, que participó en la investigación.

Pero el debate sigue abierto, sobretodo, desde que el 23 de mayo un artículo publicado en The Wall Street, recogiera que tres trabajadores de una sección del Instituto de Virología de Wuhan fuesen hospitalizados un mes antes que el caso de diciembre, manifestando en ambos casos unos síntomas semejantes.

A esta situación de por sí dudosa, contesta la literatura escrita y verbal europea y norteamericana que las autoridades asiáticas han ocultado datos relevantes que aclararían aspectos esenciales del virus. No obstante, el asunto de la información secuestrada por China no deja de ser una hipótesis sin pruebas, y en consecuencia, inútil de toda clase.

Habrán de pasar años para que al final el común de los mortales sepamos la verdad de todo e incluso, hasta es posible que no nos enteremos nunca. Sea como fuese, no cabe la menor duda de que es una gran oportunidad perdida, pues el conocimiento del origen animal o no de la enfermedad aportaría instrumentos y recursos científicos suficientes para encarar con mayor éxito otras supuestas pandemias, no descartables en un futuro.

Porque el Planeta es un juguete muy frágil, que hay que cuidar, y no menospreciar.

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