Me toca.

 

 

La noticia de que la vacuna AstraZeneca se ha probado eficaz y segura para las personas de edad comprendida entre los 55 y 65 años, me ha cogido desprevenido, y producido alguna inquietud, pues sin duda está más próximo el día de mi vacunación.

Como la inmensa mayoría de españoles, salvo unos pocos, que se han saltado el turno por arte de birlibirloque (prelados eclesiásticos, jefes militares, funcionarios, políticos, ciudadanos de a pie, todos en común, gente follona y malandrina, como diría Cervantes) guardaba cola a la espera de la oportunidad de este momento. Y, llegado, lo confieso, no puedo desprenderme de alguna preocupación. Lo de hacer cola, por otro lado, me trae agridulces recuerdos (la cola que de niños formábamos antes de entrar al colegio bajo la inquisidora mirada del fraile de turno o del profesor adusto; la cola junto a nuestros padres para sacar el billete del tren, que luego el revisor agujereaba apretando los dientes; la cola para recibir el diploma que nos acreditaba para este u otro menester; las colas para todo lo que implica un orden necesario y pautado…). Pero, memorial aparte, la inoculación de la vacuna me crea dos reflexiones.

De elegir, hubiera elegido las otras dos vacunas de la competencia, que se han mostrado seguras sin arrostrar secuelas graves de ninguna clase. Pero, ésta tampoco es peor ni mejor.

Por un lado, la comunidad científica predica las bondades de la vacuna AstraZeneca y subraya la inmunidad que acarrea no solo ante la cepa madre del virus, sino ante las variantes que se han producido a partir de aquella. Acerca de las supuestas secuelas graves y mortales, la Agencia Europea del Medicamento y la Española han determinado que no hay una relación causa-efecto entre la vacuna y las graves reacciones que se han producido, sino una coincidencia en el tiempo de ambos hechos. Además el fallecimiento de una mujer española, joven (mi pésame a sus familiares), ha sido ajeno a la calidad de la vacuna.

Por otro, la solución final al gravísimo problema sanitario que estamos viviendo depende fundamentalmente de la vacunación masiva de todos los ciudadanos del mundo, no solo del entorno europeo, sino de todos los continentes. En tanto en cuanto la vacunación sea una práctica universal, el terrible problema pandémico entrará en el camino de su arreglo. Esto es, la vacunación de cada persona contribuye a la solución final de la pandemia.

Es seguro que la ciencia no se equivoca en estos momentos tan delicados y que todas las vacunas aprobadas merecen el mismo respeto.

Por eso, espero algún día de estos descolgar la tapadera de mi viejo móvil digital, bermejo como el vino, y escuchar la voz que me cite para guardar, una vez más, la cola. En esta ocasión, es la cola de la Vida.

Quedo a la espera.

 

 

 

 

 

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