La nevada del siglo.

 

 

La tengo presente como si fuese ayer, y eso que han pasado cincuenta años más o menos. Desde el otero, donde la iglesia asentaba sus reales, podía verse solo un paisaje blanco, apenas descolorido por las trazas arrugadas de las ramas negras de los árboles. Hasta allí me llevó Esteban, el Pintu, como lo llamaban, para presentarme orgulloso la magnífica estampa del pueblo en el que nació y vivió parte de su vida.

No se apreciaban los contornos ni los relieves de la aldea, todo estaba envuelto en el tupido manto de la nieve. Tan solo el humo gris de las chimeneas, que ascendía en volutas desiguales, delataba la presencia de alguien que allí vivía. Por la derecha, en una extensa campera, la fuente había dejado de manar agua pues, más arriba, el manantial estaba congelado. Lo mismo le ocurrió al río que se despeñaba desde la cima de monte y que, a la entrada del pueblo, formaba un tablado helado.

Ni siquiera, rompía la quietud de la escena el sonido de ningún animal. A lo sumo, salía de las cuadras el mugido lánguido y monótono de las vacas, que echaban de menos la verdura de los pastos. O el piar intermitente de algún pajarillo que buscaba la parada del nido en los setos, al abrigaño del frío. Eso sí, sobre las bardas de los tapìales, que rodeaban las huertas, se posaban las chovas con sus luctuosas figuras, a la espera de algún grano con el que saciar el hambre.

El pueblo, que se apretaba vertical sobre la vertiente del monte, mitad leonés, mitad asturiano, resplandecía brillante como las impolutas coladas, que las mujeres extendían in illo tempore al lado del lavadero.

Con la llegada de la profunda e intensa borrasca de estos días, llegan una vez más los recuerdos, probablemente idealizados por el paso del tiempo.

Hoy, sin duda, la actualidad es más hiriente. La nieve, la gran nevada de este siglo, ha añadido a lo que ya tenemos un sinfín de problemas e inconvenientes, que causan graves daños a los ciudadanos (fallecidos, aislamientos de hospitales y centros educativos, desorientación de transportistas, gentes sin electricidad, carestía y desabastecimiento de alimentos, atropellamiento en las redes hospitalarias de nuevos enfermos…).

Y aún más, el palio blanco ha sepultado a nuestros pueblos, aldeas y ciudades, pero no ha podido soterrar, mal que nos pese, la dolorosa pandemia, con la que llevamos peleando desde hace algunos meses.

Desde luego, esta nieve dista de ser aquella de antaño, a la que algunos nos aferramos para seguir imaginando que somos niños.

 

 

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