¿Qué está fallando?

 

 

Sin alarmismos ni paroxismos, pero con franqueza: ¿Qué estamos haciendo mal para que cada día superemos el número de contagios, y estemos al borde de la segunda oleada de la enfermedad? ¿Por qué este país parece que no ha aprendido casi nada del enclaustramiento a que nos ha llevado la pandemia?

Encuentro que la respuesta  no es ardua. Lo que sucede es que hay cierto prejuicio en utilizar la palabra pintiparada, que explica la razón fundamental de esta desescalada loca. Me refiero a la palabra “irresponsabilidad” de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-, a los que el bien común les importa un bledo.

En esta era de sobrecomunicación –a veces indigesta- se visualizan situaciones grotescas y estrambóticas: calles, plazas y bulevares, colmados de gentes sin ninguna protección; playas, ríos y piscinas, arquetipos de qué no debe hacerse en momentos de transmisión vírica; otra vez , por enésima vez, tumultos incontrolados de jóvenes en actitud de idolatría a la diosa botella –hay dioses más provechosos-; celebración de reuniones familiares y amistosas en la creencia de que el amor o la emotividad espantan al diablo matón; bares y tabernas descontroladas y carentes de una necesaria organización; discotecas y otros aditamentos de la vida nocturna, al margen de las medidas exigidas por las autoridades sanitarias. En suma, se vive como si no existiera el virus mortal, a sabiendas de que ya ha habido por lo menos 28.000 fallecidos en España, 600.000 en el mundo.

No es falta menor que la irresponsabilidad de algunos ciudadanos –no sé cuántos-, lleva parejo el desdén o desprecio por el bien común. Porque quien actúa irresponsablemente, tampoco piensa en la salud del prójimo.

Y mientras el nudo gordiano del problema es la negligencia de algunos, todavía otros siguen empecinados en culpar únicamente de la presente situación sanitaria a la falta de controles y medidas de los gobiernos autonómicos y central, a la administración en general. Sin quitar un ápice de responsabilidad a las instituciones, que también han de adoptar medidas más eficaces, nadie dude de que el problema hunde sus raíces en la actuación irresponsable de algunos ciudadanos –no sé si muchos o pocos-.

Toda una vida dedicada a la inculcación a nuestros jóvenes- que con el tiempo se han hecho mayores- de la asunción de la responsabilidad por lo común, para obtener tan baja puntuación en los momentos más difíciles. A lo mejor es que hemos insistido poco. O no lo hemos hecho bien.

 

 

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