La larga sombra de la pandemia.

Encuentro que se dan una serie de hechos que pueden hacer creer que la pandemia está controlada e, incluso, acabada. Eso quisiéramos por el bien de todos, pero desgraciadamente no es así. En efecto, algunos creen que la vacunación hasta la fecha de hoy de una parte reducida de la población ya es una razón de peso para amortiguar el agresivo embate del coronavirus. Otros, añaden que esta cuarta ola es de tamaño menor que las anteriores porque se está ganando la batalla al enemigo. Incluso hay quienes asocian el fin del estado de alarma, anunciado erróneamente por el gobierno, al acabamiento de la pandemia. En fin, que todos estos factores sumados, puestos uno sobre otro, pueden parecer indiciarios del definitivo agotamiento de la Covid19.

Sin embargo, esta crisis está más viva que nunca, nada ha concluido, y cualquier parecido es un puro espejismo, fruto del deseo de vernos libres cuanto antes de esta horrible pesadilla.

La realidad es muy contumaz y fatalmente elocuente. Acerca de los datos de la vacunación, el ministerio de sanidad cifra que solo el 17% de la población ha recibido al menos una vacuna, cuestión que está muy lejos del porcentaje deseado para que empiece a notarse el apocamiento de la enfermedad.

Las secuelas de los contagios y fallecidos de las fiestas pretéritas suponen a día de hoy una incidencia media acumulada de algo más de 200 contagiados y de 126 muertes en las últimas veinticuatro horas, situación que se califica de alto riesgo. Y, aunque el nivel de esta cuarta ola es inferior al de las anteriores, no por ello deja de ser una furiosa embestida con las consecuencias consabidas.

Por último, el desafortunado anuncio del actual estado de alarma, garante de las restricciones sociales, no va asociado al fin de la enfermedad, sino a la desaparición de las necesarias medidas restrictivas de movilidad, que ponen en peligro la salud social. Debería meditarse con más serenidad la utilidad de este recurso constitucional por parte de las autoridades competentes.

Puede ocurrirnos como al errante en el desierto, que ve en el horizonte iluminarias y espejismos por el deseo de salvarse, siendo que no hay otra cosa que dunas interminables y un sol castigador que todo lo abrasa. Seamos sensatos con la realidad de la pandemia y, sobre todo, sigamos siendo cautelosos y empecinados en seguir con las prácticas acostumbradas. Porque el coronavirus aún vive entre nosotros, proyectando su larga y fatídica sombra.

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