Vida insólita.

 

 

Acabamos de recuperar lo que teníamos antes del 14 de marzo, es decir, la vida normal de cada jornada. Se acabó el confinamiento -esperemos que no tenga que repetirse- y salimos a la luz del día con el ánimo de vivir a fondo cada minuto que se nos regala. Como gazapos que salen de la madriguera, husmeamos el viento, algo cálido por estas fechas, y damos titubeantes los primeros pasos fuera del abrigo del cubil.

Todo sigue igual, al menos lo aparente, lo sensual, es decir, lo que nos entra por los cinco sentidos (el kiosco sigue en la plaza, los aleros descalabrados del viejo palacete aún siguen amenazando al viandante…), pero han cambiado algunas cosas anímicamente. Por ejemplo, el duelo inevitable de los fallecidos por la pandemia, la percepción de la prevalencia de la investigación y el desarrollo científico-sanitario, la unción de la unidad de todos contra el enemigo común, la asunción positiva del carpe diem porque no sé qué puede suceder mañana, el aprecio de las buenas gentes solidarias, etc. etc. Esto es lo que le sucede a la mayoría, pienso, en estos momentos de vuelta a la normalidad.

Sin embargo, como recién salidos de los nidales, debemos permanecer atentos, vigilantes, porque el peligro que nos obligó a enclaustrarnos en las casas aún sigue vivo, incluso redivivo, dispuesto a seguir asesinando impunemente.

Y muchas son las formas o maneras como ataca. Por ser breve, las fiestas masivas, botellones y fiestas particulares, suponen un riesgo evidente para la propagación del taimado; las playas atiborradas de bañistas sin orden ni control aumentan las posibilidades de contagio; la utilización masiva del transporte público y privado, al margen de las medidas profilácticas, incrementan el peligro. Y una larga lista, que se obvia.

Tomar las calles, viajar a destinos deseados, encontrarnos con los seres queridos, no es en este delicado momento retomar la vida como hasta ahora lo habíamos hecho. Más bien, es tomar la vida como algo insólito, que obliga a adaptarnos al nuevo estado de cosas y modificar los hábitos pequeños o grandes.

La vida sigue estando en juego.

 

 

 

 

 

 

 

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