Lo que falta son argumentos.

Hace unas semanas el protagonismo vino de la mano de Victoria Abril, que manifestaba su particular discrepancia respecto a la realidad del Covid19. Ahora, calientes, en una conocida cadena de televisión, salen a la luz pública las palabras de otro grande del mundo artístico, Miguel Bosé, que opina que esa enfermedad no existe y que todo lo que pasa en torno a ella es pura patraña.

Reconozco que el Bosé de mi juventud, cuando se dio a conocer como cantante a finales de la década de los setenta, no me interesó casi nada. Sonaban bien sus canciones, pero por entonces yo estaba en otras cosas. Hijo de siderúrgico de la Asturias minera, estudiante de a pie, que todos los días tomaba el autobús para desplazarme a Oviedo a estudiar para salir más barato a mis padres, joven con el pensamiento puesto en la justicia social y la mejora de las condiciones de los obreros, entre muchas cosas más afines, la verdad es que no me identificaba nada con la emergente estrella española, por otro lado, de familia enraizada en la cultura tradicional social y política, que yo rechazaba.

En cambio, el Miguel de ahora, al cual respeto profundamente, sí me interesa. Indudablemente hay en él un hombre que, teniéndolo todo, la vida le ha salido al encuentro sin demasiada ventura. Esa figura paradógica, combatiente entre el deseo y la realidad, la conciencia y el placer, ya ganador ya perdedor, es lo que en realidad me importa en la actualidad. Porque los personajes planos henchidos solo de aire, únicamente interesan a sus homólogos.

Cada cual es libre de pensar lo que quiera, no faltaría más, pero aunque respeto los decires del cantante, no los comparto de la misma manera. Por un lado, a Bosé, le han faltado argumentos sobre los que sostener la tesis negacionista, es más, ni siquiera ha podido constatar uno solo. La plática es simplemente plática, decir por decir, sin ninguna hondura argumentativa. Pero es que, además, el artista se niega a contrastar la fortaleza de su enunciado negativo con las opiniones de los científicos. Y eso es dar la espalda a la oportunidad de cambiar la opinión propia o de subrayarla, incluso.

Vienen a mi recuerdo las palabras filosóficas de Juan de Mairena, el alter ego de A. Machado, que decía que “la verdad del hombre empieza donde acaba su propia tontería. Pero la tontería del hombre es inagotable”.

Como ser contradictorio, que somos todos, hay en Bosé un tanto de tontería y otro mucho de sabiduría, sin duda. Solo espero que, más pronto que tarde, el sabio prevalezca sobre el necio, y que él reconduzca, si quiere, sus postulados actuales.

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