La Voluntad.

 

 

No solo no hemos podido descender más peldaños en eso que se ha venido a conocer comúnmente como incidencia acumulada, sino que estamos muy lejos del nivel deseable, situado por debajo de 50 contagiados por cada 100.000 personas. Ahora mismo el índice ya supera los 128 de los últimos días y repunta ligeramente con perspectivas de seguir al alza. Deseo que no demasiado.

La realidad no ofrece razones para la mejoría de la enfermedad, más bien lo contrario. Eso hacen pensar, por un lado, las fiestas insensatas –no por ser fiestas, sino por ser extemporáneas- que se producen a diario y, sobre todo, los fines de semana, en las ciudades más masificadas de este país. Por otro, el aminoramiento  de las restricciones de movilidad dentro de los espacios urbanos (toques de queda más menguados, aforos ampliados en restaurantes y bares, apertura de centros de toda clase…) tampoco parece generar condiciones idóneas para la detención de la propagación del coronavirus. Pero, si algo me preocupa, por encima incluso de las ilegalidades o de la vaguedad de las restricciones, es una clase de cansancio o fatiga, no sé si abulia, que empieza a adueñarse de la calle por la situación que vivimos ya hace más de un año.

Sin darme cuenta, vengo a recordar a D. Antonio Azorín, el personaje principal de la novela -singular novela – La Voluntad, que cansado o hastiado de la inutilidad de las acciones humanas en la ciudad, viene a refugiarse en un pueblo castellano para olvidarse de las frustraciones urbanas. Se va diluyendo su espíritu poco a poco, desparece de sus ojos el brillo de la ilusión, y acaba convirtiéndose, cuando por él preguntan, en Antoñico, el marido de Iluminada, no porque sea malo ser el marido de nadie, sino porque en la novela Antonio ha perdido la voluntad de ser un proyecto de vida en permanente transformación, en su caso, la querencia de ser un escritor comprometido y un hombre útil.

Como el personaje azoriniano, corremos el riesgo de disiparnos en esta última etapa de la Covid19, desbrazarnos –quiero decir bajar los brazos- ante todo lo que pasa, sin que reaccionemos con una actitud crítica y constructiva. La mayoría de este pueblo ha cumplido con sus obligaciones ejemplarmente desde el principio de la enfermedad. Ni podemos creer que todo vale, ni renunciar a la exigencia de la praxis socio-sanitaria, que nos ha salvado. Porque, además, las vacunas ya están aquí para devolvernos la esperanza, que nunca debimos ni debemos perder.

 

 

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