Grandas-Fonsagrada (III).

Ya en el exterior de la casa rectoral y antes de entrar en la casona, son varios los atractivos etnográficos.

      El hórreo y la panera aparecen superpuestos. Se trata de construcciones muy antiguas, cuyos orígenes están por determinar en la historia.  A grandes rasgos son piezas de madera cuadrangulares(el hórreo) o rectangulares (la panera), que se aíslan del suelo mediante macizas columnas de madera truncadas, llamadas pegoyos, y se acaban en techos bien de madera o pizarra, e incluso en paja de centeno o brezo, generalmente a dos aguas o a cuatro, como es el caso de los dos casos expuestos en el museo. El cajón se cierra por los lados con tablas de madera, las colondras, y uno de sus lados abre una puerta de acceso al hórreo. Se asciende desde el suelo a través de una escalera de piedra, denominada subidoria, que se corta antes de enlazar con el corredor de acceso. Esta técnica, así como la disposición de lajas planas sobre los pegoyos, o muelas, impide que las sierpes y roedores se cuelen en el interior y den cuenta de las viandas y granos allí depositados a modo de silo. Tanto el hórreo como la panera constituyen construcciones rurales esenciales para el almacenamiento y conserva de todas las variedades cerealísticas e incluso de los productos derivados de la matanza del cerdo. A menudo, se veía, hoy ya menos, a los vecinos de la aldea hacer corro debajo del hórreo para conversar de la cotidianidad.

     A su lado, dormita el balagar o meda, según el bable de que se trate, a modo de una anciana vestida con faldón ancho. Es la hierba seca sujeta alrededor de un palo alto de castaño, y que sirve de forraje a los animales durante el invierno. Puede resultar un rincón recóndito para los niños que juegan al escondite, y no ha sido extraño que en su interior algunos gatos o ratones preparen sus cubiles para parir a las crías.

      Una pieza fundamental de la vida aldeana ha sido el molino hidraúlico. No hay concejo asturiano que no tenga un molino pues la producción de la molienda de harina ha sido siempre una necesidad básica. El molino del museo es una fiel reproducción, que además, se alimenta de un arroyo que corre por el recinto, hasta el punto de que al pasar a su interior el olor de la harina molida llena agradablemente la estancia. Resulta una aspiración fresca y pura de la esencia aldeana. Detrás, la casa del molinero.

   Otros artilugios son el batán, menos frecuente que los molinos; un pozo de agua, sobre todo necesario durante los períodos estivales como agua de boca; el cortín, fábrica circular de piedra, de paredes altas, que protege la miel de los ataques de los osos y otros animales; y detrás de la casona, un cabazo, otra variedad morfológica del hórreo para guardar los alimentos. Por último, la ermita completa este cuadro vivo de la aldea asturiana. La vida del campesino ha estado siempre muy vinculada a los actos religiosos, de modo que no se entiende el pasado sin la presencia de la iglesia o templo. En este caso, la ermita tiene el interés añadido de que las vigas del techo y el retablo han sido traídos de la capilla de Salime, anegada por las aguas del embalse.

Hórreo

Balagar o Meda

Molino

   La casona es el otro recinto construido en 1999 dentro del museo, aunque tiene materiales procedentes de una casa del siglo XVII. Es una casa señorial de tres plantas, con portal de arco de medio punto, balcón central y escudo nobiliario sacado de otra casa. Aunque, el modelo se repite en muchas localidades del occidente asturiano, no es sin embargo representativa de ninguna de las morfologías populares al uso como pueden ser las casas de corredor, las mariñanas etc.

     Dispone la planta baja de una barbería con dos sillones revejidos ante dos espejos de gran tamaño, y un mueble aderezado a la pared con todos los utensilios de la profesión; al otro lado del tabique, una sastrería de color ambarino muestra los trajes de la época, telas cuidadosamente enrolladas, patrones y diplomas de honor concedidos al donante de este valioso establecimiento, el último sastre del concejo de Salime, que falleció en 1997. Al lado, la abacería o tienda despierta los recuerdos. Se trata de esas tiendas en que se arremolinaban todos los objetos pensables y, como no cabían todos en el espacio común, aun se colgaban del techo las cuerdas, calzas, cestas, cadenas, cuerdas, sombreros u otros por el estilo.

      En la planta alta, hay varias estancias, la de las madreñas, enredos de la pesca y la caza, un pequeño hospital, pero destaca sobre todo por las connotaciones infantiles y el recordatorio de la niñez, la escuela. Las mesas aparejadas, con un tintero por el medio para cargar las plumas, están perfectamente alineadas. Colgando de las paredes mapas de España y Europa y, sobre estos, cuadros de inventores  y pensadores. La mesa del profesor, provista de escribanía, se eleva sobre una tarima, y a su espalda, encima de la pizarra, se muestran los emblemas del régimen de la dictadura franquista, una fotografía manida de la figura del general Franco y a su lado un crucifijo. Así aconteció en España durante casi cuarenta años. En uno de los lados, una vitrina contiene casi todas las enciclopedias en que estudiaban los niños de la época.

 

Sastrería

Tienda

Escuela

Enciclopedias

Hay que volver a salir del museo. Intuyo que algo ha cambiado en el visitante, en el peregrino, probablemente se repita en todos. Es tal la avalancha de recuerdos e impresiones recibidas, que la historia del pasado nos reconcilia con la historia del presente, y nos prepara para hacer la mejor historia del futuro.

 

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