Vuelta a lo mismo.

 

La salida de vehículos de las grandes ciudades durante estos días en busca de las soñadas vacaciones ha sido frenética, incluso desesperada. Cuatro millones y medio de coches colapsaban una vez más las principales vías de salida en la ciudad de Madrid –y pensaba que “de Madrid al cielo”, no al pueblo o la playa-, en dirección a los lugares veraniegos de destino. Y lo mismo puede decirse de Barcelona, Valencia, Sevilla, eso que se ha venido a llamar las metrópolis españolas.

Pero, si por tierra se tomaban las carreteras, por el aire otro tanto ocurría con los aviones. Se han abierto los corredores europeos de turistas, y ya son muchos cientos de vuelos los que se registran cada día en nuestros aeropuertos.

Inopinadamente se ha pasado del encierro doméstico a la desbandada general por tierra, mar y aire. ¡Quién lo diría! Porque el problema de la infección del virus que nos atañe desde Marzo,  incluso antes, aún no se ha resuelto, y por lo tanto, debería esperarse mayor responsabilidad en la población. Los resultados empiezan tempranamente a manifestarse con los primeros rebrotes de contagio, que sin duda aumentarán a medida los ciudadanos incrementen su presencia en las calles, plazas, playas, bares y piscinas de nuestro país.

Pero, todavía no se ha cerrado la gravísima pandemia, y volvemos a repetir desgraciadamente los esquemas de siempre: Largas procesiones de coches a la entrada y salida de las urbes, accidentes mortales en las vías, innumerables aviones repletos surcando los cielos…No hemos salido de una crisis, y nos metemos en otra, aunque sea ya muy antigua. Me refiero al problema de la contaminación, que está generando penosas consecuencias, como es el cambio climático.

Me acuerdo de un terrible y descorazonador dato que encontré hace tiempo en el discurso de ingreso a la Academia de la Lengua del excelente narrador Miguel Delibes. Señalaba que un avión que hace el vuelo de París a New York en seis horas, consume una cantidad de oxígeno equivalente al que realizan 25.000 personas en ese mismo tiempo. Multiplicado ese consumo por los cientos de vuelos diarios, entiendo que el oxígeno sea cada vez más un bien escaso. Por no hablar del efecto invernadero, y en consecuencia, del cambio del clima a nivel mundial.

No me siento optimista ni pesimista. El crudo realismo constata que, a lo mejor, hemos aprendido muy poco durante el confinamiento obligado y necesario de estos tres meses pasados. En resumidas cuentas, que se hace cierto lo de los ejercicios espirituales de mi generación: salíamos con las mejores intenciones, pero al rato aquellos primores de filantropía se diluían, se iban por el desagüe del olvido. ¡Qué lástima!

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s