Ser o no ser.

 

 

La situación actual de la pandemia, por decirlo de alguna manera que evite el alarmismo, empeora por días, si bien no se debe tampoco ocultar la difícil realidad por la que estamos pasando. Los datos resultan incontestables: durante la última semana se produjeron 40.777 nuevos contagios y más de dos mil finados, que han dejado dos mil dramas en las familias y allegados. La incidencia acumulada de enfermos ha seguido una desgarradora trayectoria ascendente hasta alcanzar al día de hoy más de ochocientos casos de media. El efecto generado sobre la asistencia hospitalaria es también proporcional. Las UCIS están por encima del 50 % de enfermos Covid19 y retorna, por ende, el desaliento, la fatiga y la impotencia de todos los profesionales sanitarios, garantes de nuestra supervivencia siempre y, especialmente, ahora. Y por si quedara alguna duda, los expertos vaticinan que aún no se ha tocado techo y que aguardan semanas muy duras.

Se vive, como consecuencia, el  período más crítico de la pandemia desde el inicio del verano.

Ante las calamidades de cualquier clase, las buenas prácticas aconsejan prudencia, sensatez  y, sobretodo, que sean los expertos quienes señalen las soluciones para la reorientación de la crisis. Llevo escuchando con mucha atención a la ciencia médico-sanitaria acerca de las soluciones que deberían arbitrarse desde la política para el control y amejoramiento de la enfermedad, que se resumen en dos ideas fundamentales: Confinamiento domiciliario y aceleramiento de las vacunas.

Es cierto que los políticos rehúyen esta clase de encierro claustral por el temor del derrumbe económico. Pero, la oportunidad de un confinamiento más corto demuestra, como ha sucedido en países de nuestro entorno, que el soporte económico no se resentiría tanto como en la era del marzo pasado. Por otro lado, no se olvide que sin salud no hay esperanza económica.

Las vacunas deben suministrarse a los ciudadanos con mayor rapidez, para lo cual hay que poner en marcha los recursos oportunos al alcance, a saber, movilización de mayor personal sanitario y uso de otras instalaciones públicas y privadas donde aquellas se apliquen (polideportivos, salas de auditorio, bibliotecas etc.).

Si, por causas diversas que no vienen al caso mentar, hemos llegado a una situación endemoniada de trágicas consecuencias, es preciso que el Gobierno de España tome la iniciativa y adopte sin dilación las medidas mejores y más eficaces.

Porque está en juego el ser o no ser, la esperanza o la enfermedad, la vida o la muerte de sus gobernados. Casi nada.

 

 

 

 

 

 

 

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