Voz para una batalla

 

¡Amigo mío! Tengo miedo, lo digo sin ningún rubor. Ha vuelto el miedo a mi ventana, como supongo que ha pasado a otros muchos, acaso a ti, y ahora, que ha muerto mi madre a los noventa y seis años, desgastada por el paso del tiempo, no por este cabrón del coronavirus, reconozco que ese tenebroso sentimiento me envuelve.

Esta tarde he paseado con él, mi hijo, que es síndrome de Dwon, tan ajeno y feliz en su mundo inocente e iluminado de chiribitas, y pude ver la primavera dibujada en las tímidas flores, que abrían generosamente sus pétalos, y me deje llevar del vuelo de las aves, que triscaban de rama en rama en alegre jugueteo. Ese pequeño, minúsculo mundo, al que tan poco tiempo dedicamos, era un clamor de esperanza y de vida.

A mi memoria, también tornaron recuerdos de la infancia y juventud, ya perdidos, pero casi todos felices, y venturosos. Como los recuerdos de todos, y seguramente los tuyos. ¡Aquellos días de merienda, las tardes de verano en el río, los primeros y titubeantes flirteos…! Esa saca de experiencias era un fragor de esperanza y de vida.

Pero, lo confieso, ahora tengo miedo, porque lo que nos está ocurriendo es un drama siniestro que no sabe ni conoce de fronteras, ¡tan absurdas!  No me acostumbraré a las cifras de muertos cada día, ni a los entierros ayunos de calor, ni a los damnificados que no han podido despedirse de sus seres queridos. Eso sí, no renunciaré a porfiar a brazo partido contra él, unido a todos vosotros, y a ti, también.

 

 

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