España, más golpeada.

 

 

He pasado el verano más anómalo de mi vida, pues sigo agazapado, junto a mi hijo, en el tollo del que nos hemos provisto desde el principio del confinamiento, allá por el 14 de marzo de este año.

Ahora, a día de hoy, en la ventosa madrugada del otoño, cuando los escolares comienzan a contar tristes tras los cristales, el virus sigue atacando con la misma virulencia con que lo hizo no ha mucho tiempo. Y eso, que algunos creían que todo había pasado y que la enfermedad ya estaba caduca. Tal vez ese es el error. Porque España es el país europeo con mayor número de infectados y de muertes provocados por el coronavirus.

España es un amable territorio del sur de Europa, cálido, abierto y hospitalario. Yo tenía a la España de la democracia, a las Españas, por un lugar o lugares especialmente sensibles al amor. Un país amador. Pero, me equivoqué. Como tantas veces a lo largo de mi vida.

He visto largarse de veraneo a multitud de gentes, nuestra clase media, que guardaban como siempre colas a las salidas y entradas de las ciudades, porque no podían privarse de las vacaciones. He visto playas tomadas por multitudes, como si nada estuviera pasando. He visto tumultos irresponsables durante las noches al raso o en ámbitos cerrados,  ajenos al grave problema de salud que nos afecta. He visto reuniones de seres, ¿queridos?, sin ninguna preocupación por el doloroso presente.

Y aún más. Mientras una parte de la sociedad da la espalda a la salud y al verdadero bienestar común, las instituciones abandonan su obligada responsabilidad con los ciudadanos. ¿ O es que los centros de atención primaria, carentes de personal, no cuentan como diques de contención de la terrible marea vírica? ¿O los rastreadores no cuentan para nada para los directores de esta película? ¿ Y por qué los hospitales no se han reforzado con el personal sanitario suficiente para atender las necesidades a futuro?

Porque, una sociedad que no se cuida así misma, es una sociedad que no se quiere ni quiere.

Hallo en todo esto una España de charanga y pandereta, zaragatera, que me decepciona, Pero espero, que sobre ella retome el vuelo la otra España de la rabia y de la idea, que me esperanza.

Mientras tanto, sigo apegado a este rincón con mi hijo, en el tollo, al que no quiero que le pase nada.

 

 

 

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