Ejemplaridad.

 

 

No es difícil imaginar las escenas de compromiso y entrega de nuestros sanitarios en lo que llevamos de lucha.

Por los pasillos de los hospitales, algunos enfermos permanecen postrados en la camilla, pero otros, ni siquiera. Los más privilegiados pasan a las camas. Pero llegan más y más, y no hay sitio para todos. Los enfermos y auxiliares acuden a donde más los necesitan. Los celadores suben y bajan entre la confusión y el aturdimiento. Los médicos no cesan de moverse, diagnosticando, auscultando, medicando. Falta tiempo para poder atender a todos como se quisiera y aconseja la buena praxis, pero es tal la avalancha de afectados que no se puede hacer más. Y por si fuera poco, asisten a riesgo de sus vidas a sus pacientes a casi pecho descubierto, porque faltan las batas necesarias, los broqueles que amparen los dardos mortales del virus. Luego, sí van llegando los trajes y mascarillas, y siguen en sus puestos atendiendo cada uno de los casos graves y menos graves que pasan por sus manos. Nadie tiene tiempo para pensar. Tampoco las limpiadoras llegan a todos los rincones, pues cuando alguien se va, otro ocupa su lugar. Solo, cuando el sanitario regresa a su casa o al hotel que lo acoge para no contagiar a sus familiares, cae en la cuenta de que está muy cansado y hasta se viene abajo. También aprovecha la noche de descanso para llorar las lágrimas que no pudo derramar en el tráfago del combate. Y se acuerda, incluso, de que tomó la mano de aquel anciano ausente, de la mujer que preguntaba por sus hijos, y que acarició las mejillas de un hombre que no quería morir. Ese sanitario representó magistralmente los papeles de cuidador profesional, padre, hermano y amigo, como los mejores cómicos de la dramaturgia. Pero, de verdad, pues su corazón estuvo a punto de romperse más de una vez.

Luego, las urgencias masivas de los primeros días pasaron, llegaron refuerzos, se ampliaron recintos hospitalarios y la lucha, cuerpo a cuerpo, entre los sanitarios y el mortal cíclope, se igualó.

Muchos resultaron tocados, algunos cayeron en la lid, defendiéndose hasta el final como héroes clásicos. Ellos se llevaron la peor parte, aunque debe quedar a sus seres queridos, sobre todo, el consuelo de que dieron sus vidas por otros seres humanos, que vivirán para contarlo.

A todos los sanitarios, sin jerarquías, mi agradecimiento y admiración.

 

 

 

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