Más Estado.

 

 

Ha vuelto a arreciar la tempestad con fuerza sobre toda Europa y se teme que podamos estar en el umbral de la tercera ola de la pandemia. Francia e Italia han doblado en veinticuatro horas el número de contagiados; en Alemania sigue subiendo la incidencia de enfermos. Y España, después del puente festivo, toma otra vez la senda del repunte, pues han fallecido casi cuatrocientas personas en las últimas veinticuatro horas.

Paralelamente, los hospitales están registrando mayor ocupación de camas y las UCIS poco a poco se van llenando sin remedio.

Como remate, la larga sombra de la Navidad –de por sí bienhechora- amenaza con un panorama más sombrío todavía.

En este desolado y patético contexto, los gobiernos de los principales países europeos intentan, por un lado, que la sociedad se conciencie de la necesidad de protegerse y guardarse del coronavirus, desplegando toda la pedagogía al uso, y por otro, acometen medidas disciplinarias y coercitivas que obligan al cumplimiento de las normas sanitarias.

Pero, a la vista de que en los últimos días no todo el mundo responde con la misma responsabilidad, y dada la gravedad en alza de la situación, las autoridades políticas han elegido legítima y legalmente el camino de la imposición y la vía de la fuerza restrictiva (confinamientos obligatorios, cierre de restaurantes y centros de ocio, toques de queda, estados se alarma, etc. etc.).

Hay quienes ven en estas decisiones ataques directos a las libertades y derechos fundamentales de las personas, pero se trata de medidas concordantes con las Constituciones Democráticas de cada país, de carácter temporal, previstas para situaciones excepcionales, como la presente crisis sanitaria. Toda vez que las circunstancias cambien para bien, las restricciones también desaparecerán.

Las democracias verdaderas se distinguen por un racional y difícil equilibrio entre el intervencionismo y liberalismo de los poderes públicos. Es en esta ocasión cuando el Estado debe arbitrar una batería de medidas conducentes a la protección de la salud pública, la de todos, y darles carta de naturaleza real mediante su exigencia.

Muchos, aún, no se han enterado, ni siquiera lo intentan.

 

 

 

 

 

 

 

 

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