La unidad nos hace fuertes.

 

 

El próximo 21, a las 00,00 h.,  acaba el estado de alarma y, por lo tanto, algunas medidas restrictivas que se han aplicado durante este período. Especialmente notable será la libre circulación de todos los ciudadanos a través del territorio, lo que supone la devolución de este derecho básico, suspendido que no eliminado, por mor de la necesidad sanitaria.

Acaba una manera especial de aplicación de la Constitución, pero no una forma de vida, pues las normas preventivas de contagio deben seguir aplicándose porque la infección y enfermedad provocados por el funesto virus aún no se han eliminado desgraciadamente. Es más, a partir del 21, será urgente extremar la praxis sanitaria a que nos hemos acostumbrado, porque las actividades sociales, laborales y lúdicas aumentarán las probabilidades de contagio.

Puede afirmarse con toda rotundidad que el éxito de la reducción del contagio ha sido/sigue siendo la irreprochable unidad de todos los españoles en el seguimiento generalizado del confinamiento. Excepciones ha habido, pero, por fortuna, pocas. Las familias, agrupadas bajo el signo de la lucha contra el aislamiento del virus mortal, unidas en torno a esa bandera anti-muerte, asumimos las tareas caseras, siendo capaces de desplegar toda clase de acciones para atender las necesidades intramuros (educación de hijos, atención a sus necesidades, tareas laborales, compartimiento de vida…).

Sin embargo, hay que decir con dolor y tristeza que la unidad no ha estado presente en los políticos que nos representan. He podido y he querido seguir, mañana y tarde, cada uno de los debates parlamentarios planteados con ocasión de las peticiones del gobierno de prórroga del estado de alarma, y la conclusión siempre la misma: Me atribula la ausencia de unidad. Contraste estrepitoso y amargo entre la unidad del pueblo y la desunión de los políticos.

Recuerdo un suceso aparentemente banal, pero que, bien mirado, no lo es. Todos los días, muchos jóvenes de la cuenca de Langreo nos desplazábamos a Oviedo en autobús para asistir a las clases en la universidad. Una de aquellas mañanas, invernales, noté un soplo de aire gélido por una de las ventanas. Alcé la mano y quise cerrarla, pero el cristal de la ventanilla no se movía. Por detrás, la mano de otro muchacho se sumó a la mía, éramos dos tirando fuerte en la misma dirección, y la ventana por fin se selló. Él comentó: “La unión hace la fuerza”. A pesar del tiempo y del espacio, seguimos siendo buenos amigos.

Llega el momento de la reconstrucción de este país. Llega el momento en que nuestros políticos deben vencer sus debilidades y formar un solo bloque, rocoso como el pedernal, para ir dando soluciones conjuntas al grave problema social y económico de España. Porque la unión nos hace más fuertes y nos impulsa más deprisa hacia la verdadera normalidad. “La unión, -decía mi amigo-, hace la fuerza”.

 

 

 

 

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