Vivir en la costana.

 

 

Llevamos un tiempo-que parece eterno- enharinados hasta los tuétanos con esta crisis epidemiológica, que no deja de acecharnos como cruel enemigo. El verano parecía que nos había dado una tregua, la calma que precede a la tempestad,  y que por arte de magia el mal se había ido a otra parte, para nuestra bonanza y paz. Pero con el paisaje ambarino del otoño y los inoportunos aguaceros, la calamidad ha mostrado una vez más su peor rostro airado para sumirnos otra vez en el caos y el dolor. Nuevamente, a cuestas, con las cifras diarias de contagios, personas fallecidas, hospitales al límite de su aforo, sanitarios enfadados y cansados…No, no pienso en esta ocasión por qué esto es así, sino simplemente en que esto es como es y no tiene más vueltas ni recorrido. Aquí y ahora estamos todos, y todos debemos de salir de esta sin hacer distingos ni establecer diferencias por razón de nada, recolectando incluso a quienes siguen haciendo facecias con la grave situación sanitaria del país o del mundo.

Yo vivía de niño en una casita en las afueras del reducto urbano, justo en una de las laderas que tiraban a  los montes, de jugosas fuentes y prados, cuyo único mundo eran tres calles, donde pasábamos los días jugando, la de abajo, la de en medio y la de arriba. Una costanilla separaba unas de otras. A veces, sentía el deseo de emular las hazañas de los héroes de las películas o de los cómics, y, empuñando en una mano una espada de plástico de “romanos” y en la otra un escudo imaginario, subía zigzagueando la cuesta dando palos al aire como si luchara contra cien bárbaros y a todos matando. Al llegar a la plana, entonces gritaba con timbre agudo: “¡He vencido! ¡He vencido! ¡Yujuuu!.

Esto lo recordé hace dos años subiendo una penosa rampa, la del Sapo, entre las aldeas de O Lastra y A Degolada, en la provincia de Lugo, con motivo del viaje a pie que hice entre Oviedo y Santiago. Ni siquiera, lo intuía. Pero en esa ocasión, como un fanal que iluminara un rincón  perdido en el tiempo, emergió ese recuerdo. Porque caminar es, sobre todo, recordar.

Ahora, vivimos en una costana de dura escalada, que parece no tiene fin, pues no se ve aún el llano. No se trata de luchar contra nadie, sino es contra el virus, ni desplegar ninguna acción bélica, pero sí hemos de subir poco a poco la cuesta, evitando los descalabros, asumiendo los deberes personales y sociales, para que todos salgamos airosos y podamos elevar al cielo el grito jubiloso: ¡“Hemos vencido! “. El bien común nos lo exige.

Sin duda, así habrá de suceder, más pronto que tarde, aunque alguna persona más se regazará, y quedará desgraciadamente en la subida de la costana, sin fuerzas y ya sin aliento.

 

 

 

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