Miradas adentro

 

 

Nuestra casa es un mapa bien memorizado. No hay resquicio, ni travesía, ni escarpe, que no tengamos reconocido, pues afortunadamente transitamos mecánicamente por ella cientos de veces al día.

Y en esa ida y vuelta, en ese peregrinaje resignado por las estancias, todo el contenido que está allí hace años, olvidado de puro verlo, empieza a cobrar una identidad inédita.

Observo la aquietada mesa de nogal de los abuelos ¡Qué obra tan sencilla y a la par tan bien acabada! Por su mitad le han salido unas arrugas, que son como las heridas de los héroes de guerra. El noble peso de la fornida madera se sostiene en recias patas con molduras, creándose la sensación de estar ante una fábrica de noble abolengo. La rodean cuatro sillas y dos butacas, perfectamente tapizadas en tela rojiza, a juego con su tonalidad bermeja. Al lado, una alacena guarda los vasares, platos y cubiertos de uso especial, esos que solo se estrenan cuando pinta la venturosa ocasión.

Así, podríamos pasar revista a todos los inquilinos que nos acompañan a diario en nuestras casas, leal y eficazmente.

Pero, por resumir, me fijo especialmente en dos. En el dormitorio hay una cómoda perfecta y un gran espejo. Los cajones entran y salen en sus comisuras en un vaivén sin errores. Cumplen el  importantísimo papel de guardar los pijamas. ¿Dónde sino los pondríamos? Lo más destacado es que la madera está finamente labrada a mano por un artesano granadino, y no hay ninguna muesca igual a otra.  Y de las paredes, cuelgan cuadros, que, aunque mudos, resultan tan locuaces como los mercaderes de las ferias. Hay uno, de tonalidades azuladas, comprado hace más de veinte años, ocasionalmente, a un pintor manchego, Gerardo Córcoles, que testimonia las olas de la playa de San Sebastián rompiendo en la orilla. Me transporta a esa bella ciudad del cantábrico.

Al final, quedarse en la casa propia es, como la vida, valorar los pequeños detalles que nos rodean. ¡No hay grandes cosas, solo la grandeza de lo pequeño!

Todo quedaría bien por una vez, el discurso sería bueno, el final feliz, si se diese la circunstancia de que todos tuviésemos un hogar. Pero es que hay personas de carne y hueso que por tener no tienen nada, ni siquiera esa casa tan memorizada, que hoy aborrecemos un poco. ¡Mal hacemos!

 

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