Elogio de la libertad.

                                           

Lo que se ha visto en algunas ciudades españolas con ocasión del erróneo cierre del estado de alarma, según creo, no es un acto de libertad, sino de libertinaje. Multitud de jóvenes ocuparon el centro de las plazas y calles de bastantes ciudades al grito de ¡viva la libertad!, porque se suponía, según ellos, que la libertad había sido conculcada durante este tiempo de crisis sanitaria.

Quede claro que la libertad jamás estuvo amenazada en su conjunto porque la gran norma constitucional así lo garantiza. El tejido enhebrado de los derechos fundamentales ha sido y es escrupulosamente respetado. Solo se han tocado los derechos relativos a la movilidad (cierres perimetrales, toques de queda, limitación de espacios públicos y privados, etc. ) debido a las exigencias derivadas de la Covid19, entre cuyas principales medidas terapéuticas figura la limitación de los desplazamientos como modo de frenar la expansión de la enfermedad. Por lo tanto, abanderar la idea de que España ha dejado de ser libre es pura falacia, derivada ya de la estulticia, ya del interés político o de la perfidia.

Debo hacer algunas precisiones.

Que existe libertad en nuestro país es un hecho cierto, como que la noche es oscura y el día luminoso. Pero la libertad no es un don del cielo, como razona D. Quijote en su discurso ante los Duques, sino una conquista social dilatada en el tiempo, que se acrisola en la Constitución de 1978. Sepan, pues, esos jóvenes, que la libertad que claman para este país, ya antes la habían ganado muchos españoles con su esfuerzo y sacrificio, y a veces, hasta con su vida. No se frivolice, por lo tanto, un asunto tan serio, ni siquiera, aunque sea dicho de paso, se tome la libertad como falso eslogan de campaña de algunos políticos.

Libertad, palabra que como todas las grandes voces sufre la abrasión de esta época, no puede ser un concepto polisémico abierto a tantas interpretaciones como voces se escuchen, sino un concepto unívoco. Libertad es la oportunidad de elegir individual y socialmente lo que se debe  hacer en cada momento, de acuerdo a la conciencia personal, a la ética y a las normas sociales, que todos hemos acordado. Se es más  libre en la medida que se decide qué se quiere hacer, sin dejar de ser consecuente y responsable con todos nuestros actos. En consecuencia, incluso la suspensión de los actos aludidos por el pasado estado de alarma, es un hecho elegido legalmente por la mayoría de los representantes políticos con el fin de controlar la peor calamidad de este siglo y servir mejor a sus representados.

Pero las manifestaciones caóticas de algunos jóvenes, que tomaron al asalto las calles, como queriendo celebrar no sé qué, no son libres, sino libertinas. ¡Ojalá no se repitan más en nombre del bien común! De Verdad.

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