Margaret Keenan.

 

 

Era hasta hoy una ciudadana anónima, pero de repente, en un abrir y cerrar de ojos, se ha convertido en una mujer célebre. Sucedía en el Hospital inglés de Coventry que Margaret Keenan, de noventa años, una mujer de aspecto tierno, arrezagada en un sillón azul, era la primera persona en el Reino Unido y en Europa que recibía la vacuna anticovid-19.

Las sensaciones que se fundieron en ese momento, ella misma las reconoce: incredulidad (“¿por qué yo y no otra?”), seguridad (“a mí no me va a pasar nada, confío en la ciencia”) y felicidad (“podré estar las navidades con mi familia, después de varios meses de soledad”).

Abandonaba el recinto hospitalario en medio de la ovación de los sanitarios, arropada como una heroína involuntaria, a la que el azar puso allí.

Su despedida no tenía desperdicio. Comentaba que todos debemos emularla, e invitaba a  seguir sus pasos, porque la enfermedad solo puede dominarse mediante el extraordinario remedio de la vacuna. No decía nada de otro mundo, aunque a algunos les rechine en el oído, pues las vacunas han sido la terapia más eficaz contra enfermedades que asolaron al mundo y solo derrotadas por su acción benéfica (la poliomielitis, la difteria, la viruela, el tétanos, el sarampión, la varicela…). Pero Margaret tuvo la sabiduría de decirlo a sus noventa años, frontera en la que se empieza a ser verdaderamente sabio.

Debo anotar también la rapidez con que el Reino Unido actúa en la aplicación del remedio, mientras que el resto de Europa aguarda las publicaciones y aprobaciones de los organismos competentes. No ha sido, sin embargo, un paso en el vacío, pues las vacunas han sido positivamente valoradas por la Agencias de Alimentos y Medicamentos de EEUU y por la correspondiente inglesa Regulatoria de Medicamentos. A mí, que tengo a Inglaterra por un Estado peculiar, ornado de sus luces y sombras, como cualquier otro, me parece que ha acertado en esta ocasión y que el adelanto sopesado de la vacunación a sus compatriotas evitará daños mayores, sobretodo, ante las fiestas navideñas.

Por lo pronto, me quedo con la figura entrañable de una mujer nonagenaria que, vestida con una camiseta azul de niña, saludaba a todos con un canto a la vida.

Y en tanto llega la ocasión de vacunarnos, seamos cuidadosos porque la salud común y personal, que es lo principal, aún puede empeorar más.

 

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