Las colas de la necesidad.

 

 

No hay duda de que el confinamiento que hemos pasado, a punto de acabar, es desde el punto de vista de la epidemiología el medio más eficaz en la lucha contra el mortífero virus. Es una tradición que viene de lejos. En el año de 1348, diez jóvenes de estirpe nobiliaria se encierran intramuros de una suntuosa villa, a las afueras de Florencia, para protegerse de la peste negra, la que entonces provocaron las ratas en toda Europa. Tal es la técnica narrativa que Bocaccio utilizó para escribir uno de los relatos más universales de la literatura, el Decamerón. Lo relevante en este contexto –al margen del valor indubitable del libro- es que el confinamiento ha sido desde siempre el medio profiláctico por excelencia para cortar o reducir la transmisión de los agentes infecciosos.

Pero el grave problema que encierra este acto claustral y necesario es el drama económico y social a que conduce, pues la ausencia temporal del “no ocio” o negocio, fuente de la producción, el trabajo, el empleo, y el bienestar económico, precariza la situación de las personas. Nunca mejor dicho que en el remedio va también el problema.

Al español derecho, quiero decir al hombre de bien, le duele en este momento las colas, a veces muy largas, de personas depauperadas, que solicitan bolsas de alimentos para subsistir. La acción solidaria de parroquias, vecinos espontáneos, diversas organizaciones laicas o religiosas, mitigan en lo posible las necesidades más básicas de tantos damnificados.

Pese a todo, y a los esfuerzos solidarios de muchos españoles, la eficacia de esas acciones no es total sin la intervención de las instituciones públicas. No depende el bienestar social solo de la caridad de personas u organismos comprometidos, sino sobre todo de la actuación de un Estado Social y de Derecho, fuerte y vigoroso.

Hoy es un día para sentirse satisfecho por el desarrollo de la Constitución de 1978, pues se ha aprobado por primera vez en la historia de España una ley de ingreso mínimo vital. Ella servirá para ayudar a los sin nada, a los infortunados que, mire por donde, podemos llegar a serlo todos o casi todos, si un día inesperado las circunstancias se volvieran aciagas.

Una lectura de fondo: Para la aprobación de la ley ha existido casi un consenso de los partidos políticos. Si esto se repitiera mañana y pasado, se habría conquistado la unidad política necesaria para encarar con más posibilidades de éxito la reconstrucción del Estado. Entonces, sí, habría otra razón para sentirnos, por dos veces, satisfechos.

 

 

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