Un acto de conciencia.

 

 

Esta mañana, la Agencia Europea del Medicamento ha aprobado  la bonhomía de la vacuna Pfizer contra el coronavirus, convirtiéndose en la vacuna más rápidamente gestada en la historia de la ciencia. No por eso, ha sido peor el resultado, pues las voces científicas acreditadas afirman que se trata de una vacuna segura y ampliamente eficaz.

Las noticias anuncian que el día veintiséis las vacunas se repartirán a la Comunidad Europea y que el veintisiete ya se podrán suministrar a los grupos más necesitadas en principio (sanitarios, residentes geriátricos, discapacitados, enfermos severos…), y a los demás, posteriormente. Se calcula que para el próximo verano podríamos estar inoculados un porcentaje mayoritario de la población europea.

Me ha sorprendido gratamente el hecho de que, según se va acercando la data de la vacunación, aumenta la población que desea acogerse a su beneficio. La explicación no es solo que no haya ningún otro paliativo para doblegar el virus, sino que cada vez más se propaga la idea de que las vacunas sirven, y en consecuencia, curan la enfermedad.

Pero, siempre hay quienes al filo de lo marginal consideran que todo es una burda mentira: “no existe el coronavirus”, manifiestan algunos; “las vacunas son cantos de sirena, baladíes e incluso, letales”, dicen otros. Nada se puede argumentar a quienes se creen en la posesión del dogma y de la verdad, ni mucho menos convencer de otras razones ajenas a las suyas. Por eso, habrá que considerar un triunfo social y sanitario que la mayoría tome la senda de la aceptación de la vacuna como solución de esta acre pandemia.

Se echa de menos, sin embargo, que las vacunas no sean universales y lleguen a todos por igual, a las tribus angoleñas, a los ancianos de Burundi, a los niños etíopes, o a los enfermos de cualquier otra etnia desarrapada y pobre. Para esto no hay disculpas, de manera que las instituciones europeas, si se desea hacer justicia de verdad, deben promover la vacunación gratuita y universal más allá de sus caprichosas fronteras.

Por eso, se me hace aún más incomprensible el desprecio por las vacunas que muestran determinados grupos de nuestro entorno, mientras que la inmensa mayoría de seres humanos de otros continentes ni siquiera puede ejercer el derecho a recibirlas. Es como arrojar los alimentos a un vertedero, mientras que los pobres se mueren de hambre. Así de crudo.

 

 

 

 

 

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s