Sin máscaras.

                                                        

No puede pasar desapercibido el doloroso drama que se está viviendo en las costas españolas, que solo en apariencia parece no guardar relación con la pandemia, al menos en apariencia, pues es más que probable que la pandemia de la Covid19 ha agudizado la crisis migratoria y el aumento de la pobreza en el mundo.

Durante estos dos últimos días, jóvenes marroquíes, senegaleses y subsaharianos, han llegado a las playas de Ceuta y Melilla en busca de mejores condiciones de vida. Han salido de sus tierras natalicias, empujados por el hambre y la necesidad, y el mar los ha echado como espuma a la orilla del mar. Se han visto grupos de adolescentes, sobretodo, hacinados sobre la arena a la espera de las instrucciones oportunas, e incluso había niños de ojos extraviados y rostros asustados que no sabían muy bien qué hacían allí. Algunos otros de más edad yacían agotados por el cansancio del largo viaje. Se trata en definitiva de jóvenes que, en vez de acudir a esas horas a la escuela como corresponde a sus edades, están condenados a la miseria, despreciados por los gobernantes de sus países.

Del sombrío panorama, se vieron  escenas entrañables, cómo un guardia civil rescataba del agua a un recién nacido o una voluntaria de Cruz Roja abrazaba a un espigado africano, que suplicaba ser acogido en España, o cómo un legionario portaba a horcajadas a una niña de cortísima edad. Frente al abandono y humillación de unos migrantes, crecía la solidaridad, más que encomiable de nuestros efectivos españoles.

La pandemia no conoce fronteras y se instala fatalmente allí donde le apetece sin que nada la detenga. Cruza  sin permiso mares, montañas, vallados y cerrales, sembrando los campos de tristeza. Pero los hombres, estos migrantes olvidados, pobres, no pueden burlar las fronteras territoriales, por mucho que el derecho a la vida digna sea un derecho universal  e irrenunciable. Al menos, antes de devolverlos por donde han venido, démosles nuestra comprensión y cariño, pero no los hagamos injustamente culpables de nada porque solo son niños. Es bien poco.

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