De Berducedo a Grandas de Salime. Sobre el espejo de las aguas(I).

                                    Berducedo

      Berducedo es un cogollo de casas grises, que se apretujan en un valle encumbrado por los picachos de las sierras. Me los imagino albos, como pieles de armiño, cuando empiecen a caer del cielo las primeras nieves del invierno. A estas alturas ya se ha hecho familiar el contraste inédito entre los grisáceos de los muros y tejados de las casas o cuadras y el fondo verde de los prados y de las sierras, que cierran estos paisajes del occidente asturiano.

     Hubo aquí en el siglo XIII un Hospital de peregrinos que llegó incluso a acoger a malatos o leprosos desechados, pues estas alturas limpias podían servir como paliativos a esta clase de enfermos desahuciados por el resto de la sociedad. De aquella obra, solo se conservan tres o cuatro piedras, que han ido a parar no sé cómo al jardín de una de las casas de la localidad en forma de un ventanuco. Aun se tiene constancia de la malatería en el siglo XVIII.  Algo más adelante, la iglesia de Santa María, rústica traza del siglo XIV, se fija a un solar que ya pudo haber sido antes de la llegada del cristianismo un lugar sagrado. A su lado, se levanta un bello ejemplar de tejo o teixu, que confirma la sacralidad del suelo pues además de conciliar la vida de los vecinos los días de domingo, después de haber oído misa, se cree que el tejo tenía para los celtas connotaciones religiosas, dada la longevidad y la naturaleza de su savia. 

                    Cuerno de la luna en Berducedo  

    Una última vista atrás, y despedimos desde lo alto a esta apacible aldea, a cuyos lados pacen los ganados con la mansedumbre contagiada de sus amos. Los rebaños se dispersan a ambos lados del camino, unos formados por vacas roxes y otros por las frisonas, una raza especialmente productora de mucha leche, que se trajo de Suiza por su rápida adaptabilidad a Asturias.

   

                             Entre Berducedo y A Mesa

      Retornan las cuestas prolongadas por no cambiar la costumbre, así es que debe tomarse la andadura con tranquilidad y paciencia. Subidas y bajadas en suave balanceo, a través de pinares y prados, nos conducen a la población de A Mesa, que se despereza oblonga en las mismas faldas de un monte. A la salida, se levanta en medio de una extensa campera, protegida por vallas de madera, la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, de finales del siglo XVII. Es un adusto recinto de una sola nave con ábside y techo interior de madera, y de lajas de pizarra en el exterior. Aquí se celebra a finales de junio, durante la festividad de San Pedro, una entretenida romería al estilo más astur, en que se reparte gratuitamente la carne y la sidra entre los comensales. Antes, se ha dejado a la derecha la aldeita de A Figueirina, una hilera de casas montaraces muy cuidadas.

     Se sube por una cuesta muy exigente hasta alcanzar el pico de Buspol. Después, un breve y descansado descenso deja al peregrino a los pies del caserío de Buspol. Desde esta atalaya natural las vistas del paisaje son impresionantes. Más acá, en el hondón del valle, se aprietan diminutos puntos blancos que constituyen la villa de Grandas. Parece muy cercana. Más allá, se prolongan los cordales y lo serrijones en delicado aleteo como aves que surcaran esta parte silente y olvidada. El cielo queda franco y las nieblas, muy abundantes, se han diluido poco a poco hasta dejar un horizonte claro que permite contemplar incluso las tierras avanzadas de Galicia. A la salida, guiados por un sendero marcado por formidables lajas de pizarra ancladas al suelo a modo de hitos, sale al camino una sencilla ermita, conocida como la capilla de Santa Marina de Buspol. Su armadura la forman tres paredes de piedra deshilachada, una desvencijada puerta doméstica y una espadaña hueca, que mira a un lado de la ermita. Parece que esta humilde construcción formó parte de un Hospital de peregrinos. 

   A partir de Buspol, la bajada hasta Grandas de Salime despierta y alienta los sentidos como solo la belleza de esta  exquisita naturaleza sabe hacerlo. 

 

                    Entre A Mesa y Buspol

 

 

   

 

    

 

   

    

    

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