15 de Enero.

 

 

Por entonces, quedaba poco tiempo para que se produjese el feliz e irreversible acontecimiento, es ya un lugar común decir lo de feliz. Lo cierto es que ¿quién podía imaginar que en un día como aquel, al cabo del tiempo, íbamos a estar en plena guerra, luchando a brazo partido contra la pandemia más terrible de los últimos cien años, acaso librando la peor de las batallas?

La magnitud que está alcanzando la crisis del coronavirus nos sitúan ya en una tercera y fatídica ola, con la que se está batiendo la sociedad entera. Las cifras no engañan: 39.000 nuevos contagios, un índice acumulado de 500 personas por 100.000 habitantes, más de 18.000 personas hospìtalizadas, 200 fallecidos en las últimas veinticuatro horas. La estadística es elocuente al respecto.

Si se abre una mirada al mundo, el panorama sanitario es desmoralizador: EEUU alcanza 23 millones de contagios, la India 11 millones, Brasil 8,2, Rusia y Reino Unido pasan juntos de los 3 millones, etc. Globalmente, este planeta presenta los escalofriantes números de 93 millones de casos contagiados y 2 millones de muertos, siendo datos oficiales, pues la realidad siempre es más dura.

Poniendo el acento en nuestro país, se observa un axioma inquebrantable: las dos últimas olas, por seguir la metáfora marina, se han producido después de las vacaciones veraniegas y las fiestas navideñas, es decir, la enfermedad se hace más fuerte, consistente y letal cuando una parte de la sociedad se relaja y evita las reglas de comportamiento sanitario. En consecuencia, la pandemia se propaga por la acción irresponsable de algunos ciudadanos y, colateralmente, por el “buenismo” de los poderes públicos, que deben adoptar medidas más restrictivas, siguiendo las prescripciones de la comunidad científica en su mayoría.

Alguien puede opinar, y en su derecho está, que las vacunas pondrán punto y final al problema en un plazo razonable, pero lo cierto es que mientras llega ese día, muchos otros padecerán las secuelas y los embates de la enfermedad, incluso con su propia muerte.

O se es más responsable individual y socialmente, o aún pasaremos momentos muy dolorosos. Debemos elegir.

En la fría medianoche del 15 de enero de un año ya olvidado, llegué a este mundo para alojarme en él, pero nunca imaginé que esta pandemia causara tanto daño.

 

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