Camino de la normalidad.

Desde la derogación, en mi opinión precoz, del estado de alarma el pasado 9 de mayo, el gobierno de España ha apostado decididamente por la normalización de nuestras vidas, para devolvernos la edad de oro, que perdimos necesariamente un  infausto día de 14 marzo de 2020, en que se decretó el confinamiento intramuros de todos los españoles.

La consecuencia, la desaparición de las principales trabas, entre las cuales figura la prohibición de circular por el territorio nacional. Esto ha permitido que muchos españoles nos hayamos desplazado para saldar viejas y sentimentales cuentas, como la visita a los seres más queridos, amigos o reencuentro con lugares especiales que siempre evocamos en nuestros sueños (ese paisaje primoroso de la primavera, la ribera cuajada de cañizos del río, los montes afilados contra el cielo, el rumor de la fuente solitaria, el brocal del pozo de la casa aldeana, las calles pinas a la salida del pueblo, el olor a prado seco de los heniles…). E inevitablemente, con este trasiego andariego, la economía del país también arranca en línea, como las perdices de Tierra de Campos, hacia un despegue cada vez más firme, que esperamos beneficie a todos.

A más a más, los turistas de diez países extracomunitarios pueden viajar a España desde el 24 de mayo, y el próximo 7 de junio ya podrán hacerlo el resto de ciudadanos del mundo, con el único requisito de estar vacunados. Y es que las vacunas desde su descubrimiento son el principio fundamental de la salud de la población, así como de la normalización individual y social. Sin lugar a dudas, puede afirmarse que la generalización de las vacunas es la clave del triunfo contra la pandemia, aunque algunos lo nieguen o les pese.

Dicho lo anterior, debe instarse a la ciudadanía a que sigamos obstinados en el respeto a las normas sanitarias preventivas, evitando situaciones irresponsables, que solo conducen a la ralentización del imparable proceso normalizador y, lo que es peor, a la enfermedad e incluso muerte de más contagiados. Déjense, pues, botellones y otros eventos públicos desordenados, porque, el coronavirus aún existe en todo el mundo, amenazante como un dragón que arroja fuego y fatalidad. A la maldad no hay que darle ninguna oportunidad.

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