Luces y sombras.

 

 

Las noticias que nos llegan en los últimos días sobre la eficacia de las primeras vacunas contra el coronavirus son, cuando menos, esperanzadoras. En un momento en que la situación sanitaria ha empeorado notablemente en el mundo, y particularmente en España, donde día a día crece el nivel de contagios y los hospitales están a punto de colapsarse, como en las peores semanas de la primera oleada de la pandemia, se alza a los cuatro vientos la primicia del hallazgo de la vacuna redentora. Es como estar contra las cuerdas, y tocar la campana, que nos lleva al rincón. Sin duda, es la luz al final del sombrío paseo, que se entrevera entre las ramas de la espesa arboleda.

Llama la atención curiosamente que las vacunas hasta ahora eran elaboradas paciente y metódicamente, como los mejores vinos, a lo largo de varios años de dura y laboriosa investigación. Pero, como si fuese por arte de magia, que no lo es obviamente, las que deben vencer al coronavirus, han sido fábrica de pocos meses. Nunca antes se había conseguido tamaño éxito científico en tan poco tiempo.

Pero, me rondan algunos reconcomios. Por ejemplo, decía en un medio de comunicación un importante virólogo, profesor en la Universidad de Valladolid, que a propósito de estas vacunas aún no se había realizado ninguna publicación científica que explicase y comentase a toda la comunidad científica la bondad de las mismas. Parece que es un requisito necesario en que los descubrimientos de la ciencia deben desenvolverse. También es un hecho cierto que las industrias farmacéuticas han volcado millonarias inversiones en la investigación, y que hay mucha prisa en recoger los beneficios, más millonarios todavía. En consecuencia, comentaba el profesor, el anuncio del importante hallazgo parece algo prematuro, habiendo sido deseable retrasar unas semanas más el anuncio del “milagro” de la vacuna.

Hay otra cuestión muy importante. Mientras llega el momento en que todos o la mayoría seamos vacunados, el virus aún permanece a día de hoy entre nosotros, sigue mortalmente vivo, transmitiéndose cada vez con mayor facilidad y malas artes, y dejando tras de sí tierra quemada y mucha pena.

Es por lo que aún no debemos proclamar la victoria; y, por el contrario, hemos de estar vigilantes y atentos, observando, si cabe con mayor rigor, las conductas sanitarias ya conocidas, y que, probablemente, nos acompañen durante mucho más tiempo.

Lo malo es que hay algunos que no han comprendido, ni quieren entender, que vivimos una de las peores calamidades de los últimos ciento veinte años, negando lo evidente o dejándose llevar por la comodidad o el interés.

La sociedad saldrá adelante, incluso, a pesar de ellos.

 

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