Calles vacías, calles llenas.

 

 

Sin duda, el contraste es notable. Son dos escenarios opuestos, como lo son el cielo inacabable y la tierra finita, el día incólume y la noche oscura.

A la llegada a Alcalá de Henares, la vía Complutense era una larga avenida, solo ocupada por coches aparcados, en la que no había ninguna presencia humana. Allí hube de desplazarme por un deber inexcusable, a principios del mes de abril, cuando el confinamiento estaba en su momento más álgido y la pandemia registraba día tras día elevadisimas cifras de fallecimientos. Todos vivíamos a la sazón aquella situación con verdadera angustia. Quise salirme de la ruta y retrasar, aunque fuese solo por unos minutos, la llegada al punto de destino, por el prurito de ver una vez más el centro histórico de esta espléndida ciudad, Patrimonio de la Humanidad.

La calle Mayor porticada, de viejos y achacosos soportales, se prolongaba alargada en medio de un silencio estrepitoso, solo transida imaginariamente por los numerosos e ilustres personajes de ayer y de hoy (Lope, Quevedo, Nebrija, Cisneros). Rectangular, la plaza Mayor, antaño mercado central, tan solo estaba ocupada por la estatua de D. Miguel de Cervantes, erguido sobre un alto pedestal blanco, y vestido a la usanza de la época dorada de la literatura española. Enfrente, el corral de comedias esperaba mejores días. Tampoco había nadie ante la impresionante fachada de la universidad, que había echado los postigos y cerrado las aulas hasta mejor ver.

La visión del vacío y la soledad que pude percibir en Alcalá, parecería un sueño (onírica), propio de una película, si no fuera que una terrible pandemia había dejado desiertas las calles y las plazas de nuestros pueblos y ciudades.

Ahora, volvemos a salir, ocupar los espacios rurales y urbanos, escuchar el bullicio de los transeúntes, el ruido apacible y desapacible que todas las ciudades del mundo son capaces de producir, en fin. Me imagino que Alcalá ha vuelto a sentir el pulso de la vida, una vez más.

Pero no hay que engañarse: Solos o acompañados, la pandemia aún no ha sido doblegada, por desgracia. Por eso, todos, sin excepción, debemos extremar los cuidados para que esto pase lo antes posible. Los demás, la especie humana, merecen este sacrificio.

 

 

 

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