Los niños de la guerra.

 

 

Hablan las estadísticas de que la mayoría de fallecidos por el coronavirus tiene más de setenta años.

Avanzada la década de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado, nació en nuestro país una generación de niños, que estarían llamados a vivir los períodos más penosos y duros de los últimos cien años.

Al filo de la inocencia, algunos se encontraron metidos hasta el cuello en una terrible guerra fratricida, que arrojó el balance más siniestro jamás antes vivido: Medio millón de hombres españoles partieron al exilio; y 500.000 personas hallaron la muerte en los campos de batalla. Puede uno imaginarse el horror sufrido por esos niños, el miedo vivido día tras día, y las largas noches insomnes, a la espera de que arrebatasen a sus padres por el postigo falso, o de que una bomba se deslizase por los pardos tejados de sus casas. Recuerdo que mi madre retuvo siempre en su memoria aquella mañana en que se fue a la estación de Carbayín con dos de sus hermanos, y en un recodo del camino,  junto a un soto arbolado y sombrío, en el fondo de la cuneta, halló los cuerpos sin vida de dos vecinos, sin zapatos y con las camisas hechas jirones. La guerra era igual para niños y mayores.

No tuvieron tiempo de asimilar tamaña barbaridad, y esa generación se vio abocada a años de miseria y hambre. En medio de un contexto moralmente infame, la comida escaseaba, mientras los estraperlistas hacían su agosto aprovechando las necesidades más elementales de una sociedad famélica. Decía mi madre que comían fabes pintes una vez al día, y mucha boroña, que dejaba una falsa sensación de hartura. Así se iba regateando el hambre, engañándola, aunque, a pesar de todo, la hambruna causó estragos irreparables en la población más vulnerable.

Esa generación adquirió la edad de trabajar, y se reventó el pecho en las profundidades letales de las minas o en las nacientes, por entonces, empresas siderúrgicas, a cambio de bajos salarios. Por otro lado, quienes se quedaron apegados a la vida rural, trabajaban sin descanso día y noche en una economía de subsistencia. Hubo por entonces un inevitable éxodo del campo a la ciudad en busca de horizontes más halagüeños.

Y esa generación tuvo descendencia, y después de los hijos, a quienes dedicaron lo mejor de sus vidas, llegaron los nietos, a quienes no escatimaron esfuerzo y sacrificio, a pesar de la merma del vigor de la juventud y madurez.

Esa generación heroica, que no se doblegó nunca ni se arredró ante la adversidad, no pudo sin embargo aguantar los embates de la bestia negra del coronavirus, que se ha llevado por delante a los últimos supervivientes. Ni la guerra, ni el hambre, ni el trabajo, pudo con ella. Pero sí este mal viento, que se resiste a pasar.

Descansen todos en paz.

 

 

 

 

 

 

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