Hace un año.

 

 

Hace un año, los españoles echábamos el pestillo a los postigos de nuestras casas para iniciar intra muros el confinamiento más largo que jamás hemos vivido. La causa, la presencia inusitada y sorprendente de un virus letal, el “coronavirus”, que ponía en jaque a todos los países del mundo y, patas arriba, las costumbres, hábitos sociales, normas consuetudinarias, etc. El anuncio lo hizo el presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, que conminaba serenamente a los españoles a un encierro necesario.

Estaba a punto, entonces, de romper la primavera con su paleta fresca de colores y aromas.

Desde hace un año hasta hoy, han pasado muchas cosas, que sin duda no solo han dejado una huella indeleble, sino que para bien o para mal han marcado para siempre las vidas de cada uno. Miedo, incertidumbre, hostigamiento, solidaridad, trabajo, cansancio, sacrificio, impotencia, soledad… y muerte, son palabras que dibujan la estampa multicolor, con predominio de colores oscuros, de estos trescientos sesenta y cincos días vividos.

Si debo apostar por una cualidad de este extraño lienzo, debería destacar el sacrificio de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que formamos este país, que ha determinado que la enfermedad empiece a ser controlada, pero no vencida. Y si debo registrar un vicio o defecto, apuntaría la insolidaridad o el desafecto de algunas minorías que, ya por razones políticas, ideológicas o sin ninguna razón, han contravenido los usos comunes para la solución de la enfermedad.

La situación actual ha cambiado afortunadamente y ya nada tiene que ver con sus albores. Por un lado, la sociedad ha adoptado sin darse cuenta, casi sibilinamente, toda una serie de costumbres higiénicas, que son en parte el sostén del éxito contra la plaga; y por otro, la aparición de las vacunas, como fruto extraordinario de una denodada labor científica, está permitiendo la contención del virus.

Todo en su conjunto, permite atisbar el horizonte inmediato con mayor fe, no solo en la normalización de la vida sanitaria, sino también en el rescate y proyección de la red económica. Eso sí, sin nunca bajar la guardia.

La tarde anterior paseábamos una vez más a través de un camino esmaltado de flores blancas y rosas. A lo lejos, los serrijones calvos lucían bajo un sol radiante, y más cerca, de la vereda del río nos llegaba un fragor suave. Él me miraba sonriente. Ahora, yo también sonrío porque hay luz en esta nueva primavera.

 

 

 

 

 

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