La morgue.

 

 

El relato de la celadora me ha conmovido hasta el tuétano. Mientras circulaba con el coche, una de las emisoras de radio recogía el testimonio de una celadora de hospital, la cual hubo de trasladar a un recién fallecido de Covid, desde la planta en que se encontraba hasta el depósito de cadáveres.

Llevo varios días con esa narración a cuestas, dándole vueltas, como un saco muy pesado, del que aún no he podido desprenderme.

Sola-dice- penetró en el ascensor arrastrando de la camilla, donde yacía imperturbable el cadáver amortajado por una sábana. Las puertas se abrieron y cerraron con ese chirrido monótono de los ascensores muy usados y tuvo la impresión de que la luz del fluorescente alumbraba sobre todo el cuerpo oculto del finado. El tiempo que transcurrió en descender tres plantas le pareció una eternidad. No escuchaba nada y, de repente, se dio cuenta de que su corazón latía muy deprisa. Deseaba que el corazón del muerto también comenzara a funcionar y que, ambos al unísono, como dos campanas, entonaran una dulce salmodia. Pero, solo sentía el latido de su corazón. Pudo darse cuenta de que los pies del muerto perdieron la simetría, pues uno estaba más escorado que otro. Pero no hizo nada porque se sentía incapaz. Por fin, tocó suelo y las puertas volvieron abrirse, pero esta vez con más estrépito todavía que antes.

Un largo y sombrío pasillo-sigue diciendo-, apenas iluminado por bombillas blanquecinas, tuvo que recorrer en solitario, hasta que penetró en la morgue, donde aguardaba un compañero a cuyo cargo estaba la organización y custodia de ese lugar tan especial. Sintió alivio ante la presencia de otro, como ella, y pensó que, era bueno estar acompañada en este lugar. Le sobrecogió el silencio del sótano.

De vuelta,-confiesa-, experimentó, por un lado, la sensación de que una línea muy delgada separa la vida de la muerte y, por otro, de que cualquier muerte es injusta, pero esta lo es más porque no estaba prevista. Al paciente, que ella desplazó, el contagio del virus le sobrevino por casualidad y falleció rápidamente.

Acababa manifestando: “Nunca olvidaré este momento”.

La información que nos suministran los medios de comunicación es que han muerto 513 personas en las últimas veinticuatro horas. Son 513 celadores, que sentirán la pena en el alma, 513 familias que llorarán en silencio las ausencias de sus seres queridos. Pues no se olvide que detrás de las cifras hay personas y dramas.

Y mientras esto pasa, otros al margen., en las playas, en las fiestas, en las calles, ni se enteran. Como si la muerte fuese una broma.

 

 

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