El 16 de julio.

 

 

 

Ayer,16 de julio, tuvo lugar en el Palacio de Oriente el merecido y obligado homenaje a los fallecidos por la pandemia. Sin duda, había que hacerlo en algún momento pero, en mi opinión, este importante acontecimiento hay que dejarlo abierto simbólicamente, pues son muchas las personas que siguen y seguirán, por desgracia, siendo víctimas mortales de este enemigo invisible.

Al acto, en el que fueron protagonistas los sectores civiles sobre los que gravita el peso principal de esta crisis, asistieron instituciones y adalides europeos, además de nuestras instituciones nacionales y sus representantes, hecho por el que se ha querido reconocer el carácter universal del problema. Pues debe repetirse, aunque sea de Perogrullo, que la pandemia es un asunto global, que ya arroja las delirantes y sufridas cifras de trece millones de infectados y seiscientos mil muertos al día de hoy, en el mundo. ¿No es suficiente para que algunos mandatarios con nombre propio y otros ciudadanos anónimos, se lo tomen de una vez  en serio? ¿O es que no les importa nada la vida de los demás seres humanos e, incluso, la suya propia? Pudiera ser.

Con esta importante actuación se han pretendido varios objetivos: primero, recordar a las víctimas, muchas de las cuales han fallecido en dolorosisimas circunstancias, al faltarles la presencia de sus familiares y allegados en tan señalado tránsito. En su lugar, el personal sanitario ha ejercido una ímproba labor humana, sustituyendo en la medida de lo posible a los caros ausentes. Segundo, visibilizar la dignidad de estas personas, devolverles el honor y la estima de toda la sociedad, consternada por lo ocurrido. Tercero, solidarizarse con el duelo de los familiares de los fallecidos. Y por último, manifestar la unidad del pueblo y de sus instituciones en esta lid, silenciosa y cruenta. Que no se pierda.

Pero al homenaje a todos los caídos sin excepción, e incluso a los que pudieran no estar en las listas oficiales, faltaron las cabezas visibles de algunos partidos, que siempre encuentran una excusa para eludir las grandes responsabilidades de esta democracia. Es una pincelada más, que poco a poco va perfilando ese autorretrato esperpéntico, en que se mueven determinados partidos en España.

 

 

 

 

 

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