De Berducedo a Grandas de Salime (II)

 

 

         Desde Buspol hasta el encuentro con el dique del embalse de Grandas, la bajada es continua y desigual. En los primeros tramos la traza de la pendiente es suave y el sendero ancho. La vegetación rala, formada por brezos, arbustos y otras especies montaraces, que han de aguantar los rigores del sol en el verano y las embestidas de los vientos y las lluvias en el otoño o invierno. Entre Buspol y el embalse median unos setecientos metros que se han de salvar en siete kilómetros, circunstancia que ha determinado que el camino culebree, dejando un reguero de pliegues y curvas retorcidas como cuellos de cisnes.

                    Río Navia

    Pronto se deja ver entre las sierras y en las faldas de los montes, metido en lo más profundo del surco abierto entre las montañas, el majestuoso río Navia, protagonista de esta parte de la etapa. No lo perdemos de vista casi en ningún momento. Se dice que el Navia es el río de los tres caminos de Santiago porque al nacer en el alto del Cebreiro, en Lugo, toca el Camino Francés; aquí, ya en el fragor de Asturias, engancha con el Camino Primitivo; y más adelante, en su desembocadura en el Cantábrico, cuando se marida con el mar para formar la ría de Navia, bañan sus aguas el Camino del Norte. Es un duende travieso y ubicuo.  

     Echaba de menos la lluvia. En un momento, principia a llover sobre estos cordales. El agua inunda poco a poco el paisaje, que clama ya por algunas gotas que rieguen el suelo y alimenten todo lo que crece. Se hace de repente una cristalina cortina que emborrona el horizonte. En la lejanía se divisan las puntas de las cumbres  y algunas manchas blancas y grises que fueron las casas de los obreros que trabajaron en la construcción de la presa de Grandas. Más cerca, el camino se pierde en un bosque de coníferas que sonríen con la caída del agua. Pero siempre, siempre, el río serpentea sobre el fondo del fragoso barranco que lo acoge en su regazo. 

       Un detalle etnográfico despierta la atención en este paraje singular. A un lado del camino, en la misma ladera del monte, como un ruedo empequeñecido sin arena, se aquieta un cortín. Es una empalizada circular de pizarra de dos o tres metros de altura, construido para proteger de los osos y otros peligros los panales de miel, que fueron un importante recurso económico de la zona. Los cortines son propios de las montañas occidentales de Asturias y Galicia desde hace siglos.

     Por fin se entra en la senda de El Castañar, y se sale de un salto al muro del embalse, obra del arquitecto, además de pintor paisajista de Asturias, Joaquín Vaquero Palacios. Sorprende el colosalismo de hormigón y hierro de la construcción, obra de extraordinarias hechuras, que se inició en la década de los años cuarenta y culminó mediados los cincuenta. Parece que aquí trabajaron durante más de nueve años más de tres mil quinientos obreros, en su mayoría procedentes de Andalucía, y que se tuvieron que levantar de la nada nuevos poblados para darles sustento y abrigo. Justo encima de la carretera que atraviesa la presa, en el margen derecho, aun se sostienen las ruinas de casas del pueblo de Vistalegre, como recuerdo de aquellos duros y difíciles años.

    

             Embalse de Grandas de Salime 

     El pantano inundó algunos pueblos como era costumbre. Uno de ellos era el pueblo de Salime, que se queda al raso cuando algunos veranos las aguas descienden de nivel. En estas ocasiones, pueden verse la torre desvencijada de la iglesia, los muros del cementerio contiguo, algunas casas desdentadas y el puente por el que cruzaban los peregrinos de antaño. Esta aldea resultaba un paso obligado en el Camino de Santiago, y desde aquí se remontaba el río empozado en el angosto cauce hasta llegar al Puerto del Acebo, en las mismas lindes de Galicia. 

      Aun queda un recuesto largo antes de llegar a Grandas. Las ramas y frondas de los árboles a pie de ruta crean dibujos en el suelo, ahora que el sol ha vuelto a brillar, y dan paso entre los espacios francos a la visión fantástica de la superficie del agua, donde los montes bajan a mirarse. Por fin, se sale a un solitario campo con mesas de madera y cerezos, donde un sendero con balaustres de madera nos ha de llevar a la entrada de Grandas. Todavía queda una mirada furtiva a la fuente, que nos ha de saciar la sed de esta Asturias milenaria y mágica.

 

                   Fuente a la entrada de Grandas de Salime

 

 

 

                                                                                    

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