Otras Navidades.

 

 

Ahora que los vientos fríos del norte llegan con su clamor intempestivo, ahora que la pandemia sigue azotando infame a todo lo que vive, se proyecta sobre este panorama sombrío la sombra de la próxima Navidad. Evidentemente, su celebración no puede ser igual que las anteriores, pues las circunstancias sanitarias son otras y, en consecuencia, deben cambiar los hábitos sociales de la comunidad mundial. La forma de vida ha variado desde que se alertó del peligro y las navidades no son una excepción. Por eso, deben extremarse sobremanera las medidas higiénicas y la conducta intachable en los lances interpersonales.

En definitiva, las fiestas por venir, en casa y con los de siempre, con los convivientes, porque más ya son multitud. Todo, en aras del bien común.

Pero nada es en vano. Quiero decir, la idiosincrasia de la cercana Navidad no me resulta ajena, pues la canción de esa extraña corriente la conozco.

Hace tiempo, quizás demasiado, los años pasan deprisa, las navidades de la infancia y primera juventud eran singulares. A la tarde de Nochebuena, desapacible y pertinazmente lluviosa en la mansa Asturias, tomábamos el tren de vía estrecha para llegar a la estación del Berrón. De allí, a pie, culebreábamos por los senderos y trochas de los prados hasta que, al franquear la última curva de la carretera, se mostraba bajo las frondas de la arboleda la casona de los tíos Ángeles y José Mª, junto al viejo y destartalado molino. Mi padre llevaba en una cesta apañada de mimbre el regalo de la Navidad para la familia de su hermana, una botella de anís, otra de coñac y algunos turrones, blandos y de almendra. Pasábamos un instante y retornábamos por el mismo sitio porque había que estar en casa para la cena de Navidad. Como agradecimiento, nos alargaban un pitu caleya , una gallina criada con maíz en la campiña, que comíamos al día siguiente en la sopa y en el guiso. La cena era frugal, sencilla y sin alharacas. A veces, somnoliento y con el frío en el cuerpo, bajábamos a misa de gallo.

La historia resulta, cuando menos, curiosa por las coincidencias involuntarias. Al cabo del tiempo, volveré a los comienzos: No habrá viajes a ningún sitio, ni intercambios de regalos entre familiares, ni misas adonde ir a dormitar un rato, pero sí habrá una Navidad humilde, austera y sin ningún ruido, a solapo del bullicio festivalero, como las de antaño. Estaremos solos, en casa, recogidos los cuatro que formamos la familia, a salvo de las acometidas de este virus, que se resiste cruelmente a dejarnos.

Pero, pronto será un recuerdo como todo. Eso sí, un nefando recuerdo.

 

 

 

 

 

 

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